Campesinos
Descripción
Un hombre y una mujer que cargan el fruto de su labor en el campo ocupan el primer plano de la obra. Sus figuras monumentales se ubican en un paisaje campirano de escasa vegetación, con un riachuelo y un par de árboles en el ángulo inferior derecho. El entorno se reconoce como mexicano por los órganos y la nopalera que asoman tímidamente al fondo, junto al personaje masculino, quien viste traje de manta blanca. Enmarcados por una gran nube, el hombre camina hacia delante mientras la mujer se detiene para dirigir su mirada hacia el espectador. La notable luminosidad del cuadro se debe a la elección de una paleta de tonalidades claras: blanco, azul, amarillo, rosa, violeta, verde, marrón.
Comentario
Campesinos, donado al Munal por su Patronato en 1993, permaneció durante décadas en la colección de Inés Amor, fundadora, con su hermana Carolina, de la Galería de Arte Mexicano. El padre de David Alfaro Siqueiros, contador de profesión, era empleado de confianza en la casa de los Amor. De niño, el futuro pintor frecuentó a esa familia, y desarrolló un cariño fraternal por las hermanas. En sus memorias, Inés recuerda el ingreso de Campesinos al patrimonio familiar: "A mamá la estimaba por encima de todo y cuando logró ejecutar su primer cuadro, un pastel enorme ya con ambiciones ‘de mural’ fue a ella a quien se lo dedicó. Es ese cuadro que tiene por título Campesinos y que fue exhibido en Bellas Artes durante la exposición de homenaje que se rindió recientemente a Siqueiros."
Ésta es de las primeras obras de Siqueiros-entonces firmaba con el apellido paterno "Alfaro", como se aprecia en el ángulo derecho-y de las pocas que se conservan de la etapa entre 1913 y 1920. Anteriores a este cuadro sólo se conocen La Virgen de la Silla, copia infantil del cuadro de Rafael Sanzio, y un Retrato de Cipriano Alfaro, padre del pintor, fechado en 1912. El artista comenzó su aprendizaje formal de la pintura a la edad de doce años, en clases privadas impartidas por el pintor Eduardo Solares Gutiérrez. En 1911 se inscribió en la Escuela Nacional de Bellas Artes (ENBA) e ingresó a los cursos de Germán Gedovius, Emiliano Valadés, Saturnino Herrán y Francisco de la Torre. Ese año, crítico para el país en términos políticos, ocurrió la legendaria huelga de estudiantes de arte que se rebelaron contra ciertos métodos envejecidos de enseñanza y se enfrentaron con el director de la Escuela, el arquitecto Antonio Rivas Mercado. En sus memorias, Siqueiros fijó esta movilización estudiantil como un hito en el inicio de su militancia política. En retrospectiva, valoró la insatisfacción de los jóvenes como "la marcha hacia el arte público revolucionario". La evidencia reunida por Xavier Moyssén y publicada en "Siqueiros antes de Siqueiros" indica que la insatisfacción estudiantil no involucró asuntos políticos ni sociales y que el futuro artista no formó parte activa del movimiento huelguístico. Sin embargo, las tensiones dentro de la ENBA generaron cambios en la educación académica que incidieron en el aprendizaje de Siqueiros. En noviembre de 191l , el pintor Alfredo Ramos Martínez, recién llegado de Europa, fue nombrado subdirector de la Escuela, con gran entusiasmo y optimismo de los estudiantes de arte que vieron en él un agente de renovación. Al inicio de 1913, tras el golpe de Estado que derribó a Madero del poder, Huerta nombró a Ramos Martínez director de la Academia Nacional de Bellas Artes. Su plan de estudios insistía en que los alumnos reprodujeran escenas de la vida diaria y pintaran al exterior, en contacto directo con la naturaleza y el ambiente propio de México. A meses de su nombramiento, el director echó a andar su proyecto artístico en la Escuela de Pintura al Aire Libre que fundó en el pueblo de Santa Anita. Campesinos corresponde a la época en que Siqueiros estudió en esta escuela, que funcionó de 1913 a 1914. La Escuela de Pintura al Aire Libre constituyó una extensión lógica de los procesos de innovación formal e iconográfica que ya se llevaban a cabo dentro de la propia Academia: soltura en el trazo, síntesis en el uso del color, empleo de modelos de las clases populares y acercamiento a temas de la vida cotidiana. La novedad de la escuela de Santa Anita no radicó en la enseñanza al aire libre, habitual desde los tiempos de Landesio y Velasco, sino en la introducción del impresionismo francés en relación con el paisaje y el decidido impulso a la libertad creativa. Siqueiros escribió acerca de su paso por la Escuela de Pintura al Aire Libre: "En cuanto a la forma, adoptamos el camino de la representación de escenas populares, llegando así a marcar una época de arte nacionalista en razón del contenido de nuestras obras [...] adoptamos como técnica adecuada para el momento la que nos revelaban las obras más audaces del impresionismo francés de entonces [...] tuvimos actitudes pintorescas como fue la de considerar el color negro y los colores oscuros en general como cosas que correspondían a las sombrías épocas dela dictadura porfiriana, excluyéndolas radical y terminantemente de nuestras nuevas paletas."
En abril de 1914, los alumnos de la Escuela de Santa Anita inauguraron su Exposición de Labores Escolares y de Bellas Artes en el Pabellón Español, sobre la avenida Juárez. Allí fue exhibido por primera vez Campesinos. Lo primero que llama la atención es el uso del pastel como técnica pictórica. Con trazo ágil y espontáneo, usó una variedad cromática de tonalidades claras para presentar una imagen plena de luz: una nube blanca-rosácea enmarca a los personajes, el cielo luce tonalidades de azul y verde, en el campo predomina el color amarillo. En un espacio rectangular, las figuras monumentales de una pareja de campesinos dominan el primer plano, desde el lado izquierdo de la obra. Esta disposición de los personajes respecto del paisaje guarda similitud con la composición del Paisaje con niña y hortensias (ca. 1916), de Alfredo Ramos Martínez. Ambos cuadros proponen, en un tono simbolista, una correspondencia entre el entorno natural y las personas representadas. Asimismo es comparable la mirada de las mujeres, que buscan contacto visual con el espectador. En esta época, el maestro debió ser un modelo influyente para el alumno. La espontaneidad y soltura del dibujo que vemos en Campesinos bien podría haberse inspirado en el post-impresionismo de la producción europea de las bretonas de Ramos Martínez, por ejemplo en Bretonas con fondo amarillo (ca. 1904).
Vale decir que el asunto de Campesinos es premonitorio porque lo veremos, con muy distinta intención, en la pintura posterior del artista. Pero también es cierto que hacia 1913 correspondía a las inquietudes de artistas académicos que, alentados por Antonio Fabrés y Leandro Izaguirre, llevaban unos años usando modelos de las clases populares albañiles, cargadores, pordioseros y ancianos que cumplían con las preferencias iconográficas del realismo social y revelaban una acusada conciencia social, más acentuada de lo que se percibe en Campesinos. Saturnino Herrán fue uno de los artistas más ocupados en pintar este tipo de imágenes; en la Exposición del Centenario de 1910 presentó, además de La leyenda de los volcanes, una Vendedora con ollas y las alegorías de la construcción y del trabajo. A esa importante exhibición, Sóstenes Ortega llevó un cuadro de un pordiosero y otro de huérfanos; Francisco Romano Guillemín, un obrero apresado (El eterno mártir) y Arnulfo Domínguez Bello, la escultura Después de la huelga. La forma en que Siqueiros presenta los personajes del cuadro descrito puede asociarse con la dignificación de los tipos populares de la obra de Herrán, así como la sutil referencia a la religiosidad del hombre, mediante el escapulario que porta sobre su pecho. Como ya se mencionó, la pareja se vincula simbólicamente con el paisaje: son campesinos mexicanos en el campo nacional, caracterizado por un órgano y una nopalera apenas visibles en el fondo. El hombre usa atuendo de manta blanca y la mujer un vestido de carácter indeterminado. Ambos personajes cargan los frutos de la tierra, el producto del esfuerzo de su trabajo. La mirada de la mujer apela directamente al espectador, es intrigante y podría leerse como una llamada de atención, pero ¿respecto del reclamo campesino que irrumpió en 1911 a partir del Plan de Ayala? Sería llevar demasiado lejos las posibilidades de lectura que ofrece el cuadro. En esta obra de juventud, Siqueiros asimiló creativamente las lecciones de sus maestros pero aún era temprano para el desarrollo de la conciencia político-social que lo caracterizó. Su aprendizaje se constata en la adecuada representación de las proporciones anatómicas de sus modelos, la armónica composición de la obra y especialmente en la uniformidad del color, aunque se nota cierta vaguedad en el paisaje del costado derecho de la obra, donde se encuentra un río o cañada.
El mismo año en que se exhibió Campesinos se cerró la Escuela de Pintura de Santa Anita y Ramos Martinez fue destituido del cargo. El ejército constitucionalista entró en la ciudad de México y Gerardo Murillo, que regresó a México en julio de ese año, fue nombrado director de la ENBA. A diferencia de su predecesor, Murillo alentó la actitud revolucionaria de los estudiantes. Siqueiros se involucró activamente en la guerra, fue capitán segundo en la División de Occidente y participó en campañas tanto en el centro como en el norte del país contra las fuerzas de Francisco Villa. Esta experiencia, aunada a su conocimiento, en Guadalajara, de los artistas del Centro Bohemio José Guadalupe Zuno, Amado de la Cueva, Xavier Guerrero, José Luis Figueroa con quienes se identificó tanto en lo político como en lo artístico, se sumarán al bagaje vivencial de la etapa revolucionaria de Siqueiros: "nuestra participación directa en la lucha armada [. . .] nos dio el conocimiento de la geografía de México y del hombre de México, que eran ignorados por los artistas que vivieron acurrucados en los brazos europeizantes de la oligarquía porfiriana."
La obra fue donada al Museo Nacional de Arte por su Patronato en 1993.
Imagen localizada en el catálogo de la exposición página 22-23
Descripción:
"Sin duda, el muralismo mexicano tiene en la figura del campesino un asunto de primer orden. Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros insistieron en darle realidad a un mundo antes carente de justicia e igualdad a través de la puesta en cuadro de los habitantes regionales por antonomasia, los que en un pasado cercano habían sido los reprimidos y que, en la libertad de los lienzos, conseguían notoriedad y atención. En otra escala, en otra proporción y con otros recursos, las Escuelas de pintura al aire libre consolidarán un código plástico de fuerte urdimbre rural.
p. 24, 27
(López Velarde Estrada, Mónica, 2003, p. 24, 27)
"En los años de la revolución y postrevolución, el manejo del paisaje se torna más sintético, de acuerdo con las tendencias formales y conceptuales de vanguardia del momento. En la segunda década del siglo priva la influencia de Gerardo Murillo (Dr. Atl), cuyas vistas del paisaje local con colores y formas sintéticas resaltan su valor simbólico y, como experiencia afectiva, aprehensible a nivel de expresión. El dibujo al pastel de gran formato, Campesinos (ca. 1913) de David Alfaro (quien pronto reemplazará la firma de Alfaro con la de Siqueiros), refleja claramente las enseñanzas de Murillo, tanto en la especial atención a elementos emblemáticamente referenciales a "lo mexicano" (es el caso del nopal y el órgano) como por la influencia japonesa que se muestra en la composición, reemplazado la estructura académica tradicional con rasgos tomados de modelos "otros" que proponen una renovación de la mirada, la construcción de un punto de vista moderno. Así, el protagonismo de la tierra, cuyos gestos registrados en pastel se reiteran dando un movimiento vibrátil al dibujo, se encuentra balanceado por la postura vertical y la monumentalidad de escala y anatomía de la joven pareja rural que ocupa el primer plano. Esta obra se enmarca en el contexto de la primera Escuela de Pintura al Aire Libre fundada por Alfredo Ramos Martínez en 1913 como parte del programa de la Escuela Nacional de Bellas Artes que proponía una renovación de los métodos didácticos, con base en planteamientos impresionistas y postimpresionistas. Las figuras de los campesinos en esta obra recuerdan la exaltación de los modelos de las clases populares que fue introducida en la academia en aquellos años por el propio Ramos Martínez y por Saturnino Herrán. Así, por medio de las Escuelas, los artistas en formación entraron directamente en contacto con el entorno semirural de la ciudad de México provocando una observación del paisaje no sólo como espectáculo estético nacional, sino como una apreciación del entorno de personas de carne y hueso, y no sólo de "tipos costumbristas". La identificación del paisaje con los ideales políticos de la revolución y de la reforma agraria, influyó en la representación de la tierra como fuente de bienes y trabajo, no sólo para los grandes terratenientes sino para los trabajadores. La descripción heroica y dignificante de las figuras en la obra del joven Siqueiros, rememora notablemente el trabajo de Herrán en este sentido. "
(Cordero Reiman, Karen, 2003, p. 47)
“…Sin duda, el muralismo mexicano tiene en la figura del campesino un asunto de primer orden. Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros insistieron a darle realidad a un mundo antes carente de justicia e igualdad a través de la puesta en cuadro de los habitantes regionales por automasia, los que en un pasado cercano habían sido reprimidos y que, en la libertad de loa lienzos, conseguían notoriedad y atención.”
(p.46) En los años venideros de la revolución y posrevolución, el manejo del paisaje se torna más sintético, de acuerdo con las tendencias formales y conceptuales de vanguardia del momento. En la segunda década del siglo priva la influencia de Gerardo Murillo (Dr.Atl), cuyas vistas del paisaje local con colores y formas sintéticas resaltan su valor simbólico y, como experiencia afectiva, aprehensible a nivel de expresión. El dibujo al pastel de gran formato, Campesinos (ca.1913) de David Alfaro (quien pronto reemplazará la frima de Alfaro con la de Siqueiros), refleja claramente las enseñanzas de Murillo, tanto en la especial atención a elementos emblemáticamente referentes a “lo mexicano” (es el caso del nopal y el órgano) como por la influencia japonesa que se muestra en la composición, reemplazando la estructura académica tradicional con rasgos tomados de modelos “otros” que proponen un renovación de la mirada, la construcción de un punto de vista moderno. Así, el protagonismo de la tierra, cuyos gestos registrados en pastel se reiteran dando un movimiento vibrátil al dibujo, se encuentra balanceado por la postura vertical y la monumentalidad de escala y anatomía de la joven pareja rural que ocupa l primer plano. Esta obra se enmarca en el contexto de la primera Escuela de Pintura al Aire Libre fundada por Alfredo Ramos Martínez y por Saturnino Herrán. Así, por medio de las Escuelas, los artistas en formación entraron directamente en contacto con el entorno semirural de la cuidad de México provocando una observación del paisaje no sólo como espectáculo estético nacional, sino como una apreciación del entorno de personas de carne y hueso, y no sólo de “tipos costumbristas”. La identificación del paisaje con los ideales políticos de la revolución y de la reforma agraria, influyó en la representación de la tierra como fuente de bienes y trabajo, no sólo para los grandes terratenientes sino para los trabajadores. La descripción heroica y dignificante de las figuras en la obra del joven Siqueiros, rememora notablemente el trabajo de Herrán en este sentido.
Este enfoque prosrevolucionario hacia una representación del entorno rural como un ámbito de vivienda y trabajo para el campesino, implicaba una revolución plástica de lo local y lo cotidiano que se refleja en Embarcadero de Ocotlán (1933) de Fermín Revueltas y Troje (1943) de María Izquierdo. Aquí el encuadre del paisaje es mucho más cerrado y cercano que en Velasco o en Campesinos de Siqueiros, creando un sentido de intimidad, de que estamos en el ámbito rural, identificándonos con él, no observándolo desde la distancia. Se busca recrear la mirada justamente de quien habita en este espacio y, a través de recursos plásticos retomados de la vanguardia europea y adoptados al contexto nacional, captar estados de ánimo y relaciones afectivas con el contexto. En la obra de Revueltas el manejo expresivo y antinaturalista del color, que constituye en este autor u tipo de “favismo mexico”, permite evocar, por medio de la imagen, tonos y ritmos que convierten sus piezas en símiles de una composición musical, evocadora de realizaciones cálidas, personales y armónicas, reiteradas en la estructura y síntesis geométrica de sus formas.
Troje de María Izquierdo, en cambio, nos ubica en una relación incómoda con los elementos representados, naturales y construidos. Sin embargo, esto no es porque sugieren una suerte de “otredad” exótica, sino porque tanto los árboles como las casas y el granero o coscomate parecen cuerpos: en los sutiles distorsiones espaciales o en el caso del árbol, su amputación de un miembro, pierden su integridad como signo lingüísticos neutros, representaciones típicas categorizables, para abordarnos como seres vivos, espejos de nuestra propia angustia y sensación de abyección. Curiosamente, sólo animales habitan éste lienzo, y sin embargo la obra se completa en nuestra humanidad que rellena y se proyecta sobre los vacíos vitales. También influida por las Escuelas de Pintura al Aire Libre, pero en una etapa posterior en la que asumieron una tarea de educación artística popular2(Más adelante en este texto se profundiza en el tema de las Escuelas de Pintura al Aire Libre y sus diversas etapas.), Izquierdo adopta un estilo deliberadamente naïf que compagina su familiaridad y fascinación por el mundo rural con una postura estética que rechaza contundentemente el distanciamiento estetizante del tema. Esta obra forma parte de una serie de obras realizadas por la artista jalisciense entre 1942 y 1945, que retoman insistentemente los mismos motivos, en variaciones diversas, pero en las que el coscomate, construcción local curiosa, aparece reiteradamente.