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Fuentes Brotantes
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Artista JOAQUÍN CLAUSELL (1866 - 1935)

Fuentes Brotantes

TécnicaÓleo sobre tela
DimensionesSin marco: 86 x 120 cm
CréditoMuseo Nacional de Arte, INBA Adjudicación, 1989
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Descripción 

Al igual que en las pinturas anteriores, en Fuentes Brotantes con personajes el artista fragmenta la composición con una línea divisoria que desciende de la parte superior izquierda hacia la mitad del cuadro. Del extremo izquierdo, bajan las agitadas aguas que se topan con las piedras incrustadas en el camino y que abarcan tres cuartas partes de la superficie pictórica; una hilera de rocas separa el río del bosque; en la parte media de la derecha, está una mujer de colorida vestimenta que descansa sobre un árbol y observa al joven desnudo que está sentado de perfil.

Comentario

Para los estudiosos de la primera década del siglo XX, el paisaje de academia naturalista estaba por terminar y se abría así una manera de realizar pintura de paisaje gracias a la técnica pictórica del "impresionismo" instrumentada por el artista autodidacta Joaquín Clausell.

De acuerdo con Xavier Moyssén, el primer grupo de pinturas de Clausell reúne diversos paisajes de valles, cerros, montañas y bosques; el segundo, ríos, canales, lagunas, cascadas, olas y acantilados; el tercero, las pinturas al óleo de los cuatro muros de su estudio en el palacio virreinal de los condes de Santiago de Calimaya. Los alrededores de la capital y otras regiones de México le proporcionaron (al igual que a otros contemporáneos suyos) vistas abundantes en diferentes estaciones del año: Iztacalco, Xochimilco, Tlalpan, San Ángel, Santa Anita, El Ajusco, Chapultepec, Texcoco, Michoacán, Mazatlán, entre otros.

El conjunto de pinturas Fuentes Brotantes, conocido en algunos casos como Fuentes Brotantes de Tlalpan, nos remite a este lugar de la capital que inspiró al artista para plasmar sus atmósferas acuosas y luminosas. Moyssén argumenta que los primeros cuadros que Clausell pintó en México tienen su origen precisamente en los bosques de Tlalpan, en las Fuentes Brotan tes del mismo lugar y en lo que fue la zona lacustre de Iztacalco y Xochimilco. Por su parte Fausto Ramírez afirma que de las muchas variaciones ejecutadas por Clausell sobre el tema de las Fuentes Brotantes, el ojo duda no sólo de las relaciones de profundidad espacial entre distintos sectores de la escena, sino también de la identificación matérica de lo que allí aparece figurado: "las manchas azulosas que se extienden bajo el follaje de los árboles, ¿representan una corriente de agua, rocas o equivalen a las sombras proyectadas sobre el suelo?"

Sobre esta cuestión cabría recordar que el impresionismo en pintura es, ante todo, una reacción técnica. En la naturaleza ningún color existe por sí mismo. La coloración de los objetos es una mera ilusión, y el único momento creador de los colores es la luz solar que envuelve todas las cosas, y las revela, según las horas, con modificaciones infinitas. La luz descubre las formas y, acariciando diversos estados de la materia, les da tonos por completo distintos. Las ideas de distancia y de volumen son transmitidas por colores más oscuros o más claros. Este concepto es lo que se llama el sentido de los valores. Así, un "valor" es el grado de intensidad oscura o clara que informa al espectador acerca de la proximidad o lejanía de un objeto.

Toda la obra de Joaquín Clausell es el ejercicio constante de la luz y el color, el estudio silencioso de las vistas naturales que tomaba en raudales de luz au plein air. La aplicación de la pintura al óleo, con los efectos de luz mediante pinceladas sueltas y brioso empastea veces usando la espátula, da materia a la composición de la naturaleza, la que supo interpretar más bien con instinto pictórico. En sus telas se aprecia una vibración variable, producida por descomposiciones de los rayos lumínicos sobre la superficie de las cosas. Todo ello confirma sus dotes de "colorista por excelencia, transmisor fiel de las vibraciones de la luz", según el Dr. Atl.

Como lo explica Fausto Ramirez, "Si bien en diversas ocasiones [Joaquín Clausell] acometió la empresa de evocar vastos panoramas, se antoja más peculiar de su manera pictórica su visión reconcentrada de limitados y recoletos rincones, próximos a los pueblos que circundaban a la capital, muy atento a captar el efecto de la luz solar desgranándose sobre las formas naturales, en especial sobre la cambiante superficie de las aguas", citando los casos de Fuentes Brotantes de Tlalpan, Canal de Santa Anita e Ixtacalco. En efecto, el hilo conductor de las pinturas de Clausell fueron los ángulos: coordenadas dentro de la superficie que simultáneamente permiten la equilibrada combinación entre las luces y los colores que operan como gradaciones cromáticas.

La técnica de Joaquín Clausell se debe en gran medida a su paso por Europa, tiempo en que la pintura impresionista era la novedad. El sentido del color adquirido de los impresionistas lo llevó a pintar sobre todo paisajes, porque es en este género en el que mejor se pueden estudiar los efectos cambiantes de la luz que envuelve los objetos.7 Clausell trajo de París esa concepción de la realidad que se aprende en la luz que envuelve, en la luminosidad de la mancha de color, en la pincelada pastosa, matéríca. Sin embargo, ese "impresionismo personal" no es "tan brillante y sutil como el de los pintores franceses: su color es rico pero recio, sus formas vigorosas, su factura gruesa, es, como si dijéramos, un arte muy viril, más no exento de figuras sentimentales, sobre todo en sus pequeños cuadros, llenos de intimidad, de penumbra misteriosa apenas rota por unas cuantas manchas de sol".

Joaquín Clausell, nacido en Campeche el 16 de junio de 1866, fue un estudiante turbulento, un periodista polémico que se hizo pintor sin academia; encontró estímulo y consejos en Gerardo Murillo, que tras su regreso a México en 1904, fue su consejero en el arte de pintar. Su formación inicial transcurrió en su ciudad natal y en 1886 se inscribió en la Escuela Nacional de jurisprudencia de la ciudad de México, donde conoció a Heriberto Frías. Colaboró en El Hijo del Ahuizote, El Monitor Republicano y El Universal. En 1893, durante el gobierno de Porfirio Díaz, ayudó a fundar el periódico El Demócrata. En virtud de una serie de artículos novelados sobre la reciente campaña militar en la sierra tarahumara (el "caso Tomóchic"), publicados en las páginas de este diario, se vio obligado a pasar una temporada en el destierro. En Europa, entre los años de 1893 a 1895, su sensibilidad se encontró con el impresionismo. En palabras de Antonio Saborit, llegó al color como un modo del exilio: "El pintor Camille Pissarro inauguró en París una exposición en abril de 1896. La muestra abrió los ojos de Joaquín Clausell, un joven de apenas treinta años, prófugo de la justicia mexicana desde octubre de 1893 y personaje central [. . .] en el episodio que vinculó, por un lado la masacre de un poblado acaso no mayor de setenta familias a manos del ejército en la sierra Tarahumara,  dada a conocer mediante una relación novelada Tomóchic y, por otro lado, la tercera reelección de Porfirio Díaz y la permanencia en el poder del grupo de políticos que por años detentó el secreto de gobernar y hacer negocio con el país."

Clausell visitó varias veces la exposición del pintor antillano Camille Pissarro, a quien conoció durante uno de sus recorridos. Al retornar a México en 1896, Clausell se vinculó al grupo modernista. Transcurrieron diez años para que se conociera un conjunto de cuadros de su autoría: fue en mayo de 1906, en la exposición que, bajo la tutela de Gerardo Murillo, organizaron los redactores de la revista cultural Savia Moderna. Ricardo Gómez Robelo ("Rodión"), a partir de entonces uno de los críticos constantes de la producción de Joaquín Clausell, lo consideró un "temperamento raro y fuerte, de visión agudísima y capaz de apreciar los más ligeros matices, asociado a un ejecutante desprovisto de los secretos del artificio [. . .] aplica los colores crudos, en pasta y desarrollados con opulencia" hasta producir "al cabo un riquísimo efecto de coloraciones". Más adelante, decía: "Delicioso es el examen de un cuadro de Clausell. Se hallan los colores crudos, en pasta y derrochados con opulencia, aglomeración tal, que produce al cabo un riquísimo efecto de coloraciones." En esa nota, Gómez Robelo, poeta de mirada aguda y sensible, citaba La calzada de los sauces, en tanto que otras publicaciones (como Bellas Artes. Arte y Letras, junio de 1906), refieren que también se exhibió La ola. Con todo, la exposición de Savia Moderna, tan importante para la historia de nuestra pintura, reveló al pintor Joaquín Clausell, de 40 años de edad.

Para conmemorar el primer centenario de la Independencia, la Sociedad de Pintores y Escultores, de la cual el Dr. Atl era el presidente y Clausell el tesorero, presentó en la Escuela Nacional de Bellas Artes (ENBA) una gran exposición de pintura, escultura y dibujo, entre los meses de septiembre y octubre de 1910. La crónica de la época narra que Joaquín Clausell exhibió más de cien paisajes ("impresiones", decía la crítica periodística), y destaca ya su personal estilo para pintar la luz y aplicar el color en piezas como Fuentes Brotantes, Tlalpan, lxtacalco y La ola roja. A propósito de esa muestra, Gómez Robelo escribió: "Joaquín Clausell es merecedor de atención y estudio. El número de sus tela es considerable y ostenta la virtud fundamental del constante trabajo. Ha llegado por él a raras armonías de color, su técnica es impresionista pura, en el sentido aceptado al fin sin dejar lugar a malas interpretaciones ni acercamientos de escuela; los efectos de color son considerados en relación con el conjunto, bajo la influencia del momento y de la atmósfera, obteniendo términos y relieves por valores y no por simple claroscuro."

Una serie de pinturas de Joaquín Clausell, Alfredo Ramos Martinez, Jorge Enciso, Armando García Núñez, Adolfo Best Maugard y Gonzalo Arguelles Bringas, entre otros, formaron parte de la galería de paisaje de la Escuela durante esta exposición. Los alumnos de aquellas generaciones que cerraron el siglo XIX y abrieron el XX obsequiaron algunas de sus obras o las vendieron a bajo precio para mantener las galerías de la Escuela actualizadas. Por instrucciones de la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes se autorizó la compra de un cuadro de Clausell, Fuentes Brotantes.

Lo cierto es que, para el convulsionado año de 1910, Clausell contaba con una amplia producción a cuestas y el elogio de la crítica. Un año después, en julio de 1911 , al estallar la huelga estudiantil en la Escuela Nacional de Bellas Artes contra el director Antonio Rivas Mercado, fue propuesto en la terna de candidatos para suceder al arquitecto, al lado de Juan de Dios Fernández y Alfredo Ramos Martínez; este último fue quien tomó las riendas de la nueva enseñanza artística de la institución.

Es sabido por revistas de la época que, en 1921, Clausell participó en otra exposición de la ENBA, la cual llamó la atención de Diego Rivera, quien en el número 3 de la revista Azulejos, de octubre de 192l, comentó: "Hay en esta exposicióny la crítica ha tenido en esto casi una cegueramucha pintura de Joaquín Clausell, verdadero impresionista, puro y fuerte, que se hizo solo, ayudado por su amigo Atl, sin que nunca lo mancillara la Escuela Nacional de Bellas Artes."

Años más tarde, en 1926, Joaquín Clausell fungiría como profesor de la clase de Escenografía, de acuerdo con la lista del personal de la ENBA. Ese año, la pintura Fuentes Brotantes de Tlalpan se exhibió en una colectiva de arte mexicano en Los Ángeles, California, de acuerdo con la lista de pinturas. En 1930, fue nombrado director del plantel de Iztacalco de la Escuela de Pintura al Aire Libre, en cuyo informe de octubre de ese año, dirigido al Departamento de Bellas Artes de la Secretaria, declaró que se habían inscrito 38 alumnos que habían producido 90 óleos y cerca de 200 dibujos al carboncillo.

Varios artistas indicaron la singular tendencia impresionista que Clausell alcanzó en sus años como pintor activo. Por ejemplo, Roberto Montenegro advirtió: "Clausell llevaba en si mismo el paisaje; lo desintegraba y lo volvía a integrar en una clásica transmutación de valores plásticos; el interés de su obra no está precisamente en la mayor o menor facilidad con que representaba escenas naturales sino en la fuerza plástica que manifestaba en ellas, en la sutilidad del color, en la gracia del toque, en la limpidez de la visión, en la nobleza de la materia y en la nota personal que ponía a cada una de sus visiones. [. . .] La pintura de Clausell es de tipo clásicamente impresionista; su obra puede parangonarse con la de Utrillo, la de Sisley, la de Monet; en toda ella no hay sino el juego de la luz vibrante y limpia en los toques de color. Para captar esa luz, Clausell hacia innumerables excursiones por los campos de México y volvía a su taller, unciosamente, a volcar sobre las telas sus impresiones maravillosas de la naturaleza."

El Dr. Atl, su mentor en el arte de la pintura y quien le haría un retrato en 1908, escribió: "Esa pintura es realista, cálida, hecha de capas que el artista superponía hasta conseguir la realización de su propio sentimiento -tonalidades ricas, cualidades pastosas, matices de un refinamiento extremado. Nada podrá encontrarse en ella que indique prejuicios técnicos, ni fué [sic] jamás inspirada por teorías literarias."

Por su parte, Justine Fernández anotaba: "Pinta la luz al atardecer, del crepúsculo, del anochecer en el mar y la luz vibrante del sol a través de arboledas y enramadas, hiriendo el agua [. . .]. Clausell pinta marinas, espumas, olas y playas repetidas veces, como también juegos de agua, lagos, agua quieta, rompientes, cascadas, fuentes naturales, ríos y canales [. . ..] El impresionismo de Clausell no se parece a ninguno."

El tema acuático verdaderamente obsesionaba a Joaquín Clausell. Piénsese por ejemplo, en su sereno Ixtacalco, de una limpidez que sólo puede resultar desconcertante al mostrar una escena que hoy no es sino un desastre urbano, y en cuyo rio se repiten el cielo y las nubes de un valle entonces transparente y fértil; y el tranquilo Canal de La Viga, o asimismo el tranquilo estanque de las Fuentes Brotantes en medio del bosque de Tlalpan, "más ominoso por solitario, pero también de una tranquilidad casi artificial, o mejor dicho engañosa, como la escena de un crimen".

El mismo elemento está presente en su fallecimiento, el 28 de noviembre de 1935, a los 69 años de edad, durante una de sus excursiones a las lagunas de Zempoala.

En los meses de abril y mayo de 1945, en el décimo aniversario de la muerte del pintor campechano, se organizó, por iniciativa de Carlos Mérida, Jesús R. Talavera y Federico Canessi, la muestra Joaquín Clausell. La exposición general de su obra, en la Gran Sala del Palacio de Bellas Artes, que incluyó 139 óleos; en la lista de obra, cinco de ellos aparecen con el título de Fuentes Brotantes, acreditados a la Secretaría de Educación Pública. No sabemos si se trata de los mismos aquí comentados, pues no aparecen reproducidos, aunque cuatro de ellos coinciden en los tamaños.

Tal como lo han señalado los historiadores del arte, el hecho de que, por lo regular, Joaquín Clausell no fechara sus cuadrosaunque los firmara ocasionalmente con distinto tipo de letra, dificulta considerablemente trazar la secuencia puntual de su obra paisajística. Sin embargo, considerando los hechos en torno a su vida artística y las exposiciones documentadas de la época, parece viable ubicar la serie de las Fuentes Brotantes entre los años de 1904 y 1910, periodo en que conoce y se instruye en la pintura bajo la orientación de Gerardo Murillo, y en que fueron presentados un sinnúmero de cuadros suyos tanto en la exposición de Savia Moderna como en la del centenario de la Independencia.

Las cinco obras ingresaron al Museo Nacional de Arte en la década de 1980. Fuentes Brotantes (Bosque azul) y Fuentes Brotantes en otoño formaron parte del acervo constitutivo del Munal en 1982 , mientras que Fuentes Brotantes (Fuentes Brotantes con personajes) y las dos obras Fuentes Brotantes (inventariadas con los números 1573 y 1683) ingresaron al acervo provenientes de la Oficina de Registro de Obras del INBA en 1989.

Imagen localizada en el catálogo de la exposición página 79

Descripción:

"… este artista que gustaba de capturar el instante a través de la plástica –como tiempo después lo haría Juan Rulfo por medio de la creación narrativa y fotográfica- abordó la pintura sólo en los momentos precisos: cuando sintió, con toda honestidad, que tenía algo que decir a través del arte. Lo anterior se nota en muchas de sus obras de paisaje, que son brillantes no sólo desde el punto de vista estético, sino también en la manera de aproximación y gozo del tema. Ver los amplios panoramas volcánicos, equivalentes en cierta forma, tanto pictórica como emocionalmente, a las vistas del Mont Saint-Victoire, de Paul Cézanne; los claroscuros boscosos e interminables zigzagueos de canales y ríos hoy desaparecidos o en curso bajo tierra debido a la creciente urbanización; y todo enmarcado por esa mirada íntima que tan naturalmente se dio en Clausell frente a las vistas de su país, es una aventura singular. En el mejor espíritu de las vedute de Canaletto, la suya resultó una propuesta sutil y fascinante para el público de su tiempo. Ante nuestros ojos, las vistas tienen aún más impacto por el contraste que establecen con la realidad actual de la ciudad y el campo circundante…

A diferencia de los dibujos de las cartas fechados con precisión, la gran mayoría de sus pinturas, como ya indique, carecen de datación. En algunas podríamos rastrear diversas influencias de Monet o Pisarro, sobre todo, maestros directos de Clausell durante aquella estancia francesa también de exilio en que, al igual que en los Estados Unidos, el pintor tuvo que enfrentar la vida cotidiana sin hablar la lengua del país…

Clausell parece admirar de Pisarro el enfoque más bien sereno, las tonalidades apagadas del paisaje y la forma en que el pintor ubicaba a la figura humana, casi ausente, como se puede observar en la obra del mexicano, por cierto, y con un peso delicadamente simbólico cuando aparece…

Otras escenas, ya sean terrestres o marinas, realizadas por el artista, se ubicarán más bien dentro del paisajismo mexicano de entonces, impregnado de espíritu vanguardista en algunos casos. Esta postura, enmarcada por una amplia tradición nacional, presumirá con generosidad, en apenas unos guiños plásticos, el estilo inconfundible y la mirada sin igual de Clausell; ambos arriesgados siempre, los dos desenvueltos a sus anchas. A la manera de Gerardo Murillo o de José María Velasco, pintores que asumieron la práctica como su única profesión, el también abogado y periodista, que siempre presumió ser apenas un amateur frente al arte, produjo una obra de paisaje de tal carácter y personalidad que la firma escamoteada en las superficies aparecería todo el tiempo al trasluz de cada composición plástica, de cada combinación cromática y cada trazo. A la manera de una marca de agua.

Como en los casos de Paisaje zapatista, Martín Luis Guzmán con sarape de Saltillo o La plaza de toros de Madrid, pinturas cubistas de Diego Rivera en las que su forma de abordar los temas y, sobre todo, el colorido y la textura dan personalidad única al trabajo desarrollado por el guanajuatense en el corazón mismo de esa corriente, muchos de los paisajes de Clausell, desde el interior o fuera del estilo impresionista, hablan de un artista con una clara visión del entorno propio, del colorido y, antes que nada, la luz sin igual de México. Elementos absolutamente distintos de los que dieron personalidad a las obras de Monet, Pisarro o Pierre-Auguste Renoir. Si uno encuentra rasgos en común entre las obras de tales artistas y los paisajes de Clausell como Reflejos en el estanque, Bosque amarillo, (FIG. 28) Campo de verano, Campo de otoño o Xochimilco, (FIG. 38) muchísimas otras imágenes del México de naturaleza desbordada serán clauselles indudablemente nacionales, aunque en absoluto nacionalistas.

El tríptico, en la cual aparecen figuras "primitivas" y "juguetonas", dedicado a homenajear la masa extraordinaria del Ixtaccíhuatl; sus otras pinturas en que apuesta por la holgada reinvención tanto del anterior volcán como del Popocatépetl; sus vistas de los Baños de Nezahualcóyotl; su Iglesia perdida entre la maleza, concebida inicialmente a la manera de Monet y luego rematada con una construcción típicamente virreinal, o la interpretación de los diversos ríos y canales (Santa Anita, (FIG. 17 Tlalpan, un segundo vistazo, en verdes, a Ixtacalco; la escena en rojos y rosas titulada Canal con puente) del Valle de Anáhuac se verán y sentirán como absolutamente propios del artista, en ambos sentidos de la palabra...

En pocos años y con largos intervalos de inactividad el campechano logró crear una obra sólida y variada. La suya fue una mirada curiosa pero sobre todo apasionada en los momentos justos. Al igual que algunos fotógrafos de su tiempo, de sus últimos años, gracias a un instinto singular desde sus inicios, Clausell conoció el secreto de la captura del instante, del uso de la luz y las tonalidades precisas.

Al revisar sus diversas personalidades como artista se va descubriendo que, efectivamente, para Clausell, el ejercicio de la pintura nunca fue una obligación. Por lo mismo, no pienso que esta práctica haya sido motivo de lucha, sufrimiento o pose, como sucede con tantos otros artistas. Más bien, el proceso de creación habría significado un misterio a desentrañar. Un juego, un reto a su astucia. Quizá a esto contribuyó el hecho de que desde muy joven el abogado, periodista, senderista y artista experimentó en carne propia lo que era retar a la otra naturaleza, la humana. Y perder casi siempre.

Pintar para Joaquín Clausell fue una lucha entre iguales, en la que ganar era posible. Y hasta normal."

(Perea, Héctor, 2012, p. 38, 41, 54, 57-58)