El hueso
Descripción
En esta pintura podemos observar a un hombre de tez morena, ojos rasgados, nariz chata, labios pronunciados y pequeño bigote que está sentado en una pequeña silla de madera y mimbre. El personaje enlaza sus manos al tiempo que sostiene un paraguas; porta un traje oscuro, camisa blanca y sombrero. Los pantalones zancones dejan ver unas botas color miel que contrastan con la sobriedad del atuendo. El lugar donde se encuentra el personaje parece ser el patio de una casa con toques provincianos, visto sobre todo en las tres macetas del lado derecho, la superficie esquinada de colores blanco y azul y el piso de losetas terracota. A un costado de los pies del personaje hay un objeto extraño colocado en el piso. Se trata de un hueso, quizás el húmero de un animal. Un detalle muy particular que no debe perderse de vista es el botón tricolor localizado en la solapa de la chaqueta del protagonista.
Comentario
En buena parte de su producción artística como caricaturista, ilustrador, pintor y antropólogo, Miguel Covarrubias no olvidó el sarcasmo y la ironía. Con gran poder de síntesis y un lenguaje nutrido por la caricatura, este autor desarrolló una cuantiosa producción de imágenes de diversas culturas del mundo: de Bali al Lejano Oriente o de las escenas neoyorquinas en los años treinta a los registros arqueológicos y representaciones sobre la historia y la cultura mexicanas. Esta pintura, denominada El hueso, fechada en 1940 y producida muy probablemente hacia 1937, es parte del repertorio nacionalista del autor y supone un caso atípico dentro de su producción por varias razones. Primero, porque es uno de los pocos óleos que se conocen-Covarrubias trabajó generalmente con otras técnicas como litografía, gouache, acuarela, tinta, carbón y técnicas mixtas-; segundo, porque los retratos de caballete son más bien femeninos y característicos de las décadas de los años cuarenta y cincuenta; y tercero, porque la temática anecdótica y mexicanista no es un tema predominante en la obra del pintor. Es hasta los años cuarenta cuando dedica gran parte de su obra a la cultura mexicana.
Entre 1924 y 1935, Covarrubias radicó en Nueva York, donde desarrolló una exitosa carrera como escenógrafo, publicista y dibujante para Vanity Fair, The New Yorker y otras publicaciones. El resto de su vida la pasó viajando entre México y los sitios a los que lo llevaban sus investigaciones antropológicas. De la primera etapa neoyorquina, destacan particularmente las ilustraciones que hiciera para el libro de Frank Tannenbaum, Peace by Revolution: An Interpretation of Mexico (1933) sobre la Revolución mexicana, pues fue ahí donde ensayó por primera vez algunos de los elementos que caracterizarán sus representaciones sobre lo mexicano.
Hacia 1937, año en que seguramente pintó El hueso, Covarrubias se encontraba fascinado con la cultura balinesa. Había viajado varias veces a la isla con el apoyo de una beca Guggenheim y pactado con el editor Alfred Knopf una serie de libros antropológicos escritos e ilustrados por él mismo. The Island of Bali (1937) fue el primero de la serie. A éste le seguirían otros tres títulos dedicados al istmo de Tehuantepec y las culturas indígenas americanas, que verían la luz años más tarde.
El hueso es una variación de la obra mural realizada para el bar del Hotel Ritz, ubicado entonces en la céntrica calle de Madero, la cual fue vendida hace algunos años a un particular. Covarrubias realizó la pintura mural del Ritz, llamada Una tarde de domingo en Xochimilco en 1936 o, como fecha máxima, en 1937, lo que coincide con la elaboración de los mapas monumentales de la República Mexicana para el Hotel del Prado. La pieza fue comisionada por el ingeniero Francisco Martínez Negrete y en ella se presenta una escena de aparente inocencia costumbrista, personajes y detalles populares con los que el autor juega humorísticamente. La trajinera del primer plano, flanqueada por dos mujeres que venden frutas y flores desde sus pequeñas embarcaciones, transporta a un grupo de varias parejitas que disfrutan del paseo crepuscular por los canales. Los personajes, enfundados en sus atuendos de domingo y elegancia pachuca, conviven acompañados por pulque, cerveza y la melodía que una de las chicas entona con su guitarra cual sirena cantante. Al fondo del cuadro, se halla otra trajinera con cuatro turistas extranjeros que desde lo lejos observan y fotografían con curiosidad a los mexicanos. Olivier Debroise opina que esta pintura es "su mejor obra como muralista, enternecida y nostálgica evocación de un paseo en Xochimilco", puesto que se alejó del estancamiento formal, la falta de imaginación, las estilizaciones y los límites de sus posibilidades de expresión".
En la colección de la que fuera la última esposa del pintor, Rocío Sagaón, se halla una fotografía en la que el propio Covarrubias fue capturado, muy probablemente en los años treinta, sentado en una trajinera. En la toma, el pintor aparece joven, sosteniendo un ramo de flores y portando un traje de domingo y sombrero similares a los del segundo personaje que figura en la trajinera principal del mural. Puede especularse que el pintor decidió autorepresentarse en la obra como parte de una dinámica ingeniosa de relaciones de sentido. Covarrubias decidió ser el más jocoso de entre todos los tipos populares que aparecen en la escena bucólica, pues es este personaje quien sutilmente desliza su mano por detrás de su compañera guitarrista. Esta operación de autoinserción tiene su contraparte en el tercer personaje, el hombrecillo de semblante adusto, rasgos indígenas y lustroso traje negro que sostiene un paraguas, y que será extraído del mural para adquirir nuevo sentido y dar vida a la pintura El hueso.
Este protagonista funciona como una evocación del burócrata humilde y se vincula temáticamente con la obra El orador pueblerino de Gabriel Fernández Ledesma (ca. 1928). Tal como lo indicó Carlos Molina en el estudio de esta pintura del contemporáneo de Covarrubias, el artista hace mofa del protagonista algún político o maestro de ceremonias de un evento Cívico, donde hay banderas con los colores nacionales. En El orador pueblerino finalmente hay un ácido comentario hacia la capacidad de la oratoria, pero lejos de los centros del poder. En El hueso, la vestimenta del personaje también sugiere un eco totalmente sardónico e incluso excesivo: la posición de las manos, el elegante sombrero, el mismo traje como si hubiera sido almidonado y planchado cuidadosamente, el gesto sereno y seguro, el bigote recortado, su posición sentada. Se alude particularmente a su gala dominguera y la elegancia provinciana.
Al tener como subtítulo El maestro rural, esta pintura completa su carácter anecdótico, pues no se trata solamente de "el hueso" de cualquier personaje, sino del de un miembro del sindicato magisterial. En este sentido, la obra quiere remitir a una sociedad clientelar totalmente leal al régimen posrevolucionario, que podía ejercer cierto poder dentro de pequeños círculos locales y que, como el protagonista del cuadro, espera pacientemente sentada los beneficios del régimen. Los rasgos físicos del maestro rural son acentuados gracias a un toque caricaturesco, tal vez exagerados para dar paso al sarcasmo visual. El posible burócrata o maestro rural se presta aquí a una ironía intensificada: el "hueso" interpela al trabajo fácil, a la esperada prebenda que otorga el partido oficial, el cual es aludido en el botón tricolor de la chaqueta del personaje. Debemos recordar que para finales de los años treinta, el Partido Nacional Revolucionario ya encarnaba en sí mismo el órgano político de la institucionalización. Tal vez esta obra también sea una crítica velada de aquel sector social que tenia que laborar dentro del magisterio para obtener un sueldo seguro. Covarrubias aquí apuesta por un cuestionamiento al proyecto institucional posrevolucionario. Al representar a este personaje, no sabemos si Covarrubias tenía en mente a alguien en particular o si más bien la obra constituye una metáfora de un cinismo más general o una sardónica representación de uno de los nuevos "tipos" populares del costumbrismo posrevolucionario.
El propio Covarrubias le quiso dar un nuevo giro a esta "escena costumbrista". En 1940, como uno de los organizadores de la muestra Veinte siglas del arte en México en el Museum of Modern Art de Nueva York y fungiendo prácticamente como curador de la sección de arte moderno, decidió integrar esta pintura al guión, permitiéndose hacer un juego visual al tiempo que una concesión personal. Dentro del catálogo, El hueso está fechado en 1940 y hace constar que la obra era propiedad del pintor: "prestado por el artista. Retrato satírico de un burócrata de provincia. El hueso en México es símbolo de un jugoso empleo en el gobierno."
En el nivel formal, esta obra, al igual que otras composiciones del quehacer pictórico del caricaturista e ilustrador, sobresale por su poder sintético dentro de los aspectos plásticos así como por la utilización de cierta temática popular con un fino sentido del humor y distorsión de las proporciones. La silla es muy pequeña para el cuerpo del personaje, cuyas extremidades inferiores se presentan, también, en una escala reducida. De igual forma, el cuerpo, al ocupar casi todo lo alto del cuadro, genera una visión claustrofóbica del protagonista. Por su parte, los tonos rojos, anaranjados, ocres, grises y negros son equilibrados para dar un mayor efecto compositivo, mientras que la misma luminosidad de la superficie pictórica destaca por su carácter cromático. El hueso o El maestro rural es muestra de la creatividad de este polifacético artista para generar imágenes aparentemente cándidas capaces de ejercer mediante el sarcasmo visual una aguda crítica social.
La obra forma parte del acervo constitutivo del Museo Nacional de Arte desde 1982.