La Virgen de Guadalupe
La Virgen de Guadalupe aquí presente, es un “verdadero retrato” de l imagen venerada en la basílica del Tepeyac, la cual reúne símbolos de advocaciones medievales y renacentistas de la Virgen: viste túnicas color jacinto y manto azul (oscurecido por el paso del tiempo) recamado de estrellas y luce una corona con nueve puntas (que fue suprimida del original a finales del siglo XIX); una mandorla de luz flanquea su cuerpo, mismo que se yergue sobre la luna, sostenida, a su vez, por un trono. Cuatro guirnaldas de flores ocupan los ángulos de la pintura.
El tondo realizado por Bosco Sodi, con su inconfundible técnica, pareciera un paisaje rocosa, y a su vez cálido y luminoso, gracias a los destellos áureos que refleja la obra. El artista ha relacionado este tipo de piezas con fragmentos de la corte a planetaria o de los ateos que pueblan el Universo. Curiosamente, los letrados del periodo virreinal asociaron la imagen de la Virgen de Guadalupe con emblemas terrestres y siderales.
En primer lugar, la imagen guadalupana se identificó con los paisajes del cerro del Tepeyac de acuerdo con el Nican Mopohua texto atribuido al sabio indígena Antonio Valeriano, María se apareció al indio Juan Diego en tres ocasiones y le indicó que visitara al obispo de México para pedirle un santuario dedicado a ella. Ante la incredulidad del prelado, la Virgen hizo aparecer rosas de Castilla en las áridas roas del Tepeyac, las cuales se estamparon en el ayate que usaba Juan Diego y sus néctares trazaron la silueta de María. Las guirnaldas del lienzo aquí expuesto aluden a este mítico relato.
El teólogo Miguel Sánchez publicó en 1645 el libro Imagen de la Virgen María de Dios de Guadalupe…, donde identificó el mito apricionista guadalupano con la visión de la mujer del Apocalipsis descrita por Juan el evangelista: la mandorla de Guadalupe sería el sol que viste a la mujer apocalíptica. Según Sánchez, el sol metamorfoseaba la Ciudad de México, por ser territorio caluroso, a los monarcas hispánicos, promotores de la evangelización y era el trono luminoso de Jesús. Afirmó que la luna representaba a las aguas de los lagos que rodeaban la Ciudad de México y era metáfora de Nueva España, que reflejaba la luz del rey “solar” hispano. Consideró que el manto de estrellas era la bóveda celestial, pues, así como Dios Padre usa por capa el cielo, María era el manto de los hombres en la Tierra y se había estampado en un ayate usado como capa.
Finalmente, en 1776, Miguel Cabrera publicó el estudio Maravilla Americana, donde expuso que, tras examinar con seis pintores más el ayate del Tepeyac, concluía que se trataba de una obra acheropita, es decir, realizada por la misma mano de Dios, en el taller celestial. Es así que, con los catalejos del arte y la retórica, varios eruditos novohispanos dieron una lectura cósmica-profética a la imagen de la Virgen de Guadalupe, tradición que podemos ahora rememorar mediante el diálogo entre este “verdadero retrato” y la pintura rocosa, con los brillos dorados realizados por Sodi.