Museo Nacional de Arte

Retrato de doña Manuela Bocanegra

Skip to main content
Retrato de doña Manuela Bocanegra
Retrato de doña Manuela Bocanegra
Artista FELIPE SANTIAGO GUTIÉRREZ (1824 - 1904)

Retrato de doña Manuela Bocanegra

Fecha1862
TécnicaÓleo sobre tela
DimensionesSin marco: 55.1 x 43.2 cm
CréditoMuseo Nacional de Arte, INBA Donación Carlos Hank González y Guadalupe Rhon de Hank, 1990
Más información

Descripción

Manuela Bocanegra, vista de tres cuartos y medio cuerpo, gira un poco su cabeza hacia la derecha para enfrentar su rostro al espectador. Es una dama joven, de tipo claramente mestizo, tez cobriza con ciertos tonos rosados en la mejilla y en el mentón. Su nariz es recta y aguileña, los labios delgados y los pómulos marcados. La mirada es sostenida exhibiendo sus grandes ojos cafés coronados por cejas pobladas; el cabello es liso, negro y bien peinado, sujetado por detrás, con perfecta raya en medio.

  Su rostro, apenas surcado por leves arrugas, tiene un exquisito tratamiento de la fisonomía, digno de un gran retratista que se esmeró en la verdad de la encarnación. La efigie tiene una apariencia de placidez y altiva dignidad; parece sugerir el deleite que le causa ser retratada.

  El atuendo que viste la señora Bocanegra es austero, aunque no parece el del diario. Es, si no el de una mujer humilde, sí el de una mujer de clase media del interior del país. Lleva una sobria blusa negra con fistol y luce unos típicos aretes de filigrana y un collar de perlas. Sobre los hombros porta un rebozo con franjas blancas.

  En el fondo sombrío, no especificado, predominan los tonos verdes pardos y la luz se concentra de lleno en el rostro, efecto propio del realismo, esmerado en evidenciar el exacto parecido.

Comentario

En 1862, año de la ejecución de esta obra, Felipe S. Gutiérrez, nacido en San Pablo,

Texcoco, contaba con 38 años e iniciaba una de las múltiples facetas en las que incursionó a lo largo de su longeva y plena vida. Escribe entonces la primera carta de sus Impresiones de viaje,1 testimonio literario que, junto con su Tratado del dibujo y la pintura2 (1894), da cuenta de uno más de sus talentos: la escritura.

  Dicha carta, fechada en Toluca el 9 de septiembre, inicia así:

Ha llegado por fin el suspirado día en que miro colmados mis deseos y realizadas mis ardientes ilusiones.

  Llegó ya el momento, María querida, de que vencidos todos los obstáculos y allanadas las dificultades, pudiera realizar los dorados ensueños de mi vida, verificando un viaje por algunas ciudades del continente americano y de las más notables de Europa.4

Con estas letras comenzó no sólo una crónica literaria que abarcó 20 años (1862-1882), sino un largo viaje que sirvió para alimentar su espíritu inquieto y antropológico y que le permitió el constante perfeccionamiento de su vocación plástica, gracias al contacto con artistas y academias de México, Estados Unidos, Europa y Sudamérica.

  En 1836, a los 12 años, Felipe Santiago Gutiérrez ingresó a la Academia de San Carlos, donde pudo pulir sus dotes naturales para el dibujo y la pintura, y la formación empírica iniciada en su temprana infancia. Para el decenio de los cincuenta mereció el reconocimiento del profesorado y de lo más granado de la sociedad y obtuvo algunos premios en los certámenes anuales de esta institución. Hombre de firmes convicciones, inclinado al ideario liberal, en esos años de serias convulsiones ideológicas, ocupó un puesto como catedrático de dibujo y pintura en el Instituto Literario de Toluca (1848-1854), invitado por Felipe Sánchez Solís. Más tarde regresó a la Academia y, una vez concluidos sus estudios, emprendió lo que, según sus propias palabras, había sido el sueño y la ilusión de muchos años: realizar un prolongado viaje, subsistiendo del arte.

  En su travesía, Gutiérrez hizo de la pintura su profesión y su modo de vida; dibujó y realizó acuarelas de lo que vio: iglesias, calles, plazas, costumbres, fisonomías y monumentos. Criticó al gobierno, los vicios sociales y el arte que consideraba de mal gusto. Pero fue en la pintura donde puso su mayor empeño, un tanto por su propia afición a esta disciplina desde sus primeros años, otro tanto porque de este género obtuvo los ingresos necesarios para su subsistencia, no obstante la dura competencia que empezaba a significar la fotografía y que le exigía un criterio más realista, un estilo naturalista-objetivista visible en el tratamiento de sus cuadros.

   Testimonio tangible de esta forma de financiar su estancia en múltiples lugares es la gran cantidad de retratos que produjo y que subsisten hasta nuestros días, como la presente obra. El retrato no sólo significó un capital seguro, sino una manera de relacionarse o de agradecer la hospitalidad recibida, y hoy constituye un invaluable documento sobre el traje, el adorno y la estructura social en México en la segunda mitad del siglo xix.

  Gutiérrez, donde se encontrase, salía a la calle y buscaba el acercamiento con la población, permearse y conocer los entornos: "Al otro día de mi llegada, comencé desde luego a recorrer la ciudad y a entrar en relación con algunos de sus moradores." Obsesionado y familiarizado, como retratista que era, con las facciones y fisonomías, buscaba los rostros característicos; y, como costumbrista, captaba las actividades locales. En su libreta de dibujos, bosquejaba cuanto encontraba.

  El retrato al óleo, más complejo y dedicado, lo reservaba para los encargos de sus mecenas, los amigos y allegados, o los rostros típicos del lugar; el de Manuela Bocanegra pudo ser producto de cualquiera de dichas situaciones. Esta mujer del interior del país fue retratada con su indumentaria recatada y conservadora y, por el uso del rebozo, hasta cierto punto tradicional. No es su caso el de aquellas señoras y señoritas de la rica burguesía provinciana que se ornamentaban para ser retratadas con pesados vestidos europeos y con todo el alhajero posible, subrayando su condición social, de las que hay muchos ejemplos entre los cuadros de este género ejecutados por Gutiérrez.

  El 9 de septiembre de 1862 Gutiérrez inicia el primero de sus viajes, que habría de durar 13 años. Se dirige al Bajío y poco después se encuentra en Celaya, población guanajuatense que le pareció pequeña y monótona, por lo que parte para Querétaro, con mucho una urbe más cosmopolita, donde ejecutó la presente obra: "Entramos finalmente a Querétaro a las cinco de la tarde del domingo 14 de septiembre." Las posibilidades que le brindó esta ciudad le hicieron establecerse en ella hasta febrero, gozando de la hospitalidad de la acaudalada familia Jáuregui.

  Después del pequeño paseo que hicimos oscureció casi del todo, y sólo pensé en visitar la apreciable familia del Sr. Jáuregui, la que me hizo un recibimiento digno de ella, instándome para que me hospedase en su casa, lo que verifiqué a otro día.

  Fue en este lapso cuando retrató a Manuela Bocanegra. La inscripción al reverso, sobre la tela, precisa el nombre de esta mujer, su edad y el lugar y la fecha en que ejecutó el retrato: "D. Manuela Bocanegra de edad de 26 años. Querétaro Nov.e de 1862. F. Gutiérrez f."También al reverso, una mano diferente escribió sobre el travesaño del bastidor: "Da. Manuela Bocanegra F. Gutiérrez."

  Durante esta larga estancia en Querétaro, el artista seguramente conoció y retrató a no poca gente, entre ellas a Manuela, e incluso pudo haber contado con un taller. Muy en su estilo, convivió tanto con personas de la cúspide social, el caso de la familia Jáuregui, como con las de estratos inferiores.

La factura del cuadro demuestra el gran talento de Gutiérrez para el retrato. Dueño de un estilo propio en la paleta y en la calidad de su dibujo, incursionó por entonces en el realismo ¿reproducir con fidelidad la naturaleza de las fisonomías¿, ya apartado del idealismo romántico de su profesor de San Carlos Pelegrín Clavé (1811- 1880) y de la influencia que en este último tuvo el francés Jean-Auguste-Dominique Ingres (1780-1867).

  El cuadro se encontraba a la venta con el nombre de Mujer con rebozo en la galería La Cartuja. Ingresó al Museo Nacional de Arte en 1990 como donación de la señora Guadalupe Rhon de Hank.

Inscripciones

[En el reverso, sobre el lienzo:]

D. Manuela Bocanegra de / edad de 26 años. / Querétaro Nov.e de 1862. / F. GutiérrezJ.

[En el reverso, sobre el travesaño superior del bastidor:]

Da. Manuela Bocanegra / F. Gutierrez

Imagen localizada en el catálogo de la exposición página 158

Descripción:

"Pintor de academia, acuarelista, promotor del liberalismo republicano, viajero infatigable, narrador literario y cronista plástico de su errante periplo, Felipe Santiago Gutiérrez (1824-1904) fue esto y más. El visionario artista, tratadista y crítico de arte fue un representante nacional sin igual del impulso humanista por explorar la cultura universal –y sus matices regionales- que fecundó en los artistas el romanticismo, como corriente hemisférica del siglo XIX. Los países que recorrió entre 1862 y 1882 superan la docena y los poblados y capitales que visitó fueron tantos que para el propio Gutiérrez debió ser difícil de precisar. Algunas de las urbes fueron los epicentros del arte <<culto>> occidental en aquella centuria: Roma, París, Madrid, Florencia, Barcelona o Nueva York.

Entre los legados materiales de estos desplazamientos y estancias por diversos lugares del mundo, a la fecha perdura un conjunto de retratos de personajes y autoridades que Felipe S. Gutiérrez tuvo a bien recrear, son efigies pintadas con los artilugios compositivos para la disposición espacial del modelo, con los atributos propios del retrato de <<aparato>> o aristocrático y trazadas en diferentes formatos: busto perfilado, tres cuartos o cuerpo completo; figuras sentadas, reclinadas o de pie; composiciones de una figura, dos o conjuntos. Los cuadros revelan en el pintor las aptitudes artísticas de su progresivo refinamiento como fisonomista y el eco de las convenciones de dos poderosos lenguajes estilísticos del siglo XIX, el romanticismo y el realismo, tendencias filosóficas y artísticas de las cuales fue testigo, aprendiz y paladín.

La pintura de retrato se posicionó como el género central dentro de la versatilidad temática que Felipe S Gutiérrez atendió como pintor profesional, resultado de la gran demanda entre las diversas clases sociales que se diversificaron conforme el modelo capitalista se afianzó en la sociedad urbana. La fase temprana del trotamundos de Gutiérrez por el centro-norte de México y California se financió gracias a la encomienda que sus clientes le encargaron para dejar su imagen, idealizada y ennoblecida, perpetuada a través de la aguda representación pictórica.

La favorecedora impresión artística de la personalidad del retratado empatada con las modas de la época o la prenda tradicional, son un termómetro de los anhelos por la idealización del porte y son cánones que perduran a través de los tiempos. Así, el retrato es <<imperecedero, se comenta con entusiasmo de vidente, fija alcurnias y sitios en la escala social y cumple con lo interno y lo externo su gran función: divulgar las imágenes inmejorables>>

Los retratos realizados por Gutiérrez destacan actitudes como el orgullo y el prestigio en los protagonistas y, en la mayoría de las efigies de las autoridades de la política, la economía, la cultura o la artes, se denota el sentido del retrato de <<aparato>>: altivo, honorable y simbólico, lo que hace de éste género pictórico por excelencia en proporción de la creciente demanda entre los mecenas.

La historia del retrato de aparato en casi tan larga como la de la civilización misma. Los primeros ejemplos se encuentran en los retratos de los faraones del Antiguo Egipto, y desde entonces hasta hoy la producción de retratos de Estado se ha desarrollado ininterrumpidamente. Esta notable continuidad puede quizá explicarse por la tendencia de las sociedades humanas a organizarse en jerarquías de riqueza, poder y rango, y a investir a sus dirigentes de virtudes especiales, mágicas incluso. Esta tendencia garantiza que el retrato de aparato, que manifiesta ese poder y ese rango mediante mecanismos simbólicos, sea una presencia constante en la historia del arte.

La pintura de retrato conjunta una gama de valores estéticos, históricos, sociológicos y psicológicos. La diversidad de posibilidades interpretativas en los órdenes de lo descriptivo y lo analítico, aunado al simple goce visual provisto de la fascinante curiosidad por las prendas, accesorios, joyas y mobiliarios de otros tiempos, así como la noción de vernos a nosotros mismos reflejados en estos retratos, hacen de estas piezas un fascinante objeto artístico. Si bien la obra no puede ser un documento histórico fehaciente, ya sea por la subjetiva interpretación de la realidad, debido al imaginario de los lenguajes estéticos que dominan el universo del artista, o por la imagen mejorada que añora el cliente respecto a cómo se percibe en el espejo. No obstante, nos contextualiza en la época.

El retrato no sólo es una excelente fuente histórica, sino que para determinados aspectos, como los que tienen que ver con las identidades colectivas, los cambios de mentalidades o las modificaciones en las formas de ver y entender el mundo social, resulta imprescindible. Un retrato puede definir la situación histórica de una sociedad en un momento determinado tan bien o mejor que decenas de documentos escritos, sólo es necesario saber leerlo.

Tanto si son pinturas como si se trata de fotografías lo que recogen los retratos no es tanto la realidad social cuanto las ilusiones sociales, no tanto la vida corriente cuanto una representación especial de ella. Pero por esa misma razón, proporcionan un testimonio impagable a todos los que se interesan por la historia del cambio de esperanzas, valores o mentalidades.

(Rodríguez Rangel, Víctor T., 2017, p. 61-63)

Manuela Bocanegra, vista de tres cuartos y medio cuerpo, gira un poco su cabeza hacia la derecha para enfrentar su rostro al espectador. Es una dama joven, de tipo claramente mestizo, tez cobriza con ciertos tonos rosados en la mejilla y en el mentón. Su nariz es recta y aguileña, los labios delgados y los pómulos marcados. La mirada es sostenida exhibiendo sus grandes ojos cafés coronados por cejas pobladas; el cabello es liso, negro y bien peinado, sujetado por detrás, con perfecta raya en medio.

  Su rostro, apenas surcado por leves arrugas, tiene un exquisito tratamiento de la fisonomía, digno de un gran retratista que se esmeró en la verdad de la encarnación. La efigie tiene una apariencia de placidez y altiva dignidad; parece sugerir el deleite que le causa ser retratada.

  El atuendo que viste la señora Bocanegra es austero, aunque no parece el del diario. Es, si no el de una mujer humilde, sí el de una mujer de clase media del interior del país. Lleva una sobria blusa negra con fistol y luce unos típicos aretes de filigrana y un collar de perlas. Sobre los hombros porta un rebozo con franjas blancas.

  En el fondo sombrío, no especificado, predominan los tonos verdes pardos y la luz se concentra de lleno en el rostro, efecto propio del realismo, esmerado en evidenciar el exacto parecido.

Retrato de Pelegrín Clavé
FELIPE SANTIAGO GUTIÉRREZ
s/f
null
FELIPE SANTIAGO GUTIÉRREZ
1857
La cazadora de los Andes
FELIPE SANTIAGO GUTIÉRREZ
ca.1891
San Bartolomé
FELIPE SANTIAGO GUTIÉRREZ
s/f
Retrato de Dionisia Sojo de O
SANTIAGO REBULL GORDILLO
s/f
Retrato del pintor Juan Manchola
SANTIAGO REBULL GORDILLO
El senado de Tlaxcala
RODRIGO GUTIÉRREZ
1875
Arturo Piera
FRANCISCO GUTIÉRREZ
ca.1941
Baco y Ariadna
RODRIGO GUTIÉRREZ
1873
El pescador
RODRIGO GUTIÉRREZ
1871