San Juan Bautista
Descripción
El "precursor" de Cristo está de pie, con la mano derecha apuntando enfáticamente hacia arriba y con la mirada baja, como si se dirigiera a un grupo de gente, al que anuncia la llegada inminente del que "ha de venir". Como prenda de este aviso profético, lleva en la mano izquierda una larga vara cruciforme, apoyada en el suelo. Va con el torso semidesnudo, en parte cubierto por una túnica de piel, y con el pelo vuelto hacia adentro en señal de penitencia; un manto echado sobre el hombro izquierdo y plegado sobre su brazo que porta la cruz, le cae por la espalda en grandes pliegues. Es curioso constatar cómo los bordes abatidos de la túnica pilosa, que ciñen a la figura casi en redondo, configuran una suerte de áspero cáliz del que emergen el torso y las extremidades desnudas, con la estructura ósea y muscular muy bien dibujadas bajo la suavidad contrastante de la piel. La simplicidad del juego de los paños, con un predominio de líneas verticales y oblicuas, subraya la severa frontalidad de la figura, gratamente aliviada por el giro de las piernas en sentidos opuestos y que sugiere una desigual distribución del peso del cuerpo, apoyado principalmente sobre la pierna derecha en una actitud noble y elegante.
Comentario
Fue mostrada en la tercera exposición anual de la Academia de San Carlos (diciembre de 1850-enero de 1851). Obtuvo el tercer premio en la clase de composición de obras concluidas correspondiente al año escolar de 1850, y fue adquirida por la propia Academia, para enriquecer sus galerías, habiéndosele recompensado a Soriano con la medalla correspondiente al premio y con la cantidad de 100 pesos.
Esta escultura nos permite constatar la persistencia de las recomendaciones de los iconógrafos sacros de la España barroca, como Francisco Pacheco y Juan Interián de Ayala, que seguían siendo consultados "para saber el modo que se han de representar las sagradas imágenes y los misterios de nuestra religión", como lo expresaría el maestro Manuel Vilar en unos apuntes dirigidos a su alumno Epitacio Calvo.
En su extensa disertación sobre cómo representar correctamente a san Juan Bautista, Pacheco, por ejemplo, toca cuatro puntos: "su edad y semblante", "sus vestiduras", "sus insignias" y "las ocupaciones y exercicios en que se debe pintar".
Es evidente la semejanza del Bautista de Soriano (y, para el caso el de Felipe Sojo y el de Epitacio Calvo, en sendos relieves que representan La degollación del Bautista y El bautismo de Cristo, también en la colección de este museo) con la figura de Cristo.
Soriano no siguió a Pacheco más que en la idea de que los pelos de la túnica queden por dentro, rozando la piel del Bautista, y no por fuera; y en el efecto de aspereza que semejante solución nos produce. En donde sí lo obedeció es en cuanto a la "insignia!, es decir, la cruz que porta. Pacheco se extiende en justificar la propiedad de este emblema, contra aquellos que reprenden que "antes de haber padecido en ella el Salvador no la había de traer San Juan en su caña o báculo!; y lo legitima, entre otros argumentos, con el de que San Juan, como el profeta excepcional y perfecto que fue, "supo el misterio que se obró en ella!, y por ello la veneraba y "predicaría teniéndola en sus manos".
Lo curioso es cómo, en la escultura de Soriano, conviven la tradición iconográfica católica con la indudable referencia clásica: su Bautista es una suerte de variante, acaso más enfática, del orador, un topos figurativo de la estatuaria antigua, al que también aluden el Iturbide, de Vilar, y el San Pablo, de Barragán. Pero la verticalidad de su brazo derecho elevado al cielo lo connota más específicamente como predicador. Por otra parte, la aspereza de su vestido y su semidesnudez no dejando de evocar las estatuas de filósofos antiguos.
No debe sorprendernos que las efigies modeladas de tan variados personajes remitan a un idéntico prototipo o modelo para su solución compositivo. No es difícil percibir que, también en México, la asistencia a discursos cívicos y a sermones, o bien a las deliberaciones del Congreso, era parte de la vida cotidiana. Y la oratoria, un "arte" que debía dominar todo aquel que aspirase a influir en la sociedad y a labrarse un prestigio en la vida pública, tanto en el orden político como en el religioso.