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Retrato de María Asúnsolo
Retrato de María Asúnsolo
Artista FEDERICO CANTÚ (1908 - 1989)

Retrato de María Asúnsolo

Fecha1946
TécnicaÓleo sobre tela
DimensionesSin marco: 124.5 x 97 cm
CréditoMuseo Nacional de Arte, INBA Donación María Asúnsolo, 1988
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Descripción

El retrato de María Asúnsolo realizado por Federico Cantú la muestra en exteriores, sentada junto a un árbol, sobre una manta verde oscuro. Asúnsolo lleva un vestido largo, rojo brillante, que resalta las curvas voluptuosas de su cuerpo; descansa la cabeza contra una rama y mira sosegada al espectador. Pequeñas plantas silvestres rodean sus pies descalzos. Su cabeza está enmarcada por hojas del árbol, mientras que a la distancia se nubla un dramático cielo rojo.

Comentario

Cantú, quien ya había pintado a Asúnsolo en 1937, fue uno de los muchos artistas prominentes que representaron a la célebre y bella mujer, entre ellos Jesús Guerrero Galván (1934 y 1941), David Alfaro Siqueiros (1935), Raúl Anguiano (1942) y María Izquierdo (1941, 1942 y 1943). Si bien esta profusión de retratos destaca el papel de Asúnsolo como musa de artistas, también fue una importante mecenas en las décadas de los años treinta y cuarenta, así como una protagonista del proceso de desarrollo de la identidad cultura mexicana. Desde la galería que funcionaba en su residencia en Paseo de la Reforma, Asúnsolo animaba con regularidad salones informales que eran frecuentados por los pintores, escritores, músicos e intelectuales más prominentes de la época. Como recordaría años después Juana Inés Abreu: "En la casa de María, charlas y discusiones se sucedían una a otra entre los amigos, creadores todos, y la tertulia se prolongaba en un ameno ambiente. Ella escuchaba en silencio a los reunidos, entrelazando talentos y entretejiendo encuentros. Se encontraba allí a las figuras más sobresalientes de todas las ramas del arte de México y Latinoamérica; los idiomas se entremezclaban con los proyectos y los logros; exposiciones, conciertos, libros..."

El impulso y promoción que dio Asúnsolo a muchos artistas fue fundamental para el desarrollo de sus carreras en una época en la que no abundaban las galerías.

La obra de Cantú se presentó en 1942 como parte de la exposición colectiva Pintura mexicana en la galería de Asúnsolo. Para entonces, el pintor ya había tenido cierto éxito nacional e internacional. Nacido en Cadereyta Jiménez, Nuevo León, en 1908, Cantú mostró talento artístico desde muy joven, y a los 14 años estudió con Alfredo Ramos Martínez en la Escuela de Pintura al Aire Libre de Coyoacán. En los años veinte y treinta, Cantú hizo largos viajes por Europa; allí estudió la obra de los grandes maestros y también de los vanguardistas, y continuó su formación en París con el escultor José de Creeft. Cantú pasó también algún tiempo en Los Ángeles, California, donde recibió muy buenas críticas por las pinturas que expuso, así como en Nueva York, donde presentó su obra en exposiciones colectivas en los Delphic Studios de Alma Reed. Tras su regreso a México a mediados de los años treinta, Inés Amor se interesó notablemente por su trabajo, que también había sido incluido en muchas muestras colectivas del Palacio de Bellas Artes. El estilo de Cantú se comparaba a menudo con el de los maestros italianos: sus primeras críticas hablaban de la influencia de Giotto, Botticelli y Fra Angelico. En un texto para el catálogo de una exposición, Luis Ortiz Monasterio apuntaría también las tendencias neoclásicas modernas de Cantú.

En el retrato de Asúnsolo pintado por Cantú en 1946 contrasta la formalidad de su vestido largo con el entorno natural y con sus pies descalzos, que rozan las hojas y flores silvestres. Se sabía que a Asúnsolo, como muestra de su naturaleza informal, no le gustaba usar zapatos: prefería andar descalza cuando fuera posible. Por ello, muchos artistas destacaron sus pies, y un historiador del arte. los describió como "fetiches hechizantes" en el retrato de Cantú.

El paisaje en la pintura de Cantú no hace referencia a un sitio específico; en su lugar, crea un dramático tono psicológico en torno a su modelo, cuyo vestido refleja el brillante atardecer detrás suyo, y las texturas castañas de su cabello recuerdan las del árbol. Asúnsolo mira hacia el espectador con expresión soñadora, la cabeza reposada sobre sus manos. La manta verde recuerda de manera inquietante un bulto humano, como si Asúnsolo estuviera en brazos de la Tierra misma. A propósito de la obra de Cantú, Salvador Toscano parece referirse en 1947 específicamente a este retrato cuando dice que el artista "gusta de las pinceladas a grandes rasgos, de los contrastes violentos, de los colores quemantes, chillando el rojo con el verde".

Mientras que los artistas buscaban capturar la esencia de la celebrada personalidad de Asúnsolo, muchos de sus retratos aluden también al simbolismo clásico o cristiano. juan Soriano diría que el cuerpo de Asúnsolo parecía una estatua griega y la pintaría como una Venus, mientras que el dramaturgo Rodolfo Usigli homenajearía su "cuerpo de línea etrusca". Otros más evocarían en sus retratos el imaginario de la Virgen María; por ejemplo, Galván rodeó su cuerpo con luz dramática a la manera de un halo, mientras que Izquierdo la pintó como la Virgen con el Niño Jesús sobre su rodilla (véase su retrato de 1943).

Estas imágenes habrían tocado fibras en Cantú, pues en sus pinturas adaptaba & menudo temas y símbolos de la mitología griega y los relatos bíblicos, y había recibido además muchas comisiones para pintar frescos en iglesias de todo el país.

El retrato de Asúnsolo por Cantú se relaciona con una serie de imágenes de asunto clásico con mujeres en ambientes naturales (ninfas del bosque y diosas) que el artista pintó en el transcurso de los años treinta y cuarenta, y a los que volvería durante su larga carrera. Por ejemplo, su Ceres de 1936 muestra a la diosa de la agricultura y la cosecha con cabellos que literalmente se transforman en las ramas de los árboles. En Diana cazadora (1941), Diana, hermana del pintor, se recarga contra una rama, mientras que en la distancia una mujer desnuda monta un caballo blanco salvaje y apunta su arco a una presa fuera del cuadro. En este pasaje imaginario, Cantú relacionó a su hermana con la diosa clásica de la caza.

En estas imágenes, así como en sus pinturas de asunto cristiano, Cantú intentó borrar las fronteras entre lo sacro y lo profano. Al artista no le suponía un conflicto presentar imágenes religiosas femeninas como seres sexuales: "El sentimiento erótico está implícito en mí, aun dentro de la temática religiosa. Si pinto a la Virgen, a la Verónica y a santa Ana con formas voluptuosas es porque creo que así han de haber sido.Y si no lo fueron, así es como las imagino. Los barrocos me precedieron en esto." Asúnsolo parece haberse interesado especialmente en este aspecto de la obra de Cantú; adquirió uno de sus retratos de la Virgen María y en 1947 lo incluyó en un grupo numeroso de obras que prestó a una exposición que viajó a Cuba: Exposición nacional de pintura moderna mexicana, 1911 -1946.

Un interés común de Cantú y Asúnsolo fue el del arte como medio para explorar la belleza altamente sexualizada y transgredir los códigos morales de conducta estándar. En una entrevista, Asúnsolo declaró que el personaje ficticio que más le gustaría ser era Chrysis, la bella cortesana de la novela Aphrodite (1896), del escritor francés Pierre Louÿs. En esta popular obra de la belle époque, Chrysis es atormentada por su amor no correspondido hacia el escultor Démétrios. Chrysis se suicida bebiendo cicuta, tras lo cual el artista coloca su cadáver en diferentes poses para crear una estatua que represente la vida inmortal. Al relacionarse con Chrysis, Asúnsolo puede haber hecho alusión irónica a su papel de musa y a su manera de ceder voluntariamente el control sobre la manera de representar su cuerpo por parte de los muchos artistas a los que frecuentó.

El retrato de Cantú permaneció en la colección de Asúnsolo hasta que ésta lo donó, junto con muchas otras pinturas, al Museo Nacional de Arte en 1988.