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El Genio de la Música
El Genio de la Música
Artista MARTÍN SORIANO (1829 - ¿?)

El Genio de la Música

Fecha1854
TécnicaYeso
Dimensiones89.4 x 36 x 38.5 cm
CréditoMuseo Nacional de Arte, INBA Acervo Constitutivo, 1982
Más información

Descripción

Una figura infantil de tamaño natural recargada sobre un tronco sostiene con su mano izquierda una lira, que pareciera hacer sonar con una especie de cuña sujetada por la mano derecha. El geniecillo está casi desnudo, cubierto solamente por un paño que cuelga de un cordel desde su hombro. Su cabello es ensortijado y su expresión inocente, con los ojos mirando hacia lo alto y la boca entreabierta.

Comentario

Marín Soriano, el aventajado discípulo de Vilar, presentó la escultura El genio de la música en la séptima exposición anual de la Academia de San Carlos en 1854. Según el artículo aparecido en El Universal el 13 de enero del siguiente año, su "composición se distingue por la gracia y la naturalidad, por la dulzura del semblante del niño, y por la animada expresión de la cabeza. El señor Soriano ha tenido que luchar con gravísimas dificultades, y no extrañamos que no le haya sido dado vencerlas todas, siendo como son los niños, las figuras más difíciles de ejecutar".

No obstante haber obtenido esta pieza una mención honorífica en el ramo de estatuas en la citada exposición, el autor del artículo es reticente a juzgarla: "[…] tal vez pasaría a nuestros ojos el genio de la música por una obra casi acabada en su género, si nuestro gusto no se hubiera purificado por demás para juzgar los trabajos de los jóvenes artistas después de haber admirado en la exposición anterior los genios de la pesca y de la caza, que salieron de las manos del célebre Tenerani, para lucir sus gracias divinas en los salones de nuestra Academia".

En efecto, lo genios de Tenerani, uno de los cuales, el de la caza, se conoce sólo en litografía, muestran una mejor proporción en las formas y más seguridad en la ejecución. Sin duda Soriano debió afrontar serias dificultades al modelar la figura de pie, que se sostienen con una especie de tronco en la parte posterior. El conjunto adolece de ciertos problemas de equilibrio y armonía entre sus partes, que en otras de sus obras logró resolver adecuadamente. Tenía también los ejemplos de figuras infantiles de Manuel Vilar, quien era un gran aficionado a la música, realizadas con mayor naturalismo: un niño con un perro y una niña con una paloma, amabas resguardadas en la Academia de San Jorge en Barcelona.

Soriano había ejecutado un año antes el relieve La Paz protegiendo de la Discordia a los genios de las bellas artes, desarrollando esta temática tan apreciada en el romanticismo, pero que es posible remontar hasta la escultura griega, particularmente la helenística, y romana, del "genio" inspirador del artista, así como las figuras de niños que aparecen en los frescos pompeyanos.

La larga tradición del genio comienza en la cultura clásica, estando siempre asociada su figura con la excepcionalidad, con una facultad de creación especialmente dotada y con un cierto aspecto de divinidad, aunque sin alcanzar la personalidad divina, es decir, una especie de intermediación entre lo humano—lo que es en realidad el genio—y lo divino; por su capacidad de acercamiento a ello: "El genio comienza entonces a concretarse en la persona del artista excepcional, tendiendo hacia la divinización. Su culminación se producirá precisamente en el romanticismo".

En este momento el don de la genialidad convierte a quien lo posee en un ser privilegiado, que puede ver más allá de sus contemporáneos y que por ello, en cierto modo, se transforma en un extraño para su época. El artista filósofo poseedor de esa innata intuición constituye el arquetipo del artista romántico.

No es casual, por otra parte, que se trata de una representación del genio de la música, ya que esta época propugnaba por alcanzar la "obra de arte total", fruto de una asociación entre las diversas manifestaciones artísticas, sin dar prioridad a ninguna si bien la música era considerada "la más romántica de las artes". Un ejemplo de ello es la obra del alemán Philipp Otto Runge (1777-1810), contemporáneo de Caspar David Friedrich, titulada Los momentos del día, la cual constituye una mezcla de mitología clásica y tradición cristiana. En su grabado La mañana cuatro amorcillos o putti tocan diversos instrumentos musicales como el laúd y la flauta de pan: "Sus genios—las figuras humanas que marcan el punto de encuentro en el cual nuestras emociones se hacen una con la creación natural—siempre toman la forma de niñitos, pues Runge aceptaba la idea romántica de la niñez como el momento en que los sentimientos todavía son genuinos y espontáneos". Se establece así una asociación entre genio e infancia y surge un interés por representar a los grandes artistas del pasado en diversas escenas de su vida, en muchas ocasiones de su niñez, precisamente en el momento en que su daimon o genio interior se manifiesta. Giotto pastorcillo de E. J. Förster narra la escena descrita por Vasari del encuentro entre el pintor florentino y quien sería su futuro maestro, Cimabue; esta obra "podría perfectamente titularse ‘la vocación de Giotto’", o bien, Tiziano preparándose para su primer experimento con el color, de W. Dyce. Como afirma Haskell, "la mayoría de estos cuadros propagan una visión congruente de la vocación artística […] de repente se descubre que los artistas han tenido infancia". Y en estas pinturas se reafirma también el valor de esta primera mirada, que lleva consigo la simiente de lo que el artista logrará después: "Señalan, de hecho, el clímax de la idea del ‘ojo inocente’ como explicación del genio".

Decenios antes Canova había realizado amorcillos tocando la lira en sus diversas versiones de las Náyades y un bellísimo ejemplo de este instrumento es el atributo de su Terpsícore, de la Villa Carlota en Cadenabbia.

Es posible relacionar además con este tipo de representaciones la forma como fueron simbolizados los "cinco sentidos", en especial desde la época medieval. En el caso del oído predominan las obras cuyo motivo principal son los instrumentos musicales. Durante el Renacimiento y el barroco este tipo de temas tuvo gran difusión, principalmente en la pintura, con ejemplos sobresalientes como la Venus recreándose con el amor y la música de Tiziano, o bien, el Tañedor de laúd de Caravaggio.

La presencia de amorcillos fue común como complemento decorativo en la arquitectura religiosa neoclásica. En la capilla del Palacio de Minería, obra de Manuel Tolsá, una serie de geniecillos pintados dentro de tableros octagonales—con atributos de la letanía lauretana en honor de la Virgen de Guadalupe que preside la capilla—rodea todo el espacio, y en el Sagrario metropolitano un conjunto de estucos, con el mismo tema, decora la parte interior del arranque de la escalera para acceder al altar.

También en el Palacio de Minería, en el Salón del Rector se ha decorado un friso, ya con un espíritu romántico, formado por grupos de niños que realizan diversas tareas como la siega y la recolección de frutos, la vendimia, el cuidado de los animales y la extracción de la miel. Todos estos oficios aluden a las actividades que regía el Ministerio de Fomento (cuya oficina principal se encontraba en este lugar), que más tarde sería la Secretaría de Agricultura y Ganadería. Las pinturas son obra de Tiburcio Sánchez de la Barquera y están fechadas en 1891. Y en el salón del director de la Facultad de Ingeniería se ha decorado un friso con la representación de los cinco sentidos por medio de un grupo infantil que porta diversos atributos alusivos al tema. El oído se representa con un caracol marino.

En la escultura de Soriano llama la atención la forma como el genio toca la lira, la cual no requiere de una cuña pues se trata de un instrumento unicorde en el que se utilizan los dedos. La lira fue el instrumento griego por excelencia y en los manuscritos medievales suele representarse asociada al rey David, lo mismo que el arpa.

En la rifa de la Academia de 1855 la escultura de Soriano paso a ser propiedad del señor Luis Ruiz. En junio de 1860 fue cambiada por otra obra de la producción de los discípulos por lo que en ese año se incorporó a la colección de la institución. En 1867 fue valuada en 40 pesos. Ingresó al Museo Nacional de Arte en 1982 procedente del Museo Nacional de San Carlos.