Busto de Lucas Alamán
Descripción
La profusa cabellera y la barba rizadas sirven para enmarcar el rostro maduro y severo de Lucas Alamán. La mirada revela un carácter enérgico, patente en el fruncimiento del ceño y en las pronunciadas comisuras alrededor de la boca, sumadas al gesto formado por los labios y los pómulos, que aprietan la expresión mostrando el labio inferior más profuso. Visto de perfil, la prominente nariz resalta la posición recta con que Vilar dotó al busto, que a la manera clasicista va con el torso desnudo sobre el que un manto de amplios dobleces cae cubriéndole tan sólo los hombros.
Comentario
con el busto en mármol que Martín Soriano ejecutara en 1854, la Academia de San Carlos rendía un homenaje póstumo a don Lucas Ignacio Alamán y Escalada (1792-1853), quien había sido—entre otras cosas—uno de los grandes promotores de la educación artística y los museos.
¿Por qué decidió la Academia hacerle un busto en 1854? ¿Cuál fue la relación del historiador y político con la Academia? Desde muy joven estuvo vinculado a la Academia por intermedio de Rafael Ximeno y Planes. En su autobiografía—escrita en 1843—Alamán dejó constancia del trato que tuvo con el director de pintura de la Academia de San Carlos, quien "me hizo ansiar por hacer un viaje a Europa, a lo que también contribuyó la lectura del viaje de Ponz, obra que tenía mi padre". El joven Lucas, en efecto, partió en 1814y recorrió casi toda Europa en un gran viaje de estudio, que abarcó no sólo su interés por la metalurgia, sino por las ciencias naturales, las artes y los idiomas. Regresó a la Nueva España brevemente en febrero de 1820. Fue nombrado diputado a Cortes por Guanajuato y salió de nueva cuenta rumbo a España. En enero de 1821 se encontraba en La Habana, pero este viaje terminó cuando México obtuvo su independencia y, después de una breve estancia en Inglaterra, arribó en marzo de 1823 a Veracruz. En Londres Alamán formó una compañía minera con capital inglés, llamada La Compañía Unida de Minas, la cual auspició la litografía, en un tiraje limitado, del retrato que le pintó al óleo en 1816 al español José de Madrazo, pintor de la corte española.
Su interés porque el conocimiento y la acción tuvieran una base sólida lo llevó a escribirle al director de la Academia pidiéndole un informe sobre cuáles eran los fondos totales con que contaba el establecimiento. Ya que para él "lo más importante o lo primero y como base o cimiento de los demás, está la educación de la juventud y la ilustración pública". En la Memoria que presentó como secretario de Relaciones Exteriores e Interiores a las Cámaras, en el año de 1823, se ocupó de la Academia, haciendo notar que los 200 pesos con los que ésta contaba sólo alcanzaban para pagar a los dependientes que se ocupaban de la conservación de las "preciosidades artísticas" que en su seno guardaba. Alamán solicitó entonces a la Academia un presupuesto para abrir, por lo menos, las clases de dibujo. En un escrito de 1825 presentado—desde el mismo ministerio—a las dos Cámaras del Congreso General de la Federación, Alamán volvió a tratar los asuntos de la Academia, reconociendo los avances obtenidos en los fondos, aunque afirmando que éstos no habían sido "muy constantes". Insistió en que tres jóvenes bastante adelantados en pintura, escultura y arquitectura deberían partir con la Legación que iba a Roma, donde perfeccionarían sus conocimientos. Repasa de manera sucinta las acciones que ha tomado para la conservación de monumentos, como el de Carlos IV, que "no pareciendo conveniente que permaneciese en el lugar donde estaba, fue trasladada al patio de la Universidad". Discurre sobre las ventajas de las academias de Puebla y Querétaro, donde hay escuelas de dibujo. Suponemos que, en recuerdo de las enseñanzas de Ximeno, solicita para su viuda una pensión semejante a la que percibía la viuda de Tolsá.
En los años treinta, de nueva cuenta como ministro de Estado, don Lucas vuelve a la carga y, en los anales leídos el 12 de febrero de 1830 a las mismas Cámaras, reconoce que, después de los "tan distinguidos progresos" del año pasado, las labores de la Academia han sufrido un retroceso. El deceso de Antonio Joaquín Pérez Martínez, obispo de Puebla, la ha privado de los 300 pesos mensuales que esa mitra otorgaba y además se necesitan fondos para adquirir la colección del fallecido prelado. Sin embargo, los pensionados en Europa siguen progresando. Calcula que la Academia necesita dos mil pesos mensuales para su subsistencia y piensa que la Federación la debería dotar de uno de sus edificios. Ese año acompañó su relación con tres iniciativas de ley: una para la administración del Museo y el Jardín Botánico, la segunda para el fomento de la Academia de San Carlos, y la tercera para continuar el arreglo del Archivo General. En la Memoria de 1831 apunta que no se han tomado en consideración las iniciativas que presentó el año anterior y solicita que en la prensa de la Academia se tiren mil ejemplares de El árbol de la cera y se litografíen las láminas para El Dándalo. Por lo menos se han documentado dos de ellas.
En la exposición que hace a las Cámaras en 1832 reconoce que tanto el Museo como la Academia no se han podido trasladar al local que se les designó en la ley del 20 de abril de 1831 , pues no lo ha desocupado el cuerpo de retirados. Agrega que la colección de pinturas se enriquecerá con las copias de los cuadros más clásicos de Roma que ha traído Francisco Pablo Vázquez y Sánchez Vizcaíno, el nuevo obispo de Puebla, y que se ha dispuesto se agreguen a ella. Sin embargo, en el mes de mayo mandó levantar al arquitecto Vicente Heredia planos del edificio de la Inquisición, para que se trasladaran a él el Museo Nacional y la Academia.
La correspondencia con el obispo Vázquez fue nutrida y el conocimiento entre ambos se remonta al decenio anterior. En 1832 el obispo le comunica desde Puebla que el señor Juille le ha informado "que han llegado 8 cajones con Estatuas de Mármol de las cuales me dice que cuatro son de mi pertenencia […] pero sólo deben ser dos [… uno de ellos, el] del Papa, que encargué en Roma […] Entiendo que en los cajones consignados al gobierno, deben venir las obras trabajadas de Labastida. Una de ellas es de un soldado mexicano, que si está conforme al modelo que vi en Carrara, ha de ser una estatua de mérito […] la estatua del soldado mexicano es un poco más grande que el natural y debe ser difícil transportarla."
Don Lucas, desde su posición como ministro en diversos gobiernos, tuvo siempre un lugar para las artes. Su círculo intelectual fue muy amplio y de él formaban Bernardo Couto, presidente de la Junta de Gobierno de San Carlos desde 1852, y con literatos que eran además académicos de honor: José Joaquín Pesado y Luis Gonzaga Cuevas. Alamán fue suscriptor de la renovada Academia desde la primera exposición hasta el año de su muerte.
Martín Soriano empezó el busto como una copia del de su maestro Manuel Vilar, quien lo expuso en 1854 en la sexta exposición, después de la muerte de Lucas Alamán, acaecida en junio de 1853. Vilar no se pudo ocupar de traspasar la escultura al mármol, y en 1856 el maestro se excusó ante Bernardo Couto de no haber presentado una obra de composición para su segunda contrata, por estar ocupado con la escultura ecuestre de Iturbide, y sólo presentaba los bustos de Santa Anna, Lucas Alamán y Bernardo Couto en cumplimiento de ésta. ¿Cuándo encargó Bernardo Couto la escultura de Alamán?
Los jóvenes escultores que ingresaron a la Academia allá por el año de 1847 ya estaban listos para ejecutar las obras. Así, Soriano estaba preparado para seguir a su maestro. Copiar una sola figura estaba dentro de lo esperado para un joven que llevaba siete años en la Academia. La práctica del mármol comenzaba generalmente en el quinto año. Soriano ya tenía experiencia tanto en la creación original como en la copia de un modelo. El año anterior, 1853, había presentado el busto de Manuel Tolsá, con el que obtuvo el tercer premio. En 1852, un año antes de la muerte de Alamán, Vilar lo visitó para preguntarle cuál sería el traje más adecuado para la escultura de Miguel Hidalgo que estaba proyectando con sus alumnos, bajo el patrocinio de Octaviano Muñoz Ledo.
Como hombre de su tiempo, ese mismo año Alamán se había hecho tomar un daguerrotipo que, si bien no ha sido encontrado, suponemos es el que Hipólito Salazar utilizó como modelo para hacer la litografía que en 1852 incluyo en el último tomo de las obras de Alamán. Al año siguiente, el profesor de pintura Pelegrín Clavé ejecutó el retrato del prohombre para el que partió de la misma pose de la litografía de Salazar, pero variando el movimiento de la cabeza, la cual fue descrita por Guillermo Prieto como "hermosa, completamente cana, despejada frente, roma nariz, boca recogida, y como de labios forrados, con la dentadura blanquísima, fina, cutis fino, y rojo el color de las mejillas".
El conocimiento que tuvo Vilar del personaje le permitió dar cuenta fidedigna de sus facciones. Sin embargo, lo distanció de la cotidianidad que tenía tanto la litografía de Salazar como el óleo de Clavé y, de acuerdo con la tradición escultórica académica, siguió el modelo clasicista, que dotaba al caracterizado del peso de la tradición antigua. Don Lucas aparece como patricio romano: el torso desnudo, los hombros ligeramente cubiertos por una toga. Los lentes que lo caracterizaban, así como el traje, el chaleco y el reloj de bolsillo, desaparecen de este retrato atemporal.
El maestro, ocupado con el monumento a Iturbide, dejó a Soriano la tarea de traspasarlo al mármol. Soriano debió trabajar arduamente para mostrar el busto un año después, en la séptima exposición, en enero de 1855. Por la ejecución del mármol recibiría una gratificación de 70 pesos.
Alamán no pudo disfrutar su escultura, como sí había visto los múltiples retratos que le hicieron en vida—el más temprano en 1816. Debe haberse sentido muy ufano de sus retratos, pues los regalaba a sus amistades. De la litografía de Salazar le envió al duque de Terranova y Montelone dos ejemplares. El más curioso de estos obsequios fue el que le hizo al general Worth en 1848, durante la ocupación del ejército estadounidense.
Si bien la escultura de Lucas Alamán tenía un lugar en la historia visual que Bernardo Couto estaba formando, el amargo sabor de boca no se le quitó a Alamán, al no haber tenido en vida ningún reconocimiento por parte de la Academia, ya fuera en la de los años veinte o en la renovada a fines de los cuarenta. En su autobiografía, escrita en 1843, dejó un testimonio de ello: "Fomenté los ramos de ilustración y estando la Academia de San Carlos reducida a su nulidad hice que se le dieran fondos y teniéndolo todo combinado para que así se hiciese, salí del ministerio en aquellos días, con lo que ni las gracias me dieron los de la Academia, nombrando Académico de honor al oficial mayor de la Secretaría que firmó las órdenes que yo dejé hasta redactadas. Igual gratitud he experimentado en todo". A la muerte de Lucas Alamán, su amigo Bernardo Couto habrá apurado al director de escultura y éste a uno de sus alumnos más adelantados para que produjera la escultura en mármol del héroe intelectual de los conservadores.
Manuel Revilla, en su recuento sobre la Academia, escribe que don Lucas fue académico de honor durante la renovación de la Academia en 1843, sin embargo, revisando las largas listas que guarda el archivo de la antigua Academia no se ha encontrado hasta ahora ningún documento probatorio. Es probable que Revilla haya tomado el dato de otra biografía de don Lucas.
En 1884 la escultura, a pesar de que tenía la nariz rota, fue a la exposición de Nueva Orléans. La escultura proviene del donde de la antigua Academia y fue valuada en el inventario de 1867 en 400 pesos. Forma parte del acervo fundacional del Museo Nacional de Arte procedente del Museo de San Carlos.