En los huapangos nos amanecía cantando y bailando
Descripción
La obra en su conjunto es una serie de 54 óleos sobre cartón de pequeño formato en los que Cano Manilla representó eventos de su infancia y juventud acaecidos en los estados de Puebla y Veracruz entre 1892 y 1905. La única excepción es el último cuadro de la serie, en el que el artista se retrató en su estudio a una edad madura, evidenciada por su cabellera cana, mientras pinta sobre un escritorio rodeado por un libro, varios lienzos y una escultura en un atardecer que se alcanza a vislumbrar por la ventana.
A cada óleo le acompaña un título que sirve para describir la escena del cuadro y el año en el que fue realizado. Así, la serie se puede dividir en tres partes: las escenas infantiles que transcurren en el ámbito doméstico, la escuela, las fiestas y los paisajes de la sierra norte de Puebla; las escenas de juventud que suceden en los aserraderos, las tiendas y las haciendas de Veracruz, y que también incluyen las visitas furtivas de Cano a su novia enmarcadas en paisajes selváticos y ambientes nocturnos que sorprenden por su uso del claroscuro; y las que corresponden a las aventuras y a los problemas que enfrentó en el viaje que realizó con su amigo José Mendoza por paisajes veracruzanos y que el artista enumeró. Así, la serie es una suma de actividades, usos, costumbres y labores que caracterizan la vida rural.
Comentario
Alumno destacado de las Escuelas de Pintura al Aire Libre, Ramón Cano Manilla pintó su serie autobiográfica alrededor de 1930 cuando fungía como director de la Escuela de Los Reyes, Coyoacán, y había superado con éxito la transición del lápiz al óleo bajo la tutela de Alfredo Ramos Martínez. La paleta de colores que caracterizó su producción en esa época: ocres, azules, rosas, verdes y amarillos, fue reconocida desde inicios de los años veinte en un artículo publicado en El Universal en noviembre de 1922 al describir que "el color de las telas de Cano es de una intensa valorización, lleno de sana frescura, jugoso y cordialmente armónico".
La serie autobiográfica, además de ratificar la costumbre del artista de pintar paisajes y escenas de memoria, evidencia un nacionalismo inspirado en la revaloración de las costumbres, las tradiciones y las historias locales enmarcadas en un espacio geográfico compartido, que la tradición de las Escuelas de Pintura al Aire Libre consolidó al convertirse en uno de los mayores símbolos de la política educativa y artística del México posrevolucionario.
En esta exaltación de la vida campesina, el artista evidenció una intención didáctica y moralizante en los 54 cuadros de la serie. Este carácter es más evidente si se confronta con el libro Prisiones de Valle Nacional que Cano escribió en 1955, y donde narra los pasajes de los cuadros que conforman parte de la serie con una ingenuidad casi infantil. El autor señaló: "[Deseo] de todo corazón que, muy especialmente los jóvenes mexicanos, encuentren al leer estas páginas motivos suficientes para pensar antes de obrar; y que tengan muy en cuenta que todas las edades en el hombre son peligrosas. [...] Pensar, pensar siempre mucho antes de lanzarse a una aventura, antes de abandonar su trabajo, si ya lo tiene, sus amigos, sus compañeros de infancia y lo que es más preciso aún: su hogar. Ese bonito hogar que los padres supieron santificar con sus atenciones, con su amor sublime, con su santa abnegación."
Si bien el primer cuadro de la serie no es un evento idealizado de la vida hogareña, ya que se observa a Cano y a su hermano escondidos bajo la cama, mientras su padre permanece recargado sobre una mesa víctima del alcohol con su esposa a su lado en un gesto de consolación, la mayoría de las escenas de su infancia transcurren al aire libre mientras juega en lodazales, se sube a los árboles en busca de nidos, caza pájaros, zorrillos y conejos, se baña en el río, baila en bodas y riñe con sus amigos al jugar canicas.
La primera parte de la serie, dedicada a su infancia, incluye escenas escolares que llaman la atención, porque son composiciones que años más tarde repetirá en sus pinturas murales y su propia visualización como pintor autodidacta. En un gesto que recuerda la representación de pasajes de la vida de los grandes artistas que gozaron de gran popularidad en Europa y México en la segunda mitad del siglo XIX, Cano representa su vocación temprana al retratarse en la escuela dibujando un animal, ya sea de memoria o copiando una de las láminas que cuelgan de la pared del salón, mientras sus compañeros leen atentos los libros sobre sus pupitres. El maestro, detrás de Cano, le observa mientras dibuja lo que parece un caballo y según la descripción del cuadro, le da un "jalón de orejas". En la siguiente escena escolar, Cano se pinta llorando mientras abandona la escuela con su cuaderno lleno de dibujos bajo el brazo para comenzar, así, una nueva etapa de su vida en las haciendas veracruzanas en donde siguió pintando por las noches.
Las escenas de la serie recuerdan lo que Salvador Novo escribió en 1926 al referirse a los propósitos de las Escuelas de Pintura al Aire Libre: "Convencidos de las facultades artísticas innatas en nuestro pueblo, se ha decidido ir a él, de:cubrir la personalidad del niño y del hombre y lanzarlos ¡¡ su individual realización. Si se palpa que un niño, que un hombre, ha hallado su camino, se ha descubierto | si mismo, se le hace abandonar la escuela y trocarla por la vida fecunda de ejemplos. Comprende él entonces que, fuera de la escuela, que no hizo sino mostrarle caminos, debe estudiar siempre-es decir, ver, vivir y pintar. Así se logra que su producción tenga el sello magnífico e irrazonado de la función creadora indiferente al bien y al mal, objeto del arte."
Ver, vivir y pintar fue lo que hizo Cano Manilla para realizar su autobiografía pictórica en un ejercicio único de memoria que, además, pueden ser ensayos para llevar ciertas composiciones a un mayor formato. El ejemplo más claro es la representación de la danza de Xóchitl Pitzáhuac, huapango que se baila en las bodas de la región de la Huasteca, novios, padres y padrinos intercambian rosarios hechos con piezas de pan y flores, mientras sostienen un simbólico ramo de flores en la mano derecha. La escena la pintó Cano para su autobiografía en 1929 al retratarse de niño y la volvió a realizar en dos ocasiones utilizando la misma composición: la primera en 1930 en un óleo de mayor formato en el que la atención a los detalles, al uso de sombras y a las expresiones de los personajes es digna de admirarse, y la segunda en 1949 cuando pintó un mural al fresco en la escuela primaria Héctor Pérez Martínez en Ciudad Mante, Tamaulipas.
En un aspecto formal, la serie refleja una evolución en la técnica del artista veracruzano. En los primeros cuadros se observa una desproporción en las figuras humanas que, en ciertas ocasiones, responde a una intención del pintor para poner énfasis en una acción determinada, y fondos poco trabajados en contraste con la minuciosidad que pone en los detalles de las plantas, flores, árboles y animales que reflejan una obra con características naïve. En estrecha relación con las enseñanzas de las Escuelas de Pintura al Aire Libre, se denota la aplicación de capas gruesas de color en alto contraste que resultan en una cierta textura del cuadro, el manejo de la profundidad por medio de la superposición de elementos y la falta de sombras.
Cano siempre detalla los fondos, donde aparecen escenas del campo mediante la inclusión de cerros, paisajes o nubes que contrastan con el azul del cielo, pues le interesa remarcar la temática del cuadro más que los elementos compositivos.
Ya en los lienzos que retratan sus escenas de juventud, el artista demuestra un mejor dominio de la técnica, sobre todo en el manejo que consigue de zonas de luces y sombras. Los mejores ejemplos son las escenas en las que Cano visita furtivamente a su novia en ambientes nocturnos, donde la luz apenas toca su rostro para no perderse en el paisaje selvático en el que predominan las palmeras y los árboles; y uno de los últimos cuadros de la serie, donde se ve al artista alejarse del tren nocturno mexicano en compañía de su amigo José Mendoza, iluminados por la luz de la única maquina que Cano pinta a lo largo de toda la serie, de lo que se intuye que la tecnología es presentada en un sentido de mejoramiento, de beneficio del campesino que no rompe con las costumbres o el paisaje rural.
También es cierto que toda la serie es una constante expresión de virilidad. Las actividades al aire libre, el trabajo del campo, las aventuras entre amigos se ven enmarcadas en un paisaje repleto de árboles y palmeras que bien pueden interpretarse como símbolos de fertilidad. La mujer se ve reducida al papel de madre o novia y encerrada en un ambiente doméstico o de fiestas tradicionales a diferencia de los hombres.
La última pintura, que probablemente Cano pintó alrededor de 1963, es la única escena donde el artista se retrata en su labor de pintor. Cano se autorretrata mientras escribe su libro Prisiones de Valle Nacional, pero un acercamiento al lienzo nos demuestra que el artista no únicamente escribe, sino que dibuja o pinta. Tal vez la misma serie autobiográfica en un intento de reinscribirse en la memoria y en la vida cotidiana al recurrir conscientemente a la regresión como paradigma.
Al mismo tiempo, y a diferencia de los primeros cuadros en los que se retrata de niño con un talento innato, en éste ya se presenta como un artista maduro inscrito en una tradición de minucioso aprendizaje, rodeado de sus cuadros y una de las pocas esculturas que realizo al final de su carrera. El atardecer que se ve a través de su ventana y que ilumina la escena puede ser una metáfora del paso de la edad madura a la vejez.
La autobiografía pictórica fue encargada a Guadalupe Quezada de García en una carta personal del artista fechada en diciembre de 1973 para que fuera donada al Instituto Nacional de Bellas Artes cuando ella lo considerara conveniente. La obra fue entregada al INBA en agosto de 1976 y en 1982 pasó a formar parte del acervo del Museo Nacional de Arte.
Imagen localizada en el catálogo de la exposición página 16
Descripción:
"Ramón Cano Manilla, gran exponente de nuestra cultura vernácula, evoca a través de su producción plástica la riqueza de nuestros ritos, tradiciones y costumbres a partir de un deslumbrante colorido. Los tipos mexicanistas y populares, recreados en nostálgicas, selváticas y edénicas atmósferas bajo el ímpetu de la espontaneidad, nos trasladan al origen de nuestra identidad. La exuberante exaltación que imprime a sus imágenes, engalanan los vistosos y multicolores paisajes, así como las escenas tradicionalistas que parecen danzar al compás de las estridentes y fastuosas pinceladas. Por medio de esta ornamental y cálida estética, el pintor otorga una nueva categoría al ser del mexicano, que lo sitúa en un lugar preponderante dentro de la historia del arte del siglo XX en nuestro país."
(González Matute, Laura, 2013, p. 17)
"La década de 1920 marcó el intento de estabilizar al país después de largos años de lucha armada a través de varios proyectos educativos y culturales. La obra pictórica de Ramón Cano Manilla se inserta en una época crucial del proyecto nacionalista que también se valió de la educación artística para reivindicar al indígena. Si bien Cano Manilla no era de origen indígena, sí perteneció a una generación de pintores provenientes de la clase campesina y trabajadora que integraron elementos de la cultura popular al proyecto nacionalista a través de escenas y personajes de la vida rural. Incluso, en 1922, el crítico Rafael Vera de Córdoba destacó "el espíritu sano y primitivo que palpitaba en sus pinturas", a tono con el discurso nacionalista.
El conocimiento de la vida campesina determino la obra de Cano Manilla. Uno de sus cuadros más tempranos, Vacas y paisaje (1923), muestra un ambiente un tanto bucólico. Si bien la paleta de colores se diferencia de su trabajo posterior, en donde prestó más atención al detalle, la obra es un ejemplo de que el artista nunca separó sus actividades cotidianas y sus recuerdos de infancia de su labor artística. Siempre exaltó el ambiente y el trabajo de campo, que combinó con fiestas y huapangos en una especie de reivindicación de los estilos de vida tradicionales. Entre los materiales que utilizó, se cuentan la pintura al óleo, la acuarela y el carboncillo.
Hacia 1930, Ramón Cano era ya un artista que había ganado fama internacional gracias a la medalla recibida en la Exposición Iberoamericana de Sevilla. Su participación como maestro de Dibujo Preparatorio en las Escuelas de Pintura al Aire Libre, desde 1924, hizo que en 1930 ocupara la dirección del plantel de Los Reyes, Coyoacán, donde su estética y práctica docente siguieron íntimamente ligados. Fue en ese año que pintó la obra por la que tal vez es más reconocido: su serie autobiográfica. (FIG. 22) La conforman 54 cuadros de pequeño formato que representan hechos de su infancia y juventud en los estados de Puebla y Veracruz, entre 1892 y 1905. A cada óleo le acompaña un título que sirve para describir la escena del cuadro, además de indicar el año en el que el hecho ocurrió originalmente.
A tono con el resto de su producción artística, la serie exalta la vida campesina, además de tener una intención didáctica y moralizante. La serie se puede confrontar con el libro Prisiones de Valle Nacional que Cano Manilla escribió en 1955, en el cual narra las escenas de los cuadros de la serie con una ingenuidad casi infantil:
Estas páginas que han sido escritas con la misma ingenuidad que las hubiera escrito un niño, abrigan dos esperanzas:
1ª. Que siendo su contenido de un profundo sentido humano, y de un deseo muy grande y sincero de mejoramiento social, puedan llegar a servir para adquirir una vez más, con su pequeñísimo grano de arena, esa chispa de origen divino que, en 1910, conmovió en extremo a otro de la República el corazón dormido, si se quiere, pero no muerto de todos los mexicanos.
La Revolución destruyó, y borró todo lo que era necesario destruir, quemar y borrar para hacer de México, de acuerdo con la sublime ideología que la abanderó, un país fuerte, floreciente, culto, estimado y respetado, para ocupar el lugar que tan dignamente merece en el consorcio de todas las naciones del mundo.
En estas páginas, escritas con tanto verismo por haber sido realmente vividas por su autor, y que están al margen de toda fantasía, […] encontrará el lector mexicano o de otros países, motivos tan claros como la luz del día, para ser justificable, urgentísimo o imprescindible, la erupción de este último titánico volcán que, al reventar, produjo el milagro de cambiar de una manera total, hasta los cimientos, la vida de nuestro querido México.
En segundo lugar, el autor desea de todo corazón que, muy especialmente los jóvenes mexicanos, encuentren al leer estas páginas motivos suficientes para pensar antes de obrar.
Su autobiografía pictórica expresa los diferentes aspectos de la vida campesina. Cano Manilla se convierte en pintor y protagonista, en primer lugar, de la vida hogareña, las escenas escolares, el juego y las actividades al aire libre. En los cuadros que corresponden a su adolescencia se refiere al trabajo del campo, como arriero, vaquero, domador de caballos, al marcar el ganado, en el aserradero, etcétera. Incluye también las fiestas y los huapangos. Llama la atención una pequeña versión de La danza de Xóchitl-Pitzáhuac en donde se lee: "Cuando mis padres apadrinaban a los inditos en sus bodas, yo bailaba el Xochitl Pitzáhuac con mis comadres las inditas" (FIG. 23). El cuadro se fecha en 1929, por lo que puede considerarse un ejercicio del cuadro que llevó a gran formato un año más tarde. Escenas que narran las aventuras y los problemas que Cano Manilla vivió con su amigo José Mendoza conforman la última parte de la serie autobiográfica. Termina el grupo con un cuadro en donde se retrata a sí mismo como una persona madura, en su estudio, rodeado de sus óleos y de una de las pocas esculturas que hizo al final de su carrera."
(Garay Molina, Claudia, 2013, p. 46, 51-52)