Fuentes brotantes (Fuentes brotantes en otoño)
Descripción
Por su parte, otra pintura denominada Fuentes Brotantes en otoño se caracteriza por una estrecha vereda de piedras y árboles en el primer plano, que dirige la mirada del espectador hacia el fondo del bosque lindante con una apacible laguna. Esta refleja los últimos rayos de luz y el color (azul y verde) de la fronda y del pastizal (amarillo) que se observa al fondo de la escena, de liso y delineado tratamiento en su totalidad. abierto; el lado derecho lo ocupa el apacible estanque que refleja las tenues sombras y los suaves matices de color azul verdoso que proyectan los arbustos.
Comentario
Para los estudiosos de la primera década del siglo XX, el paisaje de academia naturalista estaba por terminar y se abría así una manera de realizar pintura de paisaje gracias a la técnica pictórica del "impresionismo" instrumentada por el artista autodidacta Joaquín Clausell.
De acuerdo con Xavier Moyssén, el primer grupo de pinturas de Clausell reúne diversos paisajes de valles, cerros, montañas y bosques; el segundo, ríos, canales, lagunas, cascadas, olas y acantilados; el tercero, las pinturas al óleo de los cuatro muros de su estudio en el palacio virreinal de los condes de Santiago de Calimaya. Los alrededores de la capital y otras regiones de México le proporcionaron (al igual que a otros contemporáneos suyos) vistas abundantes en diferentes estaciones del año: Iztacalco, Xochimilco, Tlalpan, San Ángel, Santa Anita, El Ajusco, Chapultepec, Texcoco, Michoacán, Mazatlán, entre otros.
El conjunto de pinturas Fuentes Brotantes, conocido en algunos casos como Fuentes Brotantes de Tlalpan, nos remite a este lugar de la capital que inspiró al artista para plasmar sus atmósferas acuosas y luminosas. Moyssén argumenta que los primeros cuadros que Clausell pintó en México tienen su origen precisamente en los bosques de Tlalpan, en las Fuentes Brotan tes del mismo lugar y en lo que fue la zona lacustre de Iztacalco y Xochimilco. Por su parte Fausto Ramírez afirma que de las muchas variaciones ejecutadas por Clausell sobre el tema de las Fuentes Brotantes, el ojo duda no sólo de las relaciones de profundidad espacial entre distintos sectores de la escena, sino también de la identificación matérica de lo que allí aparece figurado: "las manchas azulosas que se extienden bajo el follaje de los árboles, ¿representan una corriente de agua, rocas o equivalen a las sombras proyectadas sobre el suelo?"
Sobre esta cuestión cabría recordar que el impresionismo en pintura es, ante todo, una reacción técnica. En la naturaleza ningún color existe por sí mismo. La coloración de los objetos es una mera ilusión, y el único momento creador de los colores es la luz solar que envuelve todas las cosas, y las revela, según las horas, con modificaciones infinitas. La luz descubre las formas y, acariciando diversos estados de la materia, les da tonos por completo distintos. Las ideas de distancia y de volumen son transmitidas por colores más oscuros o más claros. Este concepto es lo que se llama el sentido de los valores. Así, un "valor" es el grado de intensidad oscura o clara que informa al espectador acerca de la proximidad o lejanía de un objeto.
Toda la obra de Joaquín Clausell es el ejercicio constante de la luz y el color, el estudio silencioso de las vistas naturales que tomaba en raudales de luz au plein air. La aplicación de la pintura al óleo, con los efectos de luz mediante pinceladas sueltas y brioso empaste-a veces usando la espátula-, da materia a la composición de la naturaleza, la que supo interpretar más bien con instinto pictórico. En sus telas se aprecia una vibración variable, producida por descomposiciones de los rayos lumínicos sobre la superficie de las cosas. Todo ello confirma sus dotes de "colorista por excelencia, transmisor fiel de las vibraciones de la luz", según el Dr. Atl.
Como lo explica Fausto Ramirez, "Si bien en diversas ocasiones [Joaquín Clausell] acometió la empresa de evocar vastos panoramas, se antoja más peculiar de su manera pictórica su visión reconcentrada de limitados y recoletos rincones, próximos a los pueblos que circundaban a la capital, muy atento a captar el efecto de la luz solar desgranándose sobre las formas naturales, en especial sobre la cambiante superficie de las aguas", citando los casos de Fuentes Brotantes de Tlalpan, Canal de Santa Anita e Ixtacalco. En efecto, el hilo conductor de las pinturas de Clausell fueron los ángulos: coordenadas dentro de la superficie que simultáneamente permiten la equilibrada combinación entre las luces y los colores que operan como gradaciones cromáticas.
La técnica de Joaquín Clausell se debe en gran medida a su paso por Europa, tiempo en que la pintura impresionista era la novedad. El sentido del color adquirido de los impresionistas lo llevó a pintar sobre todo paisajes, porque es en este género en el que mejor se pueden estudiar los efectos cambiantes de la luz que envuelve los objetos.7 Clausell trajo de París esa concepción de la realidad que se aprende en la luz que envuelve, en la luminosidad de la mancha de color, en la pincelada pastosa, matéríca. Sin embargo, ese "impresionismo personal" no es "tan brillante y sutil como el de los pintores franceses: su color es rico pero recio, sus formas vigorosas, su factura gruesa, es, como si dijéramos, un arte muy viril, más no exento de figuras sentimentales, sobre todo en sus pequeños cuadros, llenos de intimidad, de penumbra misteriosa apenas rota por unas cuantas manchas de sol".
Joaquín Clausell, nacido en Campeche el 16 de junio de 1866, fue un estudiante turbulento, un periodista polémico que se hizo pintor sin academia; encontró estímulo y consejos en Gerardo Murillo, que tras su regreso a México en 1904, fue su consejero en el arte de pintar. Su formación inicial transcurrió en su ciudad natal y en 1886 se inscribió en la Escuela Nacional de jurisprudencia de la ciudad de México, donde conoció a Heriberto Frías. Colaboró en El Hijo del Ahuizote, El Monitor Republicano y El Universal. En 1893, durante el gobierno de Porfirio Díaz, ayudó a fundar el periódico El Demócrata. En virtud de una serie de artículos novelados sobre la reciente campaña militar en la sierra tarahumara (el "caso Tomóchic"), publicados en las páginas de este diario, se vio obligado a pasar una temporada en el destierro. En Europa, entre los años de 1893 a 1895, su sensibilidad se encontró con el impresionismo. En palabras de Antonio Saborit, llegó al color como un modo del exilio: "El pintor Camille Pissarro inauguró en París una exposición en abril de 1896. La muestra abrió los ojos de Joaquín Clausell, un joven de apenas treinta años, prófugo de la justicia mexicana desde octubre de 1893 y personaje central [. . .] en el episodio que vinculó, por un lado la masacre de un poblado acaso no mayor de setenta familias a manos del ejército en la sierra Tarahumara, dada a conocer mediante una relación novelada Tomóchic y, por otro lado, la tercera reelección de Porfirio Díaz y la permanencia en el poder del grupo de políticos que por años detentó el secreto de gobernar y hacer negocio con el país."
Clausell visitó varias veces la exposición del pintor antillano Camille Pissarro, a quien conoció durante uno de sus recorridos. Al retornar a México en 1896, Clausell se vinculó al grupo modernista. Transcurrieron diez años para que se conociera un conjunto de cuadros de su autoría: fue en mayo de 1906, en la exposición que, bajo la tutela de Gerardo Murillo, organizaron los redactores de la revista cultural Savia Moderna. Ricardo Gómez Robelo ("Rodión"), a partir de entonces uno de los críticos constantes de la producción de Joaquín Clausell, lo consideró un "temperamento raro y fuerte, de visión agudísima y capaz de apreciar los más ligeros matices, asociado a un ejecutante desprovisto de los secretos del artificio [. . .] aplica los colores crudos, en pasta y desarrollados con opulencia" hasta producir "al cabo un riquísimo efecto de coloraciones". Más adelante, decía: "Delicioso es el examen de un cuadro de Clausell. Se hallan los colores crudos, en pasta y derrochados con opulencia, aglomeración tal, que produce al cabo un riquísimo efecto de coloraciones." En esa nota, Gómez Robelo, poeta de mirada aguda y sensible, citaba La calzada de los sauces, en tanto que otras publicaciones (como Bellas Artes. Arte y Letras, junio de 1906), refieren que también se exhibió La ola. Con todo, la exposición de Savia Moderna, tan importante para la historia de nuestra pintura, reveló al pintor Joaquín Clausell, de 40 años de edad.
Para conmemorar el primer centenario de la Independencia, la Sociedad de Pintores y Escultores, de la cual el Dr. Atl era el presidente y Clausell el tesorero, presentó en la Escuela Nacional de Bellas Artes (ENBA) una gran exposición de pintura, escultura y dibujo, entre los meses de septiembre y octubre de 1910. La crónica de la época narra que Joaquín Clausell exhibió más de cien paisajes ("impresiones", decía la crítica periodística), y destaca ya su personal estilo para pintar la luz y aplicar el color en piezas como Fuentes Brotantes, Tlalpan, lxtacalco y La ola roja. A propósito de esa muestra, Gómez Robelo escribió: "Joaquín Clausell es merecedor de atención y estudio. El número de sus tela es considerable y ostenta la virtud fundamental del constante trabajo. Ha llegado por él a raras armonías de color, su técnica es impresionista pura, en el sentido aceptado al fin sin dejar lugar a malas interpretaciones ni acercamientos de escuela; los efectos de color son considerados en relación con el conjunto, bajo la influencia del momento y de la atmósfera, obteniendo términos y relieves por valores y no por simple claroscuro."
Una serie de pinturas de Joaquín Clausell, Alfredo Ramos Martinez, Jorge Enciso, Armando García Núñez, Adolfo Best Maugard y Gonzalo Arguelles Bringas, entre otros, formaron parte de la galería de paisaje de la Escuela durante esta exposición. Los alumnos de aquellas generaciones que cerraron el siglo XIX y abrieron el XX obsequiaron algunas de sus obras o las vendieron a bajo precio para mantener las galerías de la Escuela actualizadas. Por instrucciones de la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes se autorizó la compra de un cuadro de Clausell, Fuentes Brotantes.
Lo cierto es que, para el convulsionado año de 1910, Clausell contaba con una amplia producción a cuestas y el elogio de la crítica. Un año después, en julio de 1911 , al estallar la huelga estudiantil en la Escuela Nacional de Bellas Artes contra el director Antonio Rivas Mercado, fue propuesto en la terna de candidatos para suceder al arquitecto, al lado de Juan de Dios Fernández y Alfredo Ramos Martínez; este último fue quien tomó las riendas de la nueva enseñanza artística de la institución.
Es sabido por revistas de la época que, en 1921, Clausell participó en otra exposición de la ENBA, la cual llamó la atención de Diego Rivera, quien en el número 3 de la revista Azulejos, de octubre de 192l, comentó: "Hay en esta exposición-y la crítica ha tenido en esto casi una ceguera-mucha pintura de Joaquín Clausell, verdadero impresionista, puro y fuerte, que se hizo solo, ayudado por su amigo Atl, sin que nunca lo mancillara la Escuela Nacional de Bellas Artes."
Años más tarde, en 1926, Joaquín Clausell fungiría como profesor de la clase de Escenografía, de acuerdo con la lista del personal de la ENBA. Ese año, la pintura Fuentes Brotantes de Tlalpan se exhibió en una colectiva de arte mexicano en Los Ángeles, California, de acuerdo con la lista de pinturas. En 1930, fue nombrado director del plantel de Iztacalco de la Escuela de Pintura al Aire Libre, en cuyo informe de octubre de ese año, dirigido al Departamento de Bellas Artes de la Secretaria, declaró que se habían inscrito 38 alumnos que habían producido 90 óleos y cerca de 200 dibujos al carboncillo.
Varios artistas indicaron la singular tendencia impresionista que Clausell alcanzó en sus años como pintor activo. Por ejemplo, Roberto Montenegro advirtió: "Clausell llevaba en si mismo el paisaje; lo desintegraba y lo volvía a integrar en una clásica transmutación de valores plásticos; el interés de su obra no está precisamente en la mayor o menor facilidad con que representaba escenas naturales sino en la fuerza plástica que manifestaba en ellas, en la sutilidad del color, en la gracia del toque, en la limpidez de la visión, en la nobleza de la materia y en la nota personal que ponía a cada una de sus visiones. [. . .] La pintura de Clausell es de tipo clásicamente impresionista; su obra puede parangonarse con la de Utrillo, la de Sisley, la de Monet; en toda ella no hay sino el juego de la luz vibrante y limpia en los toques de color. Para captar esa luz, Clausell hacia innumerables excursiones por los campos de México y volvía a su taller, unciosamente, a volcar sobre las telas sus impresiones maravillosas de la naturaleza."
El Dr. Atl, su mentor en el arte de la pintura y quien le haría un retrato en 1908, escribió: "Esa pintura es realista, cálida, hecha de capas que el artista superponía hasta conseguir la realización de su propio sentimiento -tonalidades ricas, cualidades pastosas, matices de un refinamiento extremado. Nada podrá encontrarse en ella que indique prejuicios técnicos, ni fué [sic] jamás inspirada por teorías literarias."
Por su parte, Justine Fernández anotaba: "Pinta la luz al atardecer, del crepúsculo, del anochecer en el mar y la luz vibrante del sol a través de arboledas y enramadas, hiriendo el agua [. . .]. Clausell pinta marinas, espumas, olas y playas repetidas veces, como también juegos de agua, lagos, agua quieta, rompientes, cascadas, fuentes naturales, ríos y canales [. . ..] El impresionismo de Clausell no se parece a ninguno."
El tema acuático verdaderamente obsesionaba a Joaquín Clausell. Piénsese por ejemplo, en su sereno Ixtacalco, de una limpidez que sólo puede resultar desconcertante al mostrar una escena que hoy no es sino un desastre urbano, y en cuyo rio se repiten el cielo y las nubes de un valle entonces transparente y fértil; y el tranquilo Canal de La Viga, o asimismo el tranquilo estanque de las Fuentes Brotantes en medio del bosque de Tlalpan, "más ominoso por solitario, pero también de una tranquilidad casi artificial, o mejor dicho engañosa, como la escena de un crimen".
El mismo elemento está presente en su fallecimiento, el 28 de noviembre de 1935, a los 69 años de edad, durante una de sus excursiones a las lagunas de Zempoala.
En los meses de abril y mayo de 1945, en el décimo aniversario de la muerte del pintor campechano, se organizó, por iniciativa de Carlos Mérida, Jesús R. Talavera y Federico Canessi, la muestra Joaquín Clausell. La exposición general de su obra, en la Gran Sala del Palacio de Bellas Artes, que incluyó 139 óleos; en la lista de obra, cinco de ellos aparecen con el título de Fuentes Brotantes, acreditados a la Secretaría de Educación Pública. No sabemos si se trata de los mismos aquí comentados, pues no aparecen reproducidos, aunque cuatro de ellos coinciden en los tamaños.
Tal como lo han señalado los historiadores del arte, el hecho de que, por lo regular, Joaquín Clausell no fechara sus cuadros-aunque los firmara ocasionalmente con distinto tipo de letra-, dificulta considerablemente trazar la secuencia puntual de su obra paisajística. Sin embargo, considerando los hechos en torno a su vida artística y las exposiciones documentadas de la época, parece viable ubicar la serie de las Fuentes Brotantes entre los años de 1904 y 1910, periodo en que conoce y se instruye en la pintura bajo la orientación de Gerardo Murillo, y en que fueron presentados un sinnúmero de cuadros suyos tanto en la exposición de Savia Moderna como en la del centenario de la Independencia.
Las cinco obras ingresaron al Museo Nacional de Arte en la década de 1980. Fuentes Brotantes (Bosque azul) y Fuentes Brotantes en otoño formaron parte del acervo constitutivo del Munal en 1982 , mientras que Fuentes Brotantes (Fuentes Brotantes con personajes) y las dos obras Fuentes Brotantes (inventariadas con los números 1573 y 1683) ingresaron al acervo provenientes de la Oficina de Registro de Obras del INBA en 1989.
Descripción:
"Las pinturas realizadas por Joaquín Clausell en las primeras décadas del siglo XX no pueden constreñirse únicamente al carácter impresionista que constantemente se les atribuye. Por ejemplo, Jorge Alberto Manrique ha dicho que no hay un solo pintor al que se debe considerar como impresionista puro u ortodoxo, ya que en México esta corriente plástica se tornó en "reflejos de aquella manera de pintar, en ecos del impresionismo más que de una afiliación precisa.
En la práctica del género del paisaje, las inmediaciones de Santa Anita, Huipulco, las Fuentes brotantes, Xochimilco, Iztacalco, San Ángel –zonas finalmente periféricas para la época-, se convirtieron en temas centrales de la producción de Clausell, con evocaciones literarias y poéticas. Estas obras claramente nos indican la oposición a las construcciones urbanas, ya que edificaron un imaginario en torno a un paisaje imperecedero, como si éste simbolizara el retorno o la recuperación del orden natural, Así, Clausell se inclinó por los nuevos postulados vanguardistas al eliminar las reglas y métodos tradicionales dentro de la pintura, al tiempo de seguir los lineamientos subjetivos del modernismo finisecular.
Para Clausell, la tela fue un medio ideal para el juego de las texturas, la aplicación de gruesas pinceladas y las combinaciones cromáticas. En medio de la profusión de planos –y la ausencia del dibujo- emerge un análisis espontáneo de la naturaleza abordado desde diferentes ópticas. A diferencia de "la seguridad matemática" de José María Velasco, en Clausell no existió ese interés científico, descriptivo y realista por el entorno natural. En sus composiciones el artista marcó la superficie a través de diagonales y líneas perpendiculares que reconcilió con la atmósfera. Bien ha dicho Fausto Ramírez que en las pinturas alusivas a las Fuentes brotantes –que pueden ser consideradas como una serie-, Clausell dejó claramente deslindadas las áreas del agua y de la tierra por la perfecta definición de sus materias pictóricas respectivas, así como por una estructuración compositiva en forma de parábola que dirige y ordena el recorrido visual al interior de la tela.
Las perspectivas abiertas del paisaje decimonónico se transformaron dando lugar a un paisaje de escenas limitadas y en apariencia, simples. Clausell se dio a la tarea de representar mantos acuíferos, fragmentos de cordilleras, vegetaciones, canales, playas, etcétera. El hilo conductor de sus pinturas fueron los ángulos: coordenadas dentro de la superficie que simultáneamente permiten la equilibrada combinación entre las luces y los colores que operan como gradaciones cromáticas; las manchas deliberadas y las pinceladas libres acompañaron una búsqueda de precisión. Los espacios deshabitados sugirieron un encuentro personal con el mundo natural que intentaba captar la "esencia eterna y divina que se ocultaba en el universo", las figuras humanas se perciben como lejanas y transitorias presencias que en nada alteraban la disposición del entorno.
Las obras con resonancias simbolistas reiteran este enfrentamiento con la naturaleza, irracional pero domesticada gracias a la pintura. De alguna manera, Clausell concibió este vínculo como una promesa de regeneración. Así, el aristócrata se consideró apto para descifrar el carácter hermético de la naturaleza: el "oráculo de la tierra". El profeta-artista hace apropiaciones a través de su pintura. Con vestigios románticos, Clausell mantuvo esta postura anímica que también denotó cierto poder. Si su colega "Dr. Atl" imaginó posteriormente delirantes construcciones utópicas –Olinka- Clausell se constriñó a dominar la naturaleza por sí mismo."
(Cruz Porchini, Dafne, 2008, p. 41-42)