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Apoteosis de la paz
Apoteosis de la paz
Artista ALBERTO FUSTER BELTRÁN (1870 - 1922)

Apoteosis de la paz

Fechaca. 1903
TécnicaÓleo sobre tela
DimensionesSin marco: 286.5 x 621.5 cm
CréditoMuseo Nacional de Arte, INBA Acervo constitutivo, 1982
Más información

Descripción

Un nutrido grupo de personajes alegóricos se reúne en una amplia escalinata; su objetivo es cruzar al otro lado de un pórtico y arribar a un templo dórico que se distingue al fondo y que se adivina como el final del camino. El contingente de alegorías está divido en dos secciones (una que representa a las artes, la otra a las ciencias y a los oficios) que parten de los ángulos inferiores y siguen un impulso en diagonal hacia arriba y al centro. La sección visual más alta de esa composición piramidal es una dama nívea (que es la imagen de la Paz), ataviada con ropajes clásicos y que hace de puente hacia el templo final; ella levanta el rostro y extiende el brazo hacia el destino último de la marcha. Una victoria alada está al otro lado del pórtico y le corresponde a la Paz con un gesto retórico similar y, de forma delicada, levanta la mano derecha en señal de triunfo mientras la otra sostiene una rama de palma que es el atributo que la identifica. Entre los personajes se distingue a una segunda dama que va a la vanguardia y que es la más cercana al acceso final; se trata de una mujer que viste faldón verde, blusa y rebozo blancos; su larga cabellera está recogida en trenzas y va abanderada con la enseña de México. Ella se detiene azorada ante la ventura que se le presenta y se inclina como examinando los detalles de lo que mira al otro lado del acceso. En el contingente se diferencian pequeños grupos que se corresponden en poses y atributos, el más evidente ocupa el flanco superior izquierdo y corresponde a un trío de musas danzantes; en la contraparte, dos filas de hombres desnudos marchan y apoyan sobre sus hombros herramientas de labranza, guiados por una mujer que levanta con ceremonia una hoz (en conjunto son la representación de la agricultura); en el mismo extremo están el comercio (identificado como Mercurio por el báculo y el casco alado característicos); la minería (un par de hombres cargando piquetas y guiados por una mujer que apoya en la cabeza una carga de minerales); la industria textil (una hilandera); la farmacéutica o medicina (que tiene como atributo la copa con la serpiente enroscada); la química y la física (ambas como mujeres, una mezclando compuestos y la otra portando un matraz con una sustancia humeante); la astronomía (con el orbe nocturno); las matemáticas (trazando una circunferencia), y el conocimiento y el saber que portan el pergamino y el libro. Casi en el centro, la personificación de la historia está atenta con una plumilla en mano; tras ella miramos a las figuras de la poesía (en acto de declamación), la música (con una lira), la arquitectura (dos mujeres analizando un papel desplegado con dibujos de inmuebles), el teatro (un trío con gestos ensimismados), y finalmente la escultura y la pintura en sus respectivas actividades.

Comentario

Alberto Fuster pintó este enorme óleo de tamaño mural hacia 1901. El 28 d agosto de ese año La Gaceta Comercial informaba: "El señor Alberto Fuster [...] en Milán, ha pintado un gran cuadro destinado al Salón de Embajadores de nuestro Palacio Nacional, que representa a México conducido por la Paz en la senda del progreso. El cuadro fue presentado en una exposición en Milán y produjo muy buen efecto."

En 1903 el artista se encontraba de vuelta en el país y en julio del mismo año presentó una exposición individual en las instalaciones de la Escuela Nacional de Bellas Artes: "Exhibe también el artista Fuster, una obra de gran aliento, una composición grandiosa que representa a la Patria conducida por la Paz al templo de la Gloria, seguida por las ciencias, las artes, el comercio, el trabajo. Esta obra desgraciadamente no ha podido ser concluida, pero las figuras acabadas como las del escultor y la de la historia son dignas, la primera de Miguel Ángel, la segunda encuadraría perfectamente en la obra más acabada de Leyton [sic]. Es verdaderamente lamentable que esta obra quede sin concluir y que la República no llegue a poseer esta creación ya terminada; la más atrevida y genial del joven artista mexicano." Finalmente, sabemos que el óleo fue expuesto en 1908 una vez más en la vieja Escuela de Bellas Artes de la capital mexicana.

Una obra del tema y de las dimensiones de Apoteosis de la Paz fue concebida para ser propiedad del Estado, ya fuera regalada o vendida. El artista tuvo constantes dificultades para vender sus obras ante los escasos fondos del erario público; así lo dejan ver algunos documentos que se resguardan en el archivo de la Escuela Nacional de Bellas Artes, por ejemplo: en 1909 Fuster acude a Porfirio Díaz para solicitar su ayuda, ya que "si vende sus obras podrá independizarse y trabajar con cierta tranquilidad".

El enorme óleo alegórico que ahora nos ocupa fue comprado en 1910por un grupo de amigo del presidente Díaz (guiados por Joaquín Casasús), ya que fue el costoso regalo (de quince mil pesos) del cumpleaños número ochenta para el mandatario. A partir de entonces su localización fue incierta; Humberto Aguirre Tinoco dice que probablemente decoró en algún tiempo el Salón de Actos del Museo Nacional y que, tal vez, sea la misma obra del pintor que se envió para decorar la embajada de México en Argentina, hasta que pasó a la colección del Museo Nacional de Arte en 1982.

Alberto Fuster eligió un tema que recayera en la arena de lo político y que se refiriera a la situación prevaleciente en su país (no hay que olvidar que el óleo lo trabajó en el extranjero); se trata de un vistazo y una opinión sobre su contexto. De manera evidente, el tono sería complaciente hacia el régimen que en ese momento patrocinaba su estancia como estudiante de arte en Europa. Aquella optimista visión se expresó en el lenguaje más conveniente, que es el clásico y el alegórico que brindan un apoyo de legitimidad en asociación con lo solemne, lo ceremonioso y lo trascendental, también entendida la alegoría en el ámbito educativo y moralizante. Fuster decidió hacer esta monumental aclamación al porfiriato y eligió la mejor manera de comunicarla y el tamaño que se correspondía con lo que él percibía como la gran tarea de la paz en México.

Las opiniones sobre Apoteosis de la paz fueron en general positivas; como vimos, incluso para llegar a comparar algunas partes del trabajo con el de pintores de la talla del inglés Frederic Leighton (1830-1896) (cuya obra había sido muy difundida en la Exposición Universal de París de 1900), pero está lejos de ser la mejor obra de Fuster. Si bien tiene figuras destacadas por estar hechas con mano hábil (visible en algunos personajes y en la cantidad de las telas) o por ser originales (en algunos gestos y ademanes), también se perciben importantes fallas; la más evidente es la imagen de México que carece de la destreza del pincel y del sentido de la dignidad, del talante y de la fuerza de una nación a las puertas de la gloria y que se ve por completo empequeñecida por los personajes mejor logrados que expresan la idea precisa, o la pasión de su papel, que comunican su desempeño sin dudas o que simplemente llaman la atención por ser inquietantes y diferentes (como la dama con toga roja del extremo derecho que mira al espectador mientras se cubre discretamente la boca de manera burlona). La composición, en general, es equilibrada, pero no está pensada para dar realce a la alegoría de México, quien parece unirse obligada y apresurada en un pequeño hueco entre la agricultura y la Paz, interrumpiendo el avance del cortejo que la ignora.

El recurso de humanizar las ideas (o, en este caso, las disciplinas científicas o artísticas), para otorgarles presencia corpórea y subrayar así su importancia como parte de una empresa o un asunto, fue usual sobre todo en la escultura, como ejemplo tenemos la Alegoría de la Química que Primitivo Miranda hizo para decorar la antigua casa del Apartado General de la Nación y que, por ser una ciencia capital en la constante tarea de la instancia (fabricar monedas), se le concedió presencia en el inmueble. Otorgar un lugar, definir una presencia, hacer visible y consistente la figura de un concepto que no es objeto de los sentidos significó acercar al espectador a una idea compleja y hacerla concreta y apreciable.

En el contexto nacional de su época, la Apoteosis de la paz se inserta en una serie de elogios traducidos en obras públicas con el vestido de las bellas artes que se le hicieron al porfiriato para señalar lo que algunos consideraron el mayor logro del régimen. Uno de los primeros ejemplos fue el teatro principal de San Luis Potosí, el Teatro de la Paz (con el proyecto del arquitecto José Noriega), que mandó a construir el entonces gobernador del Estado, el militar Carlos Díez Gutiérrez, en 1889 e inaugurado en 1894. Otro ejemplo es el Monumento a la paz en Guanajuato (ejecutado por el escultor Jesús F. Contreras) durante la gestión local de Joaquín Obregón González; el monumento se proyectó en 1897 y se inauguró en l903. El tema de la pacificación del país con la colaboración y la atenta vigilancia de los gobiernos estatales se traducía en la proliferación constructiva; así, abundaron en el interior de la República los teatros y los monumentos (además de los ferrocarriles), muchos de ellos nombrados en alusión directa al porfiriato, con nombres del propio presidente o de felices alegorías que iba heredando el régimen. La prensa alentaba tales impresiones: "Son incalculables los beneficios que de la paz han resultado de esa hermosa república, la primera entre las naciones latinoamericanas que ha sabido resolver los más complejos problemas de la edad modernísima en la cual vivimos; sus industrias se multiplican [. . .] y por todas partes no se oyen más ruidos que los de las locomotoras, sus fábricas de hilados y tejidos [. . .], lo mismo que las de papel y otras mercancías, y día llegará en que produzcan [bienes] iguales, si no es que superiores a los extranjeros [. . .] en vista de ese estado bonancible, introdúcense en el país capitales americanos y europeos. El crédito de México en el exterior [. . .] es [. . .] de los más sólidos y envidiables.

Las capitales de los estados asimismo se embellecen y mejoran sus condiciones sanitarias y de ornato público [. . .] luz eléctrica, sistemas higiénicos de alcantarillas, ferrocarriles urbanos movidos por la potencia eléctrica [. . .] trabajos [. . .] para proveer a las ciudades de agua limpia y abundante, y por último, hospitales, penitenciarias y asilos montados al estilo europeo y estadounidense, y de acuerdo con las leyes universales de saneamiento."

De acuerdo con este panorama entendemos la retórica que hace Fuster en la Apoteosis de la paz, que está a tono con las percepciones de una parte de la sociedad mexicana de finales del siglo, aquella encumbrada con el dinero y en el poder. Sabemos también que tal situación de bonanza estaba más cerca de un artilugio que de la verdad; el mismo gobernador de Guanajuato antes mencionado, Joaquín Obregón, insistía, en un telegrama fechado en 1910 y dirigido al presidente Díaz, su adhesión a la paz del régimen: "Comienzo por reiterarle a Ud. que todo el pueblo de Guanajuato es amigo del orden y de la paz y decididamente Porfirista. No ha habido, no hay ni habrá nada que pueda molestar siquiera la atención de Ud. En algunos puntos del Estado hay ya agricultores armados a su costa que cuidan el orden; todo camina con tal regularidad que parece que ni nos apercibimos de los mitotes promovidos por infames mexicanos en otras partes."

La paz conseguida por la conjunción de las artes y la industria es desmentida en los mismos elementos que la forman, por ejemplo, en la agricultura, que fue un rubro siempre al amparo del Estado con instituciones fundadas a su servicio (como la Escuela Nacional de Agricultura y el Ministerio de Fomento siempre a su cuidado). Aquél fue un sector al que se llamaba al éxito gracias al mercado de exportación por la demanda internacional (sobre todo de productos como el henequén, el café y el guayule), que se vio detenida por una falta de respuesta de la producción nacional, pues eran inexistentes la tecnología, la investigación y una mentalidad industrial que llevaran a la innovación y a la generación de productos en las escalas que el mercado reclamaba. Lo que existía en el país, en materia de producción agrícola, eran el latifundio y el peonaje.

Es bien conocido, por otro lado, que había un amplio sector de la población que no observaba la paz que tanto mentaba el porfiriato: "Esa pobre gente de Valle Nacional,Valle Real, Usila, Osumacín y todas esas tierras tabaqueras sufren más que en el infierno mismo. [. . .] Sucede que se enferman, como es natural, con ese trato inhumano y agonizando aún el individuo, todavía vivo lo entierran, sin oír sus protestas, y como el infeliz moribundo ya no tiene fuerza no puede levantarse del hoyo en que lo echan y comienzan a echarle tierra, sin apiadarse de los gemidos del enfermo; en seguida pisonean y se van. Son enterrados vivos y eso sólo porque el desgraciado enfermo sólo hace gastos y no trabaja."

Lo antes dicho enmarca un contexto en el que aparece la Apoteosis de la paz de Alberto Fuster; por un lado, es parte de un discurso oficial que se lee en la prensa y que se materializa en la obra pública, la arquitectura y la monumentalística como los más elocuentes. Los grandes óleos complacientes con el régimen decorarán los salones de los palacios de gobierno y las distintas instituciones que fueron los brazos del Estado y hay que entenderlos como parte de esta producción en la que también invertía el gobierno para dejar constancia de lo que consideraba su legado.

Esta obra se integró al Museo Nacional de Arte en 1982, como parte del acervo constitutivo.

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