Alegoría de la paz
Descripción
En el centro de la composición y sentada sobre un trono de formas clásicas la Paz, representada por una figura femenina vestida con un traje antiguo que se ciñe a su cuerpo y deja percibir sus formas a través de un logrado juego de pliegues, extiende la pierna derecha para pisar una serpiente bajo su pie, mientras levanta el brazo y voltea el rostro a su derecha para acoger con signo protector al genio de la escultura, quien martillo en mano parece dirigirse hacia ella, al tiempo que abraza al genio de la música, a cuyos pies yace una lira. A la izquierda de la Paz, el genio de la pintura, con la cabeza inclinada, lleva una paleta en la siniestra y toca con la mano derecha la cintura de la matrona. En el extremo derecho del relieve se encuentra cabizbajo el genio de la arquitectura, lleva lápices y papel en las manos; remata la composición el arranque de una columna estriada.
Todos los genios han sido representados como jóvenes imberbes, sus cortos faldellines y sus torsos desnudos o semidesnudos acentúan su carácter juvenil.
La composición del relieve es simétrica y centrada: la Paz y los genios de la pintura y la música forman un triángulo, cuya monotonía rompe el brazo extendido de la matrona, custodiado por sendos ejes verticales que son el genio de la escultura y el de la arquitectura, los cuales cierran el relieve en los extremos. Pese a la sencillez de la composición, Soriano estableció un importante juego de texturas entre los pliegues de los ropajes, las alas de los genios, las cabelleras y la tersura de los fragmentos de piel desnuda.
Comentario
La Paz como figura alegórica encarnada en una mujer acompañada de la rama de olivo y la cornucopia, sus atributos principales, para significar el término de la guerra y el retorno de la abundancia, fue una imagen frecuente en el arte en la Antigüedad y con posterioridad desde el Renacimiento.
En el siglo XIX la Paz fue una de las figuras alegóricas más socorridas, generalmente como el marco necesario para el progreso material o para el desarrollo de las ciencias y de las artes, si bien esta imagen también se había usado ya desde la Antigüedad.
De las distintas representaciones de la Paz que describe Cesare Ripa en su Iconología, hay una que hace referencia específica a la relación entre la Paz y las artes. Se trata de una mujer vestida de rojo que lleva una estatua en la diestra, apoyando la izquierda sobre un pedestal donde se pinta un cáliz, mientras sostiene una rama de olivo.
La figura de la Paz en el relieve de Soriano no ostenta ninguno de los atributos tradicionales de la alegoría; sin embargo aparece pisoteando una serpiente, símbolo de la guerra y la discordia. En un lenguaje alegórico expresado en las formas de la escultura antigua, la obra de Soriano, sin embargo, apela directamente a la situación política y social en la que México se encontraba a mediados del siglo XIX. Las guerras fratricidas, los conflictos entre las logias, las divisiones partidistas, los pronunciamientos y el caos político parecían formar parte de la vida cotidiana, a lo que se sumaba el sentimiento de desazón y pesimismo que se apoderó de los grupos dirigentes luego de la intervención estadounidense y la frustrante pérdida de más de la mitad del territorio nacional. En este clima de incertidumbre y de inestabilidad, cuando la mayoría de los establecimientos de origen colonial agonizaba frente al embate de la modernidad o veía amenazada su estabilidad con las medidas de los gobiernos liberales y los nuevos proyectos institucionales eran todavía una quimera, la Academia de San Carlos se erigía como la institución modelo en la década de los años cincuenta. No sólo había sobrevivido a las penurias económicas, sino que se permitía, gracias el usufructo de la renta de la lotería destinado para ella, contratar maestros europeos, pensionar a sus alumnos más sobresalientes en México y en Europa, adquirir obras para enriquecer su acervo y establecer en el país la celebración de exposiciones artísticas, con lo que se originó la práctica regular de la crítica de arte. Es así como en medio de uno de los períodos más turbulentos del siglo XIX, la Academia vivía uno de sus mejores y más productivos momentos. Pese a ello, regida por los intelectos más destacados del grupo conservador, a quienes se debía el resurgimiento de la escuela, ésta se vio frecuentemente cuestionada por la prensa liberal como elogiada por la conservadora.
La relación de la Paz con el desarrollo de las artes y el florecimiento de la Academia como resultado de las iniciativas de un grupo de conservadores fueron señalados por el crítico catalán avecindado en México, Rafael de Rafael, en su prolijo comentario a la obra de Soriano: "El asunto de este trabajo no podía ser mejor elegido, pues ¡cuántas ideas no encierra la Paz, que protege contra la discordia a los genios de las bellas artes! Es un asunto tan elocuente, que tomándolo, tanto en el sentido político como en el artístico, nos puede servir de gran ejemplo, ya que queremos igualarnos en ilustración con las primeras naciones del mundo. Tocante a lo político, no es posible que las nobles artes prosperan si no se hallan a la sombra de la paz; y si bien en nuestra patria las vemos prosperar de pocos años a esta parte en medio de tantas discordias intestinas, es que por un favor especial del cielo, él inspiró a unos cuantos verdaderos patriotas, que con el mayor desprendimiento se pusieron al frente de esta Academia."
Pero Rafael de Rafael también supo interpretar el doble sentido de la víbora en el relieve como símbolo de la envidia y la discordia, así como de la cordialidad que debía privar entre los discípulos de la Academia: "Si consideramos el asunto en el sentido artístico, tampoco es de esperar que prosperen, si los artistas no se hallan entre si en la mayor armonía, y no se comunican los conocimientos que hayan adquirido; y mucho menos, si están poseídos de la envidia, que puede cortar en flor a muchos genios, que viéndose denigrados por sus compañeros, han de desmayar en lo mejor de su carrera. ¡Ojalá que esta obra se colocara en un sitio público, donde fuese un ejemplo perenne a los políticos y artistas, que les mostrase que sin la paz no es posible realizar los adelantos de nuestra patria!"
Además del contenido simbólico del relieve, Rafael de Rafael también hacía referencia en su entusiasta crítica al aspecto formal y estilístico de la obra, para la que tuvo también elogiosos comentarios: "Las líneas de esta hermosa composición son variadas y bien armonizadas unas con otras, sin que resulte confusión entre ellas. El grupo de en medio, compuesto de la diosa y de los genios de la pintura y de la música, no puede ser más feliz de composición: ¡qué contraste tan agradable no forman entre sí estos dos genios con la figura de la Paz! [. . .] Nada hay indiferente en esta bella composición; pues aún con las alas de los genios, supo sacar un buen partido el joven autor llenando con ellas los espacios del plano del altorrelieve, que, como son tan grandes, habrían indefectiblemente destruido el equilibrio del conjunto. Vemos con placer que el señor Soriano ha sabido indicar en su obra el estilo que requería el asunto, pues siendo los personajes que lo componen, mitológicos, debía infundir en ellos el carácter de las divinidades griegas; así que, los desnudos de las figuras, sin ser convencionales, participan de lo ideal de dicha obras: los pliegues también corresponden al mismo estilo, en particular los de la figura dela Paz."
El crítico encomiaba también la composición, con pocas figuras, como una elección acertada para un relieve que en teoría tenía la función de decorar frisos o frontones: "Hemos notado el acierto que ha tenido ese joven en expresar el asunto de esta obra con pocas figuras, porque si bien se podía hacerlo con muchas, habría sido contra los buenos principios de los clásicos, que recomiendan la economía de ellas, a fin de obtener más tranquilidad en la composición y en el efecto; pues como los bajorrelieves sirven para decorar los frontones, frisos y recuadros de los edificios, componiéndolos con muchos términos, hacen parecer, por medio de su perspectiva, menos sólidos los macizos de la arquitectura. […]
Desafortunadamente, el relieve de Soriano y el de Bellido La Academia de San Carlos premiando a sus alumnos, de 1854, los cuales guardan una estrecha relación por el tema y el estilo, no pasaron de ser logrados ejercicios escolares que no llegaron nunca a formar parte de obra arquitectónica alguna. Tampoco en su vida profesional los artistas llegaron a tener ninguna encomienda de esta envergadura. En este sentido, ni el patrocinio estatal o eclesiástico ni el mercado del arte estaban aún preparados a mediados de siglo para emplear a los discípulos formados por Manuel Vilar en la Academia.
Martín Soriano formó parte, junto con Juan Bellido y Felipe Sojo, de la primera generación de alumnos de Vilar. En 1847 obtuvo la pensión local en el ramo de escultura, la cual se le prorrogó por dos años más en 1854.
En 1854. Vilar incluye el bajorrelieve de la Alegoría de la Paz, además de la estatua de San Juan, el grupo de La Piedad y los bustos de Manuel Tolsá y Manuel Sánchez de Tagle, todos trabajos de Soriano, en la lista de "obras de mis discípulos que serían
medianamente regulares para remitir a la Exposición de París".
La Alegoría de la Paz se expuso en la quinta exposición de la Academia de San Carlos de 1852-1853 bajo la siguiente descripción: "A1torre1ieve alegórico de la Paz, original. Colocada en su trono la diosa de la Paz, recibe con excesiva ternura a cuatro Genios de las Bellas Artes. Su delicado brazo extendido, demuestra sus puros sentimientos y el anhelo con que desea protegerlos contra la discordia (simbolizada por una víbora) que los persigue. La Diosa le asienta sobre el reptil una de sus plantas para dominarla. Los genios, seguros de la protección de aquélla, se entregan en sus brazos llenos de confianza. El de la Arquitectura y el de la Música han comenzado a experimentar su influjo benéfico: el de la Pintura con su apresurado paso, demuestra el empeño que toma para reposar en el seno de esta deidad encantadora; y el de la escultura indica, con su violenta ansiedad, el temor que experimenta de ser desplazado por el feroz perseguidor. Cada uno de estos genios tiene los atributos relativos a su arte, ancho 2 varas 14 pulgadas, alto una vara 16 pulgadas."
La obra le valió a Soriano el segundo premio en la clase de composición de relieves y Vilar la propuso en venta para las colecciones de la Academia por una gratificación de 170 pesos para su autor.
Rafael de Rafael opinaba sobre ella: " [...]
A nuestro juicio, es el trabajo de más importancia de cuantos han ejecutado hasta ahora los discípulos del señor Vilar; y si su joven autor estudia con el ardor de un verdadero artista, tendremos con el tiempo un escultor que honrará a la Academia y al país [...]."El relieve permaneció desde su exposición en el acervo de la Academia, por lo que extraña su ausencia en el avalúo que se realizó del acervo escultórico en 1867. Manuel G. Revilla lo registra en el catálogo de 1905; con el número 218. También Salvador Moreno lo reproduce en "Un siglo olvidado de escultura mexicana", junto con la litografía que del relieve ejecutó Hipólito Salazar. Formó parte constitutiva del Museo en 1982, procedente del Museo de San Carlos.