Museo Nacional de Arte

Retrato de José Urbano Fonseca

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Retrato de José Urbano Fonseca
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Artista FELIPE SOJO (1833 - 1869)

Retrato de José Urbano Fonseca

Fecha1860
TécnicaYeso
Dimensiones76 x 43.2 x 24.5 cm
CréditoMuseo Nacional de Arte, INBA Acervo Constitutivo, 1982
Más información

Descripción

Con el torso completamente desnudo, el busto de Urbano Fonseca es presentado mayor que el natural, en una pose hierática y un gesto adusto. Es en el perfil de tres cuartos donde la figura cobra mayor carácter, pues la mirada se dirige inamovible hacia el frente, las cejas pobladas se levantan en contrarritmo del párpado que cae y una nariz prominente contrasta con el labio superior que casi desaparece en el gesto compacto de los pómulos. La flacidez del cuello denota el paso de los años. El pelo de melena corta cae sobre el cuello estableciendo un contraste de texturas con lo raso de la espalda.

Comentario

Dedicado a la educación en diversas áreas del conocimiento, José Urbano Fonseca y Martínez (1792-1871) llegó a director de la Academia de San Carlos en sustitución de Fernando Ramírez, quien había sido electo en una terna el 14 de julio de 1863, pero fue llamado a la cartera de Relaciones, por lo que don Urbano ocupó su puesto. Desde 1844 formaba parte de la Junta de Gobierno de la Academia y fue un asiduo suscriptor de las exposiciones de la Academia desde 1850, cuando se estableció este sistema de pertenencia. En el año de 1852, en que fue ministro del gobierno de Arista en varias carteras, rompió su costumbre de adquirir sólo una "acción" y compró más de una.

Don Urbano, por su posición en la Junta, era un antiguo conocido de Vilar. El catalán lo consultaba sobre diversos asuntos desde los tiempos en que la guerra civil amenazaba a los miembros de la Academia—cuando le solicitaba que "procuraren a éstos y a los discípulos de los resguardos a fin de que los exceptúen de la milicia"—y acudió a él en diversas ocasiones para obtener su respaldo para sus proyectos de mejoras arquitectónicas para la Academia y convencer al presidente de la Junta, don Bernardo Couto, de adoptar sus ideas y los planos que había elaborado para una mejor distribución de las galerías. Vilar se había encargado de los cambios arquitectónicos de la Academia hasta la llegada de Javier Cavallari, por lo que sus planes entraron en conflicto con los del recién nombrado director de arquitectura. Una de las reformas que más le interesaba era la creación de una galería que tendría como finalidad "que se conocieran palpablemente la historia de la escultura de cada época [y] de cada escuela desde los egipcios".

Como fundador de la Escuela de Agricultura y director de Instrucción Pública, Urbano Fonseca promovió que la Academia hiciera una donación de esculturas con la efigie de sus respectivos patrones a las escuelas de enseñanza superior. Su ejecución habría de recaer en los alumnos de Vilar. En 1858, cuando el padre filipinense Villarelo solicitó a la Academia la decoración de la cúpula de la iglesia de la Profesa, Fonseca formó parte de la comisión que intermedió entre la curia y la Academia.

En julio de 1860 un grupo de estudiantes "naturales de la República y por consiguiente defensores de la nacionalidad" promovió a Sojo para la dirección de la clase de escultura. Pedían que se abriera un concurso entre Martín Soriano y Sojo para otorgar a uno de ellos el nombramiento definitivo. La moción no pasó de ahí y Manuel Vilar continuó en la dirección hasta su muerte, a fines de ese año. Sojo entró a la Academia en 1847, el mismo año que Soriano, pero obtuvo la pensión hasta 1849. En 1853 ganó el concurso de la pensión en Roma que, sin embargo, declinó por razones personales y fue Epitacio Calvo quien usufructó la estancia en la Academia de San Lucas. No se sabe aún por qué fue Sojo quien quedó como director sustituto a la muerte de Vilar, siendo Martín Soriano uno de sus discípulos favoritos. Como encargado de escultura, Sojo recibió ese año 50 pesos mensuales, sueldo que se incrementó a 1500 en el año de 1863.

El busto de Urbano Fonseca hecho por Felipe Sojo fue presentado en la exposición de 1862, siendo ya director sustituto del ramo de escultura y antes de que don Urbano llegara a presidente de la Academia. El retrato fue exhibido junto con los de la clase de retratos, bustos ideales y cabezas al natural. En la clase de retrato el maestro Vilar estimulaba a sus alumnos para que cada uno produjera un sujeto distinto, en vez de copiar el mismo modelo, con lo que lograba varios objetivos: que los alumnos practicaran el retrato ideal, que obtuvieran un dinero extra gracias a los encargos de los particulares y que la exposición organizada en la Academia tuviera variedad de rostros y no un solo modelo tomado del natural.

Urbano Fonseca está representado a la manera acostumbrada por los dirigentes de la Academia en esta época, siguiendo los patrones clasicistas aunque con un gran parecido en la fisonomía. El retrato es semejante a las fotografías que se conocen de él. Vilar, en su copiador de cartas, nos dice: "hice sacar las fotografías para el retrato del señor Fonseca", por lo que podemos suponer que Sojo empezó su trabajo a partir de una fotografía. Sin embargo, para llevar a buen término sus retratos, los modelos posaban para el creador, por lo que Vilar acordaba con los modelos, para "combinar los días que pueden venir [los señores Pesado y Fonseca] a la Academia para concluir los retratos que les hacen mis discípulos". La fotografía se presentaba como un instrumento eficaz para obtener una expresión minuciosa y fiel del modelo, un modelo que, sin embargo, era alejado de la cotidianidad por el vestido atemporal del clasicismo, el cual obedecía a la creencia académica de que las estatuas que "no sean desnudas o con traje que ofrezca un buen partido de pliegues quedan desairadas y mezquinas".

El segundo busto de don Urbano, realizado por el mismo artista, pudo haber sido modelado cuando éste ya era director de la Academia, y sin embargo no aceptó formar parte de la comisión de notables que llamó a Maximiliano para gobernar el país.

En 1865, a un año de ser nominado director, don Urbano entregó al ministro de Instrucción Pública y Cultos un documento de 22 cuartillas, escrito de su puño y letra, sobre el estado que guardaba la Academia. Mientras Maximiliano dirigía los proyectos artísticos, don Urbano y los académicos de raigambre batallaban diariamente para conseguir los exiguos fondos con que podía contar la institución. La falta de recursos propios generaba en gran medida los demás problemas.

El patrocinio de Maximiliano le habría causado, podemos asegurarlo, fuertes dolores de cabeza a don Urbano. La Academia y los académicos no estaban acostumbrados a que fueran directamente los gobernantes quienes opinaran acerca de los caminos del arte. Gracias al buen manejo de la Lotería, un grupo homogéneo de la intelectualidad conservadora había dirigido sus labores. En tiempos de don Bernardo Couto, ya Santa Anna había intentado entrometerse a favor de Cordero, pero la actuación del presidente de la Junta de Gobierno de la Academia impidió que la decisión de "su alteza serenísima" se llevara a cabo. Ahora sin embargo, todo tenía que ser "elevado" para cumplir las fluctuantes exigencias de Maximiliano. Pues el emperador tenía a bien ciertas cosas y otras no, pero no había un hilo conductor que permitiera predecir las conductas imperiales, que tan pronto proveía de fondos a la Academia como los negaba en razón de la pobreza del erario.

1865 debió ser un año difícil para don Urbano: supo de los mecanismos con los cuales Maximiliano se afanó en llevar a cabo el monumento a la Independencia y cómo rechazó las consideraciones de los académicos. Fue también claro para él que el emperador mismo escogería a los artistas que llevarían a cabo su proyecto pictórico, a pesar del planteamiento de don Urbano. Si la Academia, es decir, su director y el cuerpo colegiado, hubieran tenido la facultad de escoger, don Urbano no hubiera perdido el control de sus alumnos y maestros, los cuales para fines de 1865 se excusaban de no asistir a sus clases y exámenes por haber sido llamados por el emperador.

Las fechas de las "decisiones imperiales" respecto al monumento de la Independencia y el proyecto pictórico para la Galería de Iturbide en Palacio Nacional coinciden con la elaboración de este documento. Otra de las quejas del director era que su puesto no tenía paga y en cambio los artistas de la corte eran premiados con "largos honorarios". El documento termina, como el lector puede suponer, con la renuncia de don Urbano a la dirección de la Academia, misma que, adelantándonos un poco, no le fue aceptada. El único cambio que logró don Urbano con su escrito fue que se le asignara un salario como director, pero todo siguió igual en cuanto a las decisiones de la corte en materia de proyectos artísticos.

Como colaborador del imperio, don Urbano fue condenado a dos años de cárcel, pero salió libre cuando se proclamó la amnistía. Murió en San Ángel el 21 de junio de 1871 y está sepultado en el Panteón de San Fernando. Su lápida dice "al constructor de la nacionalidad". El avalúo de la Academia de 1867 le asignó al busto un valor de 60 pesos. Revilla lo consignó en su inventario de 1905.

Ambos bustos ingresaron al Museo Nacional de Arte como parte de su acervo fundacional cedidos por el Museo de San Carlos.