El mar
Esta obra del pintor Gabriel Fernández Ledesma presenta a un personaje femenino que, con sus dos manos, sostiene un caracol marino cerca de su oído. Su expresión es de atención, como si escuchara detenidamente el sonido que surge de la concha. La mujer que aparece en esta pintura utiliza un pedazo de tela para cubrir, de manera parcial, su torso desnudo. Sus rasgos físicos pueden ser identificados con los del prototipo indígena. Detrás de este personaje se encuentran un conjunto de fragmentos arquitectónicos como si fueran las ruinas de alguna construcción. Un conjunto de nubes, bien definido y con cierta solidez, aparece en el cielo sobre la ruina.
Comentario
Gabriel Fernández Ledesma, nacido el 30 de mayo de 1900 en la ciudad de Aguascalientes, fue un artista multifacético cuya producción comprendió pintura, grabado, escenografía, ilustración y fotografía.También fue editor de revistas y libros, dramaturgo y crítico de arte, así como organizador de galerías y exposiciones. En estas áreas, Fernández Ledesma fue responsable de la creación de la revista Forma, que circuló entre 1926 y 1928, y de la iniciativa fallida para conformar el primer museo de arte moderno en el país, el Museo de Arte Moderno Americano. En su producción es posible observar la faceta del artista como investigador de manifestaciones culturales populares del país y, también, la de profesor e impulsor de nuevas iniciativas relacionadas con la educación artística. Fernández Ledesma fue el responsable de crear la primera Escuela de Escultura y Talla Directa en el convento de la Merced en 1928. Como Judith Alanís ha mencionado, la intención de este tipo de escuelas era "instalar talleres de producción plástica para las clases marginales urbanas que fueran al mismo tiempo centros de orientación vocacional, de sensibilización y de aprovechamiento de las dotes manuales de niños y trabajadores". Al mismo tiempo que Fernández Ledesma arrancaba su proyecto de la Escuela de Escultura y Talla Directa también impulsaba la revaloración del grabado en relieve junto a su paisano y amigo Francisco Díaz de León. Estas iniciativas educativas y de divulgación de métodos artísticos hicieron que, en l927, el entonces rector de la Universidad Nacional, Alfonso Pruneda, lo nombrara director de los recién creados Centros Populares de Enseñanza Artística Urbana. Alanís remarca que el propósito de esos centros era concebir "el trabajo del artesano como medio para modificar el arte burgués y crear un auténtico arte proletario".
Una vez que llegó a la ciudad de México en 1917, Gabriel Fernández Ledesma participó en la redefinición del arte moderno que sufrió el país después de la Revolución de 1910. Un óleo como Madre e hija (1923) expone ya una escena donde los personajes principales son dos mujeres de origen indígena. La vocación nacionalista en su obra aparece con mayor fuerza a partir de 1925, tal y como se puede apreciar en varias ilustraciones que documentan tipos, costumbres y paisajes vernáculos. Entre este tipo de ilustraciones destacan las realizadas para estudios como el de las danzas yaquis —Matachines, Pascola, del Venado—, así como para la publicación Calzado mexicano. Cactlisy huaraches, impresa en el año de 1930. En esta época también sobresalen sus investigaciones e ilustraciones para la revista Forma, entre las que se podría mencionar el trabajo realizado para la sección "El sentimiento estético de los juguetes mexicanos", un estudio que en 1930 se publicó de manera ampliada en el libro juguetes mexicanos. Dos óleos realizados por Fernández Ledesma en 1928 también exhiben tipos o escenas con cierto carácter vernáculo: Orador pueblerino y Terrible siniestro, donde aparece una mujer de origen indígena sosteniendo a un bebé en el interior de una casa que se encuentra en llamas, lo que podría ser una metáfora de las condiciones de vida de los indígenas en el país.
El óleo El mar (1936) exhibe la particular síntesis que Fernández Ledesma logró alcanzar en su producción, donde conviven referentes nacionales y la influencia del arte de vanguardia europeo. Esta síntesis es definitoria de la producción del artista a partir de la década de los años treinta y puede ser detectada, incluso, en un cuadro de 1959, Coloquio de la niña y 1a muerte, donde la influencia del surrealismo es latente. En relación con El mar, el personaje central de este cuadro es una mujer de origen indígena; sus rasgos faciales, aunque mejor definidos, remiten al personaje femenino que aparece en la obra Terrible siniestro. En obras posteriores, como Mujer peinándose de 1938 , aparecen otras mujeres indígenas con rasgos fáciles prácticamente idénticos a los que muestra la mujer retratada en El mar. El escenario en el que se encuentra inmersa la indígena en esta pintura parece contar con una condición intemporal; más que portar una vestimenta en particular, el personaje femenino está cubierto parcialmente por una tela blanca que le imprime cierto clasicismo. El fondo del cuadro está comandado por un fragmento arquitectónico, una especie de muro con la condición de una ruina, que sólo subraya el carácter intemporal de la obra. Esta condición de la obra de Fernández Ledesma puede remitir a la pintura italiana de la Escuela Metafisica, que también buscaba crear una dislocación en la dimensión temporal al yuxtaponer elementos asociados con el pasado y el presente.
En alusión al título del cuadro, la mujer sostiene junto a su oído la concha de un caracol de mar; se dice que de esta forma se puede escuchar el sonido del océano. Aunque la realidad es que la concha captura y hace que resuene el sonido del ambiente, la idea popular posee un cierto carácter poético e incluso melancólico que parece estar en juego en esta obra de Fernández Ledesma al yuxtaponer la presencia del mar —en el título y con la inclusión de la concha— y un escenario fuera del tiempo caracterizado por la ruina arquitectónica. Esta disposición melancólica también es apreciable en el gesto introspectivo y atento, casi a la manera de una ensoñación, de la mujer. Esta es una de las primeras obras de Fernández Ledesma en las que presenta una concha de mar, más tarde lo hará de manera recurrente en otros de sus trabajos, siempre exhibiendo un fuerte significado simbólico. La concha de mar aparecerá en algunas de sus composiciones de objetos conocidos como juegos plásticos, o en el cuadro Naturaleza muerta con barco (1939), donde en una colección de elementos destacan una concha y un cuadro con un paisaje marino; lo que establece una relación entre los dos objetos. La concha marina también se ve en el cuadro Farmacopea (1947), a la par de otros elementos que componen una escena que contiene numerosos ingredientes de la medicina tradicional mexicana, y en el cuadro de 1962 titulado Despojos, en el que, en una especie de naturaleza muerta, es yuxtapuesta junto a la osamenta de un animal.
En 1929, Antonio Castro Leal, rector de la Universidad Nacional entre 1928 y 1929, designó a Fernández Ledesma como encargado para ir a España a montar varias exposiciones relacionadas con la producción de las Escuelas de Pintura al Aire Libre y de los Centros Populares de Enseñanza Artística Urbana. El artista organizó una muestra de este conjunto de obras en la Exposición Internacional de Sevilla, así como varias de pintura y escultura en Madrid. Fernández Ledesma diseñó los carteles para publicitar estas exposiciones recurriendo al grabado en relieve y redefiniendo el diseño gráfico realizado en el país con una solución que, aunque tradicional en su método de producción, era contundentemente moderna en la articulación de las ilustraciones y la tipografía.
La experiencia europea de Fernández Ledesma transformó su producción, sobre todo después de su participación en el grupo de vanguardia ¡30-30! Sin duda, su involucramiento con este grupo, al que también pertenecieron Ramón Alva de la Canal, Fermín Revueltas y Fernando Leal, cambió su disposición hacia el arte debido a la particular plataforma de este colectivo que conjugaba la radicalización ideológica, la destrucción de modelos académicos y el sentido del humor. A partir de 1931, Fernández Ledesma asimiló en su producción una serie de influencias de artistas extranjeros que reunió con elementos, tipos y escenarios de profundo carácter nacional. La asimilación del arte moderno europeo, no obstante, fue más evidente en su producción de la primera mitad de la década de los años treinta. Prueba de esto son varios dibujos, como Abrazo (1932), Aristocracia pulquera (1932) y El baño (1932), en los que la influencia de Henri Matisse, George Grosz y Paul Klee, respectivamente, es contundente. Estos trabajos se caracterizan por la prominencia de un dibujo simple que logra formas sintéticas y por las soluciones cercanas a la caricatura que exhiben, en ocasiones, un sentido del humor crítico. La repercusión del arte moderno europeo en la producción de Fernández Ledesma también se puede apreciar en una serie de trabajos de 1939 a los que tituló Juegos plásticos. Estas obras demuestran un conocimiento de la obra cubista de Georges Braque y exponen un mundo de relaciones entre distintos objetos cargados de significados que recuerdan, principalmente, la propuesta italiana de pintura de la Escuela Metafisica y, en particular, la producción de Giorgio de Chirico. Los Juegos plásticos, que también pueden remitir a algunas obras surrealistas, presentan composiciones que reúnen varios objetos cotidianos —en ocasiones incongruentes entre sí—, que articulan múltiples asociaciones sugerentes a partir de su yuxtaposición, tal como se refleja en El mar.
Esta obra ingresó al Museo Nacional de Arte como parte de su acervo constitutivo procedente de la Oficina de Registro de Obras del INBA en 1983.