Ahuehuetes de Chapultepec
Imagen localizada en el catálogo de la exposición página 31
Descripción:
"En 1880, después de varias versiones y copias del valle de México, Ignacio Manuel Altamirano al estar ante los nuevos cuadros pintados por Velasco, Vegetación del Cerro del Tepeyac, Lago de Chalco y Chapultepec y sus ahuehuetes, (FIG. 12) le critica en una publicación que siga esmerándose en el valle de México con su escasa flora, cuando el país ofrece los paisajes alpestres de las sierras de zona fría, los suaves y exuberantes de los trópicos, las llanuras aterciopeladas de Tierra Caliente. En efecto, sus valles eran encantadores pero, apuntaba, llegarían a cansar: "La especialidad para el paisajista no debe ser la localidad, debe ser el paisaje. La localidad se acaba, el arte es el único que perdura".
Por esta opinión, Justino Fernández afirmó que Altamirano no comprendió el valor de Velasco, pero en el fondo lo que el escritor decimonónico le molestaba era la sola exaltación del valle, como una representación del poder central sobre lo regional (a nivel iconográfico parecía la genuina expresión del Porfiriato que ya sometía las aspiraciones de los viejos liberales). Si Velasco era el maestro del paisaje pictórico, también Altamirano lo era en el paisaje literario, pero aplicado a las regiones. En 1869 no había diferencias; Velasco incluso había preparado unos cuadros cuyos asuntos, decía el literato y político de Tixtla, "ha tomado de nuestros pobres versos descriptivos" y que serían reproducidos en fotografía "para ilustrar la edición que preparamos". Es en 1874 cuando las incompatibilidades ideológicas se ponderaron con los viejos liberales, impidiendo que nuestro pintor pudiera ocupar la plaza de profesor de paisaje hasta 1877.
Las vistas del valle de Velasco fueron asimiladas con entusiasmo por los grupos acomodados en el poder. Se encontraban a gusto con esta imagen del valle, de vastedad y su centro. Ese paisaje equilibrado donde desaparecían los conflictos políticos y sociales, con la pureza natural del aire, se convirtió en una visión utópica de armonía, en una ficción que aprovechó el Porfiriato para captar la mirada de capitalistas en las exposiciones internacionales de París (1889) y Chicago (1893) y en la Exposición de Aguascalientes (1891) y la de Bellas Artes del Círculo Católico de Puebla (1900).
Velasco realizó óleos con otros entornos provinciales, pero también continuó con sus valles. Sus pinturas tituladas Valle de México desde el río de los Morales (1891), (FIG. 13) Valle de México desde el cerro del Tepeyac (1894, 1901, 1905), Valle de México desde el Molino del Rey (1895, 1898 y 1900), (FIG. 31) Vista de la Fábrica de Hilados de la Carolina (1880, 1887), Volcán de Orizaba desde la Hacienda de San Miguelito (1891), Hacienda de Chimalpa (1893), Hacienda de Coapa y los volcanes (1897) y Cañada de Metlac (1897), exponían a un país con identidad. La incorporación del ferrocarril y los sembradíos extensos mostraban la modernidad en unidad con la tradición de las haciendas triunfantes. El engrandecimiento del espacio y la monumentalidad de los volcanes, exhiben una mirada que inicia de la periferia al centro, donde el poder se muestra con una perspectiva de vastedad y distancia y, al mismo tiempo, de simbólica aglutinación de economía y sociedad.
(Reséndiz Rodea, Andrés, 2013, p. 32-33)