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Culto a la belleza
Culto a la belleza
Artista ALBERTO FUSTER BELTRÁN (1870 - 1922)

Culto a la belleza

Fechas/f
TécnicaÓleo sobre tela
DimensionesSin marco: 122 x 202 cm
CréditoMuseo Nacional de Arte, INBA Acervo constitutivo, 1982
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Descripción

En un escenario campestre, entre arboledas y siluetas montañosas a lo lejos, se dan cita al atardecer diez personajes ataviados con vestimenta grecorromana. De izquierda a derecha del cuadro, contemplando a su recién nacido, aparecen una mujer recostada y un hombre en cuclillas; enseguida, en primer plano, sobresale una joven de belleza clásica, con el torso desnudo, que con una mano sostiene una especie de tirso y con la otra acaricia la flor roja que adorna su cabeza; al centro, una mujer sentada aliña su cabello y se observa en un espejo, mientras un hombre parece rendirle pleitesía; detrás de esta pareja, hay tres varones, uno de espaldas, desnudo, que señala hacia la luna; otro, levanta sus brazos en actitud alegre, en contraste con el tercero, de mayor edad, que yace pensativo; el último personaje de perfil, apoya su pierna derecha sobre una piedra y flexiona sus brazos a la altura de la rodilla, en dirección hacia el centro de la pintura.

Al igual que en otras disposiciones de grupo de Alberto Fuster, en esta obra, de pincelada ágil y rico matiz cromático, ha dispuesto un ordenamiento rítmico y horizontal de las beldades de cuerpos bien formados, semidesnudos, con los antiguos vestuarios luminosos, en contraposición con la atmósfera crepuscular. Una concepción armoniosa, tutelada por la mujer (Afrodita) que despunta entre el grupo.

Comentario

El historiador del arte Fausto Ramírez, quien se ha ocupado de documentar a profundidad la generación modernista, considera que Alberto Fuster fue, durante la primera década del siglo XX, uno de los más tenaces evocadores de una antigüedad clásica, donde el culto de la belleza reinara supremo. Así, el pintor veracruzano hizo de los parajes del mundo clásico el refugio predilecto de sus nostalgias de artista desarraigado; en ocasiones se revistió de algún personaje mítico para plasmar sus propias inquietudes acerca de las diversas exigencias que perturban al artista de hoy. Es el caso de Ensueño (o El juicio de París), en la que se auto-rretrata encarnando al París mítico, hijo del rey de Troya y pastor, quien mientras apacentaba su rebaño en el monte Ida, a la luz de los cielos, fue asediado por Afrodita, Hera yAtenea, quienes le ofrecieron belleza, dinero o poder a cambio de ser favorecidas por él en el juicio —y concurso— que Zeus alentó para dirimir quién de ellas era la más bella. Las tres diosas intentan captar la atención del pastor troyano Fuster, investido con un atuendo rojo, sentado en una roca y con los ojos cerrados, en pose de introspección. La composición parece aludir a la incertidumbre que aqueja al artista en la modernidad, asediado por intereses ajenos al propósito proverbial de su quehacer, esto es: rendir tributo a la Belleza, tal como lo exigía el esteticismo imperante.

Cautivado por las deidades y fábulas grecolatinas, así como por el estudio de las formas anatómicas, Fuster pintó imágenes cuyo argumento es siempre el mismo, aunque los protagonistas cambien: un artista ejerciendo su oficio ante un grupo más o menos nutrido de espectadores, que acogen reverentes los dones que aquél les entrega.

En Culto a la belleza asoma una Afrodita en primer plano que toca con delicadeza la flor roja que la adorna, haciendo referencia a la feminidad y al amor carnal, acompañada de una serie de personajes de la antigüedad clásica; a juzgar por los rasgos fisonómicos, el cuerpo sílfide y los cabellos anudados, esta figura parece ser la misma modelo (no identificada) que, con el torso descubierto, despliega una túnica rosa en la pintura Ensueño, lo cual apunta, como en otros casos, a la repetición de modelos en el repertorio pictórico de Alberto Fuster.

La delicada atmósfera de Culto a la belleza y Ensueño, representativas de la etapa simbolista del tlacotalpeño, sugiere un apacible entorno, horarios variados, donde se congregan personajes de la antigüedad. Los paños de las doncellas, tanto en uno como en otro cuadro, nos remiten a los draperies de las esculturas y dibujos de Psique, Ariadna o la Venus de Milo, entre otras figuraciones que Fuster pudo apreciar en Europa y en la Escuela Nacional de Bellas Artes, recinto de enseñanza donde la estatuaria de la antigüedad se consideraba antaño la cumbre de la creación artística. Ambas piezas sin fecha, de coloridas pinceladas y sutiles toques de efectos lumínicos para difuminar los matices de la superficie pictórica, traslucen el canon de belleza que establecieron las academias en la enseñanza y que el artista consagra a la gracia de los cuerpos, en estos casos a la sensualidad femenina así especificado en sus títulos habituales.

Nativo de Tlacotalpan,Veracruz, a los 16 años Alberto Fuster recibió una pensión del gobernador del estado de Veracruz, Teodoro A. Dehesa, para estudiar arte en Roma; más tarde, obtuvo el apoyo del gobierno de Porfirio Díaz para continuar su preparación artística en Europa entre los años de 1888 y 1907; posteriormente se desempeñó como cónsul de México en Florencia. Los salones de París, Roma y Florencia exhibieron sus obras junto a los grandes maestros de la pintura, y participó en la Exposición Universal de París de 1900, en la cual obtuvo mención honorífica. Entre 1911 y 1914, estableció una academia de arte en Florencia. Sus benefactores fueron Joaquín D. Casasús, Benjamín Hill, Teodoro A. Dehesa y Venustiano Carranza, a cuyos hijos, Jesús y Emilio Carranza Hernández, retrató por encargo. Por mediación de Joaquín Casasús, el cuadro mural alegórico Apoteosis de la paz (ca. 1903) fue entregado en 1910 al presidente Díaz "como una suerte de compendio visual de la autocelebración de su largo mandato". En esta pintura son notables las referencias al mural de Paul Delaroche en el hemiciclo de la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de París, y a la estética de Rafael, Lawrence Alma-Tadema y Puvis de Chavannes.

A principios del año de 1922, cuando preparaba una exposición para la embajada mexicana en Washington, Alberto Fuster se suicidó en un hotel de paso en Austin, Texas. Orozco diría en sus memorias que su colega fue un pintor brillante, de concepciones grandiosas y profundo conocedor de la técnica.

A menudo, la trayectoria del artista veracruzano ha sido vista a través de temáticas como el pasado grecorromano, la espiritualidad del cristianismo y el "alma jarocha". Su propuesta pictórica, de gran sensibilidad y sutileza, abarca naturalezas muertas, figuras bíblicas, temas mitológicos, copias de aprendizaje académico (prueba de sus facultades son las que hizo de Rubens, El Veronés y Tiepolo, Museo Nacional de San Carlos; y de Tiziano, Casa de Cultura de Tlacotalpan,Veracruz, entre otras), retratos, cuadros de costumbres veracruzanas y escenas simbolistas. Entre su producción de mayor interés se encuentra la vinculada al simbolismo, la corriente estética que caracterizó el arte de finales del siglo XIX y principios del XX y en la que el erotismo es un tema recurrente. El erotismo finisecular nos lleva inmediatamente a la mujer, materia prima de la sensualidad.

José Clemente Orozco recuerda que los discípulos de Germán Gedovius lo habían sido también de Antonio Fabrés; entre ellos se encontraba el pintor costeño, que había regresado de Alemania y en la Academia de San Carlos realizaba el tríptico Los rebeldes, una representación de Luzbel, Jesucristo y Prometeo, en el que contrastó tres órdenes diferentes de rebeldía: negadora, redentora y creativa, donde justamente se aprecian reminiscencias estilísticas de Gustave Moreau y que, a juicio de Fausto Ramírez, tal vez sea la obra más próxima al francés, el pintor simbolista de la belleza.

Las obras de los pensionados, entre ellos, Fuster, se exhibieron en la Escuela Nacional de Bellas Artes en la primera década del siglo XX. Algunas fueron reseñadas por la Revista Moderna de México, el más prestigiado vocero del modernismo mexicano, y otras ediciones de la época, entre 1906 y 1908. Hacia el año de 1917, el pintor fue nombrado profesor de Historia General y Patria, al tiempo que colaboraba con Saturnino Herrán en la asignatura de Dibujo. Los cronistas de la época narran que sus exposiciones de ese año en la Escuela Nacional de Bellas Artes y en los salones del Ministerio de Hacienda fueron de las más meritorías de la década. Fue copioso el número de cuadros que de él se presentaron, entre ellos el tríptico de Los rebeldes y Mi abuela jarocha en traje de novia. Lamentablemente las notas periodísticas no mencionan que haya figurado Culto a la belleza o Ensueño (al menos no con estos títulos).

En octubre de 1926, cuatro años después de la muerte del pintor, se celebró en la Sala Nacional del Palacio de Bellas Artes una exposición-homenaje, donde se exhibieron Apoteosis dela paz, Mi abuela jarocha en traje de novia, Los rebeldes, Culto a la belleza, Ensueño y diversos retratos, evento que sirvió para integrar algunas de sus obras a la Casa de la Cultura de Tlacotalpan,Veracruz, el 23 de diciembre de ese año.

Apoteosis de la paz
ALBERTO FUSTER BELTRÁN
ca. 1903
Tríptico al maestro Justo Sierra
ALBERTO FUSTER BELTRÁN
s/f
Contra la bomba atómica
ALBERTO BELTRÁN
1958
Figura de mujer
ALBERTO BELTRÁN
1946
El peón
ALBERTO BELTRÁN
Libros de texto
ALBERTO BELTRÁN
1942
Cruzando el río
ALBERTO BELTRÁN
1973
David Álvarez Lopezlena
ALBERTO BELTRÁN
s/f
Trapiche
ALBERTO BELTRÁN