Retrato de Vicenta de la Rosa y Reyes
Descripción
Una mujer mestiza de amplia frente y pomúlos salientes es retratada en perfil de tres cuartos a la derecha. La mirada vira sentido opuesto al rostro, sus ojos son almendrados y las cejas pobladas, su frente apenas se atisba en tenue fruncimiento del entrecejo. Su nariz es recta y ancha, sobre los labios carnosos se aprecia un ligero bozo. Va vestida de negro y lleva por único adorno aretes y una cruz dorada prendida al cuello del vestido. El pelo negro peinado de raya en medio en marca el rostro, sus pomúlos son planos y abiertos junto con la barbilla angulosa dan al rostro un aspecto sereno y fuerte a la vez..
Comentario
Fue retratada cuando contaba con 24 años, era comadre de Bustos y así lo atestugua el pintor por un cuadro que realizó para Clemencia Becerra de la Rosa a laos 50 años como obsequio para su hija. BUstos nos deja ver como eran las relaciones del pequeño pueblo donde vivió ya que ne casa de uno de los vecinos de apellido Reyes cuelga un retrato del esposo de Vicneta, Román.
Inscripciones
Vicneta de la Rosa, de Reyes/ se retrató en la edad de 24 años / Junio 20 de 1889 / su estatura, vara, 3 / tas y cuarto de pulgada / hermenegildo Bustos / de aficionado pintó
Imagen localizada en el catálogo de la exposición página 71
Descripción:
"Bustos se enfrentó a la representación de la apariencia física de sus paisanos, con la misma ambición de veracidad empleada para pintar bodegones y cometas. Si revisamos cronológicamente las sucesivas fases de su obra retratística, advertimos que hay una coherencia entre ellas. Sin embargo, en el tratamiento naturalista que desarrolla desde lo año cincuenta hasta el retrato de Luciano Barajas y su hijo Pedro (1872), podemos notar, en su pintura, una expresión aún contenida de su verismo, pues si bien éste transcribe exactamente las fisonomías, está todavía marcado por elementos iconográficos de una tradición anterior a la obra bustiana, la cual contiene un inventario de las joyas y accesorios que portan los sujetos. Durante este periodo, se complementan rostros y atuendos. A la imagen del personaje, se suma la inscripción que el pintor añade en el anverso y reverso del cuadro, indicándonos la fecha de realización y, en algunos, la edad del sujeto: "Se hizo este retrato el día 9 de junio de 1854, teniendo de edad 27 años 11 meses y 25 días".
Durante 22 años utilizó indistintamente lámina o tela como soporte y casi siempre presenta las figuras en tres cuartos de perfil sobre un formato rectangular.
No es un hecho aislado que Bustos realizara una pintura a partir de algún dibujo previo y sin contar con la presencia del modelo.
Para los años sesenta, Hermenegildo Bustos debió tener ya una bien ganada fama de retratista y un prestigio, consolidado por el parecido fiel que logra del sujeto, y creo, también, por la manera que presenta a sus modelos. Fue siempre "un prodigioso descriptor de hombres", como lo llama Paul Westheim: esta habilidad la constatamos durante toda su obra; sin embargo, durante esta etapa el tratamiento objetivo de sus rostros aún tiene el contrapeso de las formulas convencionales que el pintor impone al cuerpo de los sujetos, lo mismo que a sus manos ocupadas invariablemente por un objeto o bien con ademanes solemnes o afectivos. No hay que perder de vista que estamos ante un pintor "de encargo", y como tal tuvo que sujetarse en cierta medida a los deseos del solicitante y de cómo éste quiso o esperaba reconocerse en el retrato. Hermenegildo Bustos sabía perfectamente lo que debía o no pintar para complacer a sus clientes. En este periodo no sólo plasma rostros sino que refleja las mentalidades en los atributos que depositó en las manos de sus retratados. Por ejemplo, la mayoría de las mujeres pintadas por Bustos portan un libro, amén de la discreta coquetería de Mujer con flores (1862).
El pintor distingue a estas mujeres, exhaltando la peculiaridad de sus rostros. Sin embargo, un rasgo común las unifica…
De la década de los setenta, conocemos pocos retratos debidos a Hermenegildo Bustos. Destaca la sensual miniatura de Lucía Valdivia de Aranda (1871), y el poderoso realismo con el cual fue representada Emiliana Muñoz de Aldana (1872) en una pequeña lámina de 12.9 x 8.7 cm. Por contraste, el primer reto de Bustos por presentar una figura de cuerpo entero: el retrato de la Niña María Morillo (1879), la cual muy posiblemente sea, por su parecido, la Niña María Murillo que pintó en 1897.
El deseo de naturalismo que Bustos ejercitó en los bodegones, llega a su meta a partir de los años ochenta y perdura hasta su muerte. A partir de este momento ya no habrá cambios importantes, habrá, sí, modulaciones en el color de sus fondos y en el tono de la piel; se emancipa de la composición de medio cuerpo, para concentrar sus esfuerzos de representación en el rostro. Hermenegildo Bustos cambia, entonces, el tenor de la leyenda escrita como para compensar esta reducción y comienza a aparecer un dato novedoso, la obsesión por la estatura corporal del retratado.
Ahora, prefiere como soporte la hojalata en lugar de la tela. En láminas, frecuentemente de pequeñas dimensiones, inscribe un óvalo sobre el que traza sus figuras. Durante esta época de su producción, el pintor se encargó de registrar, con un decantado realismo, la imperfecta simetría de los rostros de sus paisanos, las diferencias entre el lado derecho y el izquierdo de sus caras…
La cercanía con sus modelos es palpable en dicho periodo. Las averiguaciones que realizó Aceves Barajas en este sentido, son muy útiles; así como las leyendas en el reverso de los cuadros. Pintó a sus compadres Vicenta de la Rosa de Reyes (1889) y Román Reyes (1894), este último para obsequiarlo a su ahijada Eduarda; también pintó, como regalo para su comadre, un retrato de su madre Doña Clemencia Becerra de la Rosa (1894).
(Aceves Piña, Gutierre, 1993, p. 16-17, 20-21)