Fray Cristóbal Nájera
Descripción
La cabeza de tamaño natural del padre Nájera emerge de una holgada capucha monacal. Es una testa redonda y tonsurada, con un mechón en la frente y que mantiene la mirada clavada en el espectador. Este rostro impasible es el de un hombre maduro y entrado en carnes, de grandes ojeras, nariz aguileña, mentón y comisuras pronunciadas y papada naciente. Este busto de tres cuartos, revestido con el hábito carmelita, descansa sobre un basamento circular y está compuesto en la clásica forma romboidal, con los hombros anchos y el ropaje holgado, para conferirle robustez o empaque "heroico" al sujeto común.
Comentario
Esta pieza fue mostrada por su autor en la sexta exposición de la Academia Nacional de San Carlos de 1854. Y en la exposición del siguiente año su discípulo Pedro Patiño Carrizosa (1829-?) presentó una copia en mármol como parte de su adiestramiento técnico en la talla de este material. Había sido un encargo del señor Ignacio Nájera para exornar el sepulcro de su hermano e ilustre polígrafo, alzado en la nave del templo del Hospital de Jesús. Allí finalmente quedó la versión esculpida en mármol colocada en lo alto de un sencillo sarcófago, y en cuya lápida se leía un sentido epitafio latino obra de José Bernardo Couto. En efecto, en su "diario particular", Vílar no sólo se atribuye la paternidad del retrato sino del monumento en su conjunto, pese a la colaboración que le había prestado su discípulo. Hacia mediados de abril de 1854, escribió: "Hice el dibujo para el sepulcro del R.P. fray Manuel Nájera."
Por entonces las exequias y la semblanza literaria de Nájera quedaron reseñadas en una elegante y prolija publicación, obra de Lucas Alamán y Francisco Lerdo de Tejada, ilustrada por Hipólito Salazar, titulada Corona fúnebre en honor de fray Manuel de San Juan Crisóstomo de la orden de carmelitas descalzos e impresa en México por Ignacio Cumplido en 1854. Aparte de la portada alegórica, hermoso ejemplo de la tipografía romántica, una serie de tres litografías nos brindan un retrato, la vista de la pira de la ceremonia de exequias en el Oratorio de la Profesa y otra del monumento definitivo en el crucero del templo de Jesús. Tanto la efigie litográfica de Salazar como el yeso de Vilar (y el traslado al mármol de Patiño) están muy de acuerdo en los rasgos y el atavío de este hombre erudito que nació y murió en la ciudad de México (1803-1853) y alcanzó la edad de cincuenta años (que son justamente los años en que quedó representado en esas imágenes). La uniformidad de sus rasgos en cada obra no sólo se debe al trato directo con el célebre personaje sino, posiblemente, a que cada artista haya tenido a la vista algún retrato al óleo. Incluso, no deja de ser sugerente que el rostro regordete y mofletudo, así como el semblante sereno, reflejen su bonhomía y carácter amable con el que, de común acuerdo, sus contemporáneos lo retrataban: "La finura de su trato, su franqueza y espíritu cultivado", más los "bellos modales, afabilidad y dulzura con que [nos] discutía algún punto de las ciencias".
Tampoco es una casualidad que la afinidad intelectual entre el biógrafo Alamán y su biografiado se haya visto reflejada durante la séptima exposición de la Academia de 1855, cuando los bustos de ambos finalmente fueron llevados al mármol por los discípulos de Vilar, Martín Soriano y Pedro Patiño Carrizosa, en una suerte de homenaje póstumo a estos dos prohombres que habían muerto el mismo año de 1853, con sólo seis meses de distancia. De hecho, la malograda biografia de Nájera fue la última obra que emprendió la pluma del historiador guanajuatense. El crítico del diario conservador El Universal reseñó los dos mármoles, casi como si formasen un pendant, de la siguiente forma: "En la clase de práctica del mármol vemos dos bustos copiados de 105 [sic] originales del señor Vilar, y ejecutados por los señores Soriano y Patiño. Uno es el retrato del excelentísimo señor don Lucas Alamán, y otro es el del reverendo padre fray Manuel de San juan Crisóstomo. Ambos nos gustan bastante por su perfecta semejanza con los originales del señor Vilar, porque hay en ellos soltura de cincel: podría desearse en algunas partes un poco más de limpieza; pero los ligeros defectos que en este particular se notan son disculpables en todo principiante que no posee una larga práctica de trabajos en materia tan dura y delicada como el mármol. Los señores Soriano y Patiño han sido premiados con una mención honorífica por estas obras. Sabemos que el busto [...] del padre Nájera se colocará en el sepulcro que está construyendo para guardar los restos de aquel ilustre religioso en la iglesia del hospital de Jesús, a expensas de su hermano el señor licenciado don Ignacio Nájera.
Pese a que se trataba de una petición particular, no hay que olvidar que la figura intelectual del homenajeado estaba muy ligada al grupo centralista y conservador que justamente administraba la junta de la Academia y fomentaba con ahínco el renacimiento de las artes, lo mismo que Alamán. Además, el fraile carmelita no sólo había sido congruente con sus ideales políticos (al exiliarse a los Estados Unidos por hallarse en desacuerdo con el gobierno liberal de Gómez Farias) sino que había dado profundas muestras, en su vida activa e intelectual, de sus inclinaciones artísticas. Como veremos, dos décadas antes de su sentida muerte ya era tenido como una suerte de caudillo intelectual, que gozaba de enorme autoridad y popularidad entre el partido conservador e incluso entre quienes fueron sus enemigos de ideas. Para muchos encarnaba al verdadero dirigente, aunque oculto tras bambalinas, de la camada más reciente y vigorosa de sus correligionarios políticos: "Cabeza de este nuevo grupo era el padre Nájera de la orden de carmelitas. Virtuoso, modesto, de vastísima cultura, Nájera era el guía espiritual de quienes habían de tomar la bandera alamanista. No aparecía en público como aparecían el padre Miranda, Rafael de Rafael, Aguilar y Marocho o Díez de Bonilla; pero era quien señalaba un nuevo camino y conducía a sus amigos hacia la formación de un partido: el Partido Conservador en 184.5." El sepulcro vilariano debe interpretarse, pues, como un rendido monumento de honor a la figura de un caudillo cultural y espiritual del atribulado México de entonces.
En el ámbito académico gozó de los siguiente títulos: cronista de la orden del Carmen de México, sinodal, censor y consultor teólogo del obispado de Guadalajara, socio corresponsal de la Sociedad de Geografía y Estadística de México, miembro honorario de la Sociedad Médica de Guadalajara, de la Sociedad Americana de Filadelfia y de los Anticuarios de Copenhague.
Fray Manuel nació el 19 de mayo de 1803 en la capital del virreinato y fue hijo de don José Ignacio de Nájera y doña María Ignacia Paulé. Sus biógrafos no dudan en que la "cuna ilustre" y la fortaleza intelectual de la imagen paterna hayan contribuido a que, desde muy joven, manifestara su disposición al estudio. A la edad de quince años, luego de estudiar gramática latina en el Seminario y en el Colegio de San Ildefonso, quiso ingresar a la orden del Carmen con el objeto de verse libre de las ataduras cotidianas que lo pudieran limitar en el estudio. Pese a la oposición paterna, profesó en el convento de Puebla el 1° de junio de 1819. Estudió filosofía en los colegios de El Carmen de San Joaquín de Tacuba y de San Ángel bajo "los principios de la antigua escuela" y, de ese enfrentamiento con la periclitada escolástica, nació su afán por buscar otras vías de renovación en la práctica de la enseñanza, que fue el campo en el que desarrolló su principal trabajo apostólico. Recibió las órdenes sagradas en 1826 y de inmediato se enfrentó al drama de sortear la casi extinción de su provincia carmelitana de San Alberto, desde el momento que se aplicaron, sobre la inmensa mayoría de sus hermanos, las leyes de expulsión de los españoles. Así, con sólo veinticinco años, quedó nombrado prior del despoblado convento de San Luis Potosí en abril de 1828. Mientras se dedicaba al cultivo de los idiomas antiguos, modernos y autóctonos, contribuyó con el gobierno de ese estado a la formación del Colegio Guadalupano Josefino, primer centro de estudios superiores en el estado, al tiempo que fue el primero y más tenaz introductor de la enseñanza de la taquigrafía en toda la República. En 1829, desde esa misma ciudad, apoyó decididamente el plan de Xalapa que removía del poder al grupo yorkino e instalaba una república pro centralista encabezada por "la gente de bien". Esta fue la causa para que se granjeara el odio de los "radicales", que más tarde habrían de cobrarse venganza, deportándolo en 1832 a los Estados Unidos, justo cuando gozaba de un gran prestigio en la República y se desempeñaba como rector del Colegio de San Ángel en las afueras de la ciudad de México. En la Sociedad Filosófica Americana de Filadelfia leyó un trascendental discurso de filología lingüística, que al parecer tuvo resonancia continental, y allí sostenía que la lengua otomí, y sus vínculos con el chino, probaban el origen asiático de los primeros pobladores de América. En 1845 volvió a ocuparse del asunto, con mayor amplitud, en un opúsculo comparativo entre las distintas lenguas del continente. Este trabajo lo dedicó a su íntimo amigo y condiscípulo don José Bernardo Couto, por entonces ministro de justicia e Instrucción Pública.
En el campo artístico la labor de fray Manuel también era ampliamente reconocida y sobre esto mismo escribió Alamán: "Su librería está abierta a cuantos quieren y desean instruirse, particularmente en bellas artes, de las que es un elogiador entusiasta. Inspira, fomenta, y propaga el estudio de este ramo de literatura y difunde el buen gusto." Desde muy joven, como prior de su orden, había apoyado los proyectos de reforma neoclásica que emprendía el celayense Francisco Eduardo Tresguerras en San Luis Potosí. Y en Guadalajara, a su regreso al país en 1834, había sido inspector y protector de la Academia de Pintura y Escultura, entonces bajo la dirección de José Antonio Castro, y el gran reformador de la enseñanza superior administrada por el estado. Bajo su priorato se renovaron los retablos y la decoración mural del templo del Carmen, en la misma capital jalisciense. En ese convento había escrito, además, ocho diálogos sobre asuntos estéticos en que explicaba "los principios para juzgar la belleza o el buen gusto en los objetos naturales y en las obras de arte". También redactó una disertación sobre los beneficios de la enseñanza del dibujo en 1840 y dos años más tarde fue el encargado de pronunciar un memorable discurso en pro de las Bellas Artes, con motivo de la visita que hizo el gobernador a la Academia tapatía. Esta pieza fue una suerte de manifiesto estético, cuyo principio rector era obviamente el "genio del cristianismo", en tanto principio inspirador de todas las artes y la cultura. Era muy sintomático que Nájera exaltara las virtudes formales "del hechizo del divino pincel de Rafael" y que así pregonara, con tintes que preludian la llegada del nazarenismo romántico a México, la superioridad ética y estética de los temas bíblicos. En estas líneas fray Manuel no sólo parece ser un heraldo del tipo de pintura y la escultura que en la Academia capitalina comenzarían a practicar los discípulos de Clavé y Vilar, sino también del programa patriótico y edificante al que tenía que contribuir el plantel por medio de sus imágenes.
El padre Nájera fue el mas célebre orador sagrado de su tiempo y en sus sermones se distinguió por construir una visión armoniosa de la conquista, el guadalupanismo y todos los valores de la hispanidad, a contrapelo del indigenismo liberal que desconocía la labor civilizadora de la Iglesia y del gobierno virreinal. Fue, sin duda, un vocero intelectual del partido conservador y clave de la conciencia religiosa de sus más connotados miembros. Así, tanto por su guía y doctrina, su sabiduría y conocimientos al servicio de la educación del populo guadalaxarensis, como por su caridad con la infancia o los desvalidos, fue llamado en vida, de forma bastante acertada, "el Borromeo mexicano".
Al morir, el 16 de enero de 1853, toda la prensa sin distingo de facción o partido, como El Universal, El Monitor, Orden, Revolución y El Siglo Diez y Nueve, hizo grandes elogios de la figura y la obra del fraile carmelita. Alamán, que había mantenido correspondencia con este espíritu modernizador, erudito y políglota como el suyo, se sintió obligado a escribir su biografía y su sentido obituario y que, como se ha visto, lamentablemente dejó inconclusos. Couto, por su parte, quiso tributar un último reconocimiento a su viejo amigo y compañero: no sólo compuso la inscripción latina del sepulcro sino que gestionó que la Junta Superior de la Academia regalase el mármol para el mismo. Los epitafios de la sencilla pira de cuatro cuerpos que levantaron sus amigos en las naves de La Profesa fueron de la pluma de Alejandro Arango y Escandón, José María Lacunza, Manuel Carpio y Juan Antonio de Nájera y Lascuráin. Considérese, además, que su mencionado hermano Ignacio Nájera había sido nombrado académico de honor de San Carlos en julio de 1852 . Ya se adivina, pues, que la afinidad de fray Manuel y su familia con los restauradores de la Academia habría favorecido el buen éxito en la erección del monumento sepulcral y, desde luego, la directa intervención del maestro Vilar que, en su afán de hacer valer el adiestramiento de sus alumnos, sin duda delegó en el hijo de Patiño Ixtolinque la empresa de trasladarlo al mármol. Hay que aclarar que la litografía de Salazar era considerada tan sólo el proyecto de un "sepulcro sencillo y digno" que en un principio se tenía pensado erigir en la iglesia de monjas de Santa Teresa la Antigua que, en aras de su hermandad carmelitana, estas religiosas tendrían a mucha honra recibir. Sin embargo, por motivos desconocidos éste se realizó poco tiempo después, conforme al original publicado, en el citado templo del Hospital de Jesús (quizá por empeños del mismo Lucas Alamán que se había desempeñado como apoderado de los descendientes del Marqués del Valle, el conquistador Hernán Cortés, fundador de esa obra pía).
El yeso quedó como parte de la colección de la Academia y en el inventario de 1867 fue valuado en 60 pesos. En el catálogo de Manuel Revilla de 1905 así quedó registrado con el número 158: "Busto en yeso de Fray Cristóbal [sic] Nájera, notable cultivador de las lenguas indígenas de México, original de Manuel Vilar" Fue parte del acervo constitutivo del Museo Nacional de Arte desde 1982, a donde llegó procedente del Museo de San Carlos.