Atardecer en el mar, la ola roja
Descripción
Este paisaje marino representa el momento justo en el que la cresta de una ola se derrumba hacia adelante reventando sobre la playa. La linea del horizonte, localizada un poco más arriba del eje mediatriz del cuadro, permite una división de la imagen en tres registros: arena, mar, ciclo. El punto de fuga se encuentra desplazado hacia la izquierda del cuadro, por encima de la línea de horizonte, creando una serie de diagonales que dan dinamismo a la composición y que ensanchan considerablemente la playa y el mar hacia el extremo derecho del lienzo. La diagonal ascendente entre la fila de nubes y el cielo rojizo hacen eco a la diagonal descendente formada por el límite entre la espuma de la ola y la arena, creando visualmente un triángulo. El crepúsculo vespertino es sugerido por la oscuridad de las nubes de la esquina superior izquierda, mientras que en la parte inferior del elemento celeste se distinguen intensos tonos rojizos y rosáceos en una gama clara y luminosa. Las filas sucesivas de oleaje verde oscuro y espuma dan la ilusión de movimientos encontrados de flujo y reflujo del mar sobre la arena, la cual evoca la luminosidad rojiza del cielo.
Comentario
Oriundo de Campeche, Joaquín Clausell convivió con el mar desde su infancia, lo que le permitió observar con frecuencia el vaivén de las olas. Fue sin duda su contacto con la pintura impresionista en París, durante su exilio político en 1896, lo que lo llevó a experimentar en el género de la marina años más tarde y en su propio país. La condición geográfica de México, la variedad de sus mares y litorales, conformaron un panorama pictórico vigoroso y amplio que Clausell se decidió a explorar a pesar de radicar en la ciudad de México. Para ello, realizó múltiples viajes por las costas del Golfo y del Pacífico. Su nieta ha dado testimonio sobre las escapadas de su ancestro: "De repente mi abuelo desaparecía y se iba a Mazatlán, Acapulco o Veracruz, sus lugares favoritos; regresaba días después con bocetos que muchas veces se convirtieron en alguna de sus grandes marinas." La ola roja es una escena inspirada en alguna playa del Pacífico. Es probable que la obra definitiva haya sido pintada en su taller, con base en estudios preliminares realizados al aire libre.
El impresionismo había promovido a partir de la segunda mitad del siglo XIX una nueva sensibilidad artística con respecto al género de la marina. Este se convierte a sus ojos en un "laboratorio fértil para la experimentación. Gracias a su poderosa e inevitable asociación con la creación y la destrucción, con el destino humano y con el viaje hacia lo desconocido y, sobre todo, por el ariete: imprevisible de sus fuerzas naturales, el mar provoca y nutre la búsqueda de algo nuevo." El factor innovador en la búsqueda impresionista es la proximidad física del pintor con el mar: "El artista no sólo se acerca al agua, sino que busca el face-à-face, penetrando con la mirada un agua violenta, móvil, con un ritmo dado por el flujo y reflujo de las olas. La ola se convierte en motivo.Ya no se le ve como un elemento de la dramaturgia ligada al naufragio, sino que representa el movimiento puro."
En términos pictóricos, dicho acercamiento se reflejaba en el punto de vista escogido por el artista para realizar un cuadro: en ocasiones, desde algún acantilado o roca cercano; sobre la orilla para integrar la presencia mineral de la costa y jugar con los elementos agua, cielo y tierra o, incluso y de manera más innovadora, posicionándose voluntariamente frente al mar para suprimir toda relación con el sitio que rodeaba la escena.
Clausell, durante sus innumerables paseos por la playa, exploró los tres puntos de vista favoritos de los impresionistas para representar el elemento marino. Muchas de sus marinas, como La fuerza del mar, presentan una obsesión por representar las olas en mar abierto. En otros lienzos, como Rocas en el mar, Clausell exploró las maneras en que las aguas agitadas se lanzaban con vehemencia por entre las piedras de la costa, produciendo fuertes marejadas. En La ola roja es evidente que el pintor plantó voluntariamente su caballete cerca de la orilla. El punto de vista presenta afinidades con algunas vistas del pintor francés Gustave Courbet, como La vague, de 1869.
Una de las características más notables de la obra del pintor es la exploración pura de las posibilidades plásticas del paisaje marino, alejándose de recursos anecdóticos o localistas. En ese sentido, Clausell se diferencia radicalmente de las escenas de balnearios a las que fueron afectos algunos pintores impresionistas y que mostraban escenas de esparcimiento producto de un turismo incipiente en las costas europeas en el siglo XIX. En efecto, en la obra del campechano, son escasos los cuadros dedicados al tema del mar que muestren algún indicio de la presencia humana.
Al anular cualquier artificio o cualquier intencionalidad metafórica, Clausell logra transmitir con su cuadro un estado anímico. Como sugiere Fausto Ramírez, es muy posible que esta interpretación intimista del paisaje se haya visto influida por el simbolismo finisecular.
En La ola roja se ha logrado darle dramatismo a la composición mediante una perspectiva exagerada, el uso de diagonales, el trabajo de la pincelada y en el colorido irreal que invade la escena. El efecto de oposición de dos elementos (luz-oscuridad) imprime una repetición a los elementos del ciclo y del paisaje marino. El ritmo de la combinación de tonos oscuros, blancos y rojizos en el elemento celeste se invierte en la mitad inferior del cuadro, donde se aprecian tonos rojizos en la arena, blancos en la clara espuma y oscuros en las filas del oleaje. Dicha oposición se vuelve motivo y metáfora en el cuadro, obsesión por la naturaleza cambiante del ser y de las cosas. El encuentro con la exaltación de la naturaleza, en armonía con un yo interior, resalta un juego de contrastes que concentra la tonalidad ya sea en la luz y los colores vivos o sobre la oscuridad y los colores sombríos. La oposición entre luz y oscuridad, esperanza y pesimismo, quizá no sólo tenía entre sus fuentes las influencias impresionistas o simbolistas, sino también la literatura.
Clausell, abogado, periodista y hombre de gran sensibilidad con respecto a las letras, se consideraba un gran admirador de las letras francesas. A partir de mediados del siglo XIX, exponentes como Hugo, Lautréamont, Michelet y Zola desarrollaron una predilección especial por incluir reflexiones sobre el elemento marino en sus obras. El pintor fue, en efecto, un ávido lector de Emile Zola. Antonio Saborit ha estudiado el ejercicio de Clausell como periodista opuesto al régimen del general Porfirio Díaz, al tiempo de tomar la novela El desastre de Zola como modelo de literatura contestaria para escribir Tomóchic. Relato de ficción, escrito en colaboración con Heriberto Frías, Tomóchic narra, desde la perspectiva de un testigo, la campaña militar ordenada por Porfirio Díaz que resultó en la masacre de un pueblo de la sierra tarahumara en 1892. La aparición de Tomóchic en las páginas del diario El Demócrata, dirigido por Clausell, le valió ser arrestado y puesto tras las rejas. En 1893, al ir a declarar a los juzgados, el pintor se dio a la fuga y huyó del país en un autoexilio que lo llevaría a Estados Unidos y a Francia. Durante sus comparecencias en el juzgado, Clausell declaró la ascendencia de Zola y su novela en la factura de Tomóchic.
Cabe, pues, preguntarse si hay rasgos de otras novelas de Zola que informaron y nutrieron el quehacer pictórico de Clausell. La tensión entre opuestos presente en La ola roja recuerda en cierta medida la manera en que el autor francés construyó su novela La alegría de vivir. Publicada en 1884 y ambientada en una ciudad portuaria de Normandía, el relato pone en escena a Lázaro, un poeta angustiado por la muerte y a una joven, Paulina, única nota de esperanza en un libro de corte pesimista. En La alegría de vivir, el mar actúa como un verdadero protagonista, actor omnipresente que se impone por sus movimientos regulares en el tiempo y en el espacio, llevando de la mano al lector por una reflexión sobre la vida y la muerte. A menudo, los pensamientos y emociones de los personajes son explicados a través de una descripción detallada del paisaje. Un extracto del texto de Zola nos será útil para establecer dicho paralelo entre dos metáforas-una pictórica, la otra, literaria-sobre el elemento marino: "Sus miedos regresaban, bajo el cielo lívido, mientras que el viento de occidente traía grandes nubes negras, como harapos de hollín, desgarrados a lo lejos en el mar. Era una de esas tormentas de marzo en las que las mareas del equinoccio azotan con furia las costas. El oleaje comenzaba apenas a subir, colocando sobre el horizonte una barra blanca, una espuma delgada y perdida. La playa, al descubierto aquel día, lugar de rocas y algas oscuras, llanura rasa, de charcos sucios ensuciados de dolor, adoptó una terrible melancolía, bajo el crepúsculo de la huida asustada delas nubes."
En ambas búsquedas estéticas, resalta la forma en la que el mar puede conducir estados anímicos. En La ola roja, Clausell confiere a su marina una fuerza material desusada hasta entonces en el tratamiento del paisaje mexicano, muestra de la renovación de los géneros pictóricos que experimentó el arte nacional desde las postrimerías del siglo XIX.
La ola roja fue expuesta en el marco de las fiestas del Centenario de la Independencia en la Exposición de Artistas Mexicanos que tuvo lugar en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Cabe resaltar la inclusión en dicha exposición de pintores autodidactas y formados de manera independiente como Joaquín Clausell y Jorge Enciso. Al presentar una rica muestra de su trabajo-alrededor de un centenar de obras-y gracias al éxito de la exposición, la obra de Clausell tuvo una excelente proyección. Sus contemporáneos elogiaron su talento y su personal estilo, aunque también se le reprochó una cierta recurrencia a una misma temática. Sin embargo, hay que ver en esta repetición de motivos uno de los puntos clave de la búsqueda artística de Clausell. Para los adeptos al impresionismo, no cambia el objeto representado sino la manera de pintarlo. La búsqueda estética se logra mediante la variación en el color y la factura. La ola roja presenta una textura lisa que recuerda las técnicas tradicionales. Algunas otras de sus marinas se caracterizan por el predominio de la textura a base de empastes, así como un manejo más moderno de la pincelada. Baste mencionar, como muestra de lo anterior, Borbotón, paisaje marino situado en las costas de Colima, en el que el campechano intentó fijar el extraño efecto de la coloración verde de una ola. El artista aspira a materializar lo instantáneo, mediante el análisis cauteloso del paso del tiempo y las condiciones climáticas diferentes que afectan los motivos estudiados.
Dicha habilidad no sería reconocida plenamente sino años más tarde. En 1928 , el crítico de arte Alfonso Toro declararía al respecto: "Hay un campo en el que Clausell no tiene verdaderamente rival entre los pintores mexicanos, y es en la pintura de marinas. Quizá provenga de viejas herencias ancestrales, de sus abuelos los marinos catalanes, ese amor y esa profunda comprensión con que el artista reproduce el liquido elemento, esa facilidad para percibir y retener sus varios aspectos y mutaciones, sus cóleras y sus calmas. Sus cuadros [. . .] que dan una sensación viva del movimiento y del color cambiadizo del Océano, son insuperables. [. . .] En estos parajes no se ve ni un árbol, ni una figura, ni una embarcación, nada en suma que quite al paisaje marino su grandiosidad, que sugiere el infinito."
Así, Clausell se convirtió de este modo en el maestro de una pintura particularmente sensible al reflejo de la luz, y consiguió traducir las sutilezas de la iluminación con poesía.
Atardecer en el mar fue transferida de la Oficina de Región de Obras del Instituto Nacional de Bellas Artes a las colecciones del Museo Nacional de Arte en 1982.
Imagen localizada en el catálogo de la exposición página 60-61
Descripción:
"… este artista que gustaba de capturar el instante a través de la plástica –como tiempo después lo haría Juan Rulfo por medio de la creación narrativa y fotográfica- abordó la pintura sólo en los momentos precisos: cuando sintió, con toda honestidad, que tenía algo que decir a través del arte. Lo anterior se nota en muchas de sus obras de paisaje, que son brillantes no sólo desde el punto de vista estético, sino también en la manera de aproximación y gozo del tema. Ver los amplios panoramas volcánicos, equivalentes en cierta forma, tanto pictórica como emocionalmente, a las vistas del Mont Saint-Victoire, de Paul Cézanne; los claroscuros boscosos e interminables zigzagueos de canales y ríos hoy desaparecidos o en curso bajo tierra debido a la creciente urbanización; y todo enmarcado por esa mirada íntima que tan naturalmente se dio en Clausell frente a las vistas de su país, es una aventura singular. En el mejor espíritu de las vedute de Canaletto, la suya resultó una propuesta sutil y fascinante para el público de su tiempo. Ante nuestros ojos, las vistas tienen aún más impacto por el contraste que establecen con la realidad actual de la ciudad y el campo circundante…
A diferencia de los dibujos de las cartas fechados con precisión, la gran mayoría de sus pinturas, como ya indique, carecen de datación. En algunas podríamos rastrear diversas influencias de Monet o Pisarro, sobre todo, maestros directos de Clausell durante aquella estancia francesa también de exilio en que, al igual que en los Estados Unidos, el pintor tuvo que enfrentar la vida cotidiana sin hablar la lengua del país…
Clausell parece admirar de Pisarro el enfoque más bien sereno, las tonalidades apagadas del paisaje y la forma en que el pintor ubicaba a la figura humana, casi ausente, como se puede observar en la obra del mexicano, por cierto, y con un peso delicadamente simbólico cuando aparece…
Otras escenas, ya sean terrestres o marinas, realizadas por el artista, se ubicarán más bien dentro del paisajismo mexicano de entonces, impregnado de espíritu vanguardista en algunos casos. Esta postura, enmarcada por una amplia tradición nacional, presumirá con generosidad, en apenas unos guiños plásticos, el estilo inconfundible y la mirada sin igual de Clausell; ambos arriesgados siempre, los dos desenvueltos a sus anchas. A la manera de Gerardo Murillo o de José María Velasco, pintores que asumieron la práctica como su única profesión, el también abogado y periodista, que siempre presumió ser apenas un amateur frente al arte, produjo una obra de paisaje de tal carácter y personalidad que la firma escamoteada en las superficies aparecería todo el tiempo al trasluz de cada composición plástica, de cada combinación cromática y cada trazo. A la manera de una marca de agua.
Como en los casos de Paisaje zapatista, Martín Luis Guzmán con sarape de Saltillo o La plaza de toros de Madrid, pinturas cubistas de Diego Rivera en las que su forma de abordar los temas y, sobre todo, el colorido y la textura dan personalidad única al trabajo desarrollado por el guanajuatense en el corazón mismo de esa corriente, muchos de los paisajes de Clausell, desde el interior o fuera del estilo impresionista, hablan de un artista con una clara visión del entorno propio, del colorido y, antes que nada, la luz sin igual de México. Elementos absolutamente distintos de los que dieron personalidad a las obras de Monet, Pisarro o Pierre-Auguste Renoir. Si uno encuentra rasgos en común entre las obras de tales artistas y los paisajes de Clausell como Reflejos en el estanque, Bosque amarillo, (FIG. 28) Campo de verano, Campo de otoño o Xochimilco, (FIG. 38) muchísimas otras imágenes del México de naturaleza desbordada serán clauselles indudablemente nacionales, aunque en absoluto nacionalistas.
El tríptico, en la cual aparecen figuras "primitivas" y "juguetonas", dedicado a homenajear la masa extraordinaria del Ixtaccíhuatl; sus otras pinturas en que apuesta por la holgada reinvención tanto del anterior volcán como del Popocatépetl; sus vistas de los Baños de Nezahualcóyotl; su Iglesia perdida entre la maleza, concebida inicialmente a la manera de Monet y luego rematada con una construcción típicamente virreinal, o la interpretación de los diversos ríos y canales (Santa Anita, (FIG. 17 Tlalpan, un segundo vistazo, en verdes, a Ixtacalco; la escena en rojos y rosas titulada Canal con puente) del Valle de Anáhuac se verán y sentirán como absolutamente propios del artista, en ambos sentidos de la palabra...
En pocos años y con largos intervalos de inactividad el campechano logró crear una obra sólida y variada. La suya fue una mirada curiosa pero sobre todo apasionada en los momentos justos. Al igual que algunos fotógrafos de su tiempo, de sus últimos años, gracias a un instinto singular desde sus inicios, Clausell conoció el secreto de la captura del instante, del uso de la luz y las tonalidades precisas.
Al revisar sus diversas personalidades como artista se va descubriendo que, efectivamente, para Clausell, el ejercicio de la pintura nunca fue una obligación. Por lo mismo, no pienso que esta práctica haya sido motivo de lucha, sufrimiento o pose, como sucede con tantos otros artistas. Más bien, el proceso de creación habría significado un misterio a desentrañar. Un juego, un reto a su astucia. Quizá a esto contribuyó el hecho de que desde muy joven el abogado, periodista, senderista y artista experimentó en carne propia lo que era retar a la otra naturaleza, la humana. Y perder casi siempre.
Pintar para Joaquín Clausell fue una lucha entre iguales, en la que ganar era posible. Y hasta normal."
(Perea, Héctor, 2012, p. 38, 41, 54, 57-58)