La adoración de los pastores
Aunque para el siglo XVIII el pasaje de la Adoración de· los pastores habían sido ya ampliamente trabajado por los artistas novohispanos, el tratamiento que el pintor dio a la versión que ahora nos ocupa, otorga interés a la misma.
Evidentemente el artista intentó aprovechar el añejo expediente de hacer que el cuerpecillo del niño Jesús fuese la fuente de luz para toda la escena; y aunque la sugestión no es muy convincente, hay que convenir que el cuadro ofrece atractivos efectos claroscuristas. A este manejo de la luz, hay que añadir la fluidez narrativa con que están articulados los numerosos actores que deambulan por el sobrio escenario, y la variedad de expresiones y actitudes en los mismos.
Con un gesto lleno de delicadeza y orgullo, María descubre al divino infante para exponerlo a la vista y veneración de los hombres, mujeres, ancianos y niños que ahí se han dado cita. Algunos se han arrodillado en torno al pesebre, otros se aproximan sigilosos; éstos le han traído presentes; ése se descubre respetuoso y aquéllos, al fondo, comentan el suceso. Hay azoro en la anciana, unción en el joven junto a ella, novedad en la figura del jovencillo semi arrodillado con el torso desnudo, y candor en la del niño que, hacia un extremo de la composición, carga a su hermanito.
El dibujo se antoja un tanto descuidado. De magnífica factura, en cambio, es el modelado de las carnes, por más que en algunos casos resulte excesivo. Esto y los vivos toques del color comunican al lienzo una gran fuerza.
La obra se atribuye a José de Ibarra, fecundo e irregular artista que, Junto con Miguel Cabrera, es considerado la personalidad más importante del segundo tercio del siglo XVIII. Sin embargo, por no estar muy cerca al estilo conocido del maestro, abrigamos dudas de que sea realmente suyo.
El cuadro luce en buen estado de conservación merced al tratamiento de restauración a que fue sometido en fecha reciente. Se ignora de dónde procede y en qué fecha ingresó a las colecciones de la Pinacoteca, pero no podemos desdeñar el dato de que en el inventario de las pinturas que poseía la Escuela Nacional de Bellas Artes en el año de 1879, figuraba precisamente una Adoración de los pastores de Ibarra.