Doña Marina
Descripción
La Malinche está de pie, vestida con el huipilli o camisa y las enaguas o cueitl, tocada con el quemitl y adornada con un collar de cuentas, del que pende una cruz. Se lleva la mano izquierda al borde del tocado, mientras que tiene la diestra abatida y con la palma hacia el frente, como en gesto de señalar algo. El eje de sostén lo forma la pierna izquierda, con el pie plenamente asentado en el suelo, y con el apoyo adicional de un tocón en la parte posterior; la pierna derecha está flexionada, con el correspondiente talón levantado, lo que le da a su postura una impresión de instantaneidad, pero también de una cierta inestabilidad.
Comentario
La única referencia autógrafa a esta escultura se encuentra en un par de cartas de Vilar a su hermano José, fechadas, la primera, el 4 de enero de 1852, y dice: "La estatua que te dije que estaba haciendo de Doña Marina, La Malinche, está muy atrasada, porque hace mes y medio que no trabajo por haber tenido que ocuparme en las obras de mis discípulos a fin de que las concluyeran, y en arreglar la exposición." Ya para entonces había terminado su escultura semicolosal de Tlahuicole, y acababa de exponerla.
La segunda carta data del 4 de febrero de l852, y en ella advierte: "Hoy me he puesto a trabajar en la figura de La Malinche, no habiéndolo hecho desde el 1° de diciembre por haberme tenido que ocupar en que los discípulos concluyeran sus obras, y de los asuntos de la exposición y suscripción."
Semejante parquedad es de lamentar ya que, a diferencia de otras obras, no contamos con el testimonio del escultor acerca de sus propósitos al modelar esta figura. Más aún, al no haber sido nunca mostrada en las exposiciones de la Academia, carecemos de una descripción catalográfica redactada por el autor y también, por supuesto, de los comentarios de la crítica contemporánea. Tal carencia es deplorable, puesto que la obra plantea problemas muy interesantes.
Uno de ellos es el de su posible relación con las estatuas de Iturbide y de Moctezuma II; si bien las dimensiones de la Malinche son sensiblemente menores, se antoja factible la existencia de un vínculo temático y simbólico, así como hay una analogía estilística. Vale recordar que, en octubre de 1849, Vilar le confió a su hermano José que se hallaba inmerso en un proyecto que comprendía la ejecución de cuatro estatuas que harían pendant, a saber: una figura de Iturbide en el momento de proclamar la independencia de México. una alegoría de la República Mexicana, y sendas figuras de Moctezuma y Hernán Cortés. Ya se sabe que en 1850 concluyó y expuso el Iturbide y el Moctezuma, pero de las otras dos escultura no vuelve a saberse nada y todo parecería indicar que abandonó el proyecto inicial.
Con todo, queda la duda de si al ejecutar una estatua de la Malinche, no contemplada inicialmente, Vilar haya entendido que en ella podían fundirse la alegoría de la República Mexicana y la figura de Cortés. Vale recordar que, como emblema de la Nueva España en representaciones del siglo XVI, los artistas utilizaron la figura de una india muy bien vestida y engalanada, de noble aspecto, muy semejante a la personificación visual de doña Marina.
Por otra parte, hay que recordar también que los indígenas llamaban Malinche a Cortés, como Bernal Díaz del Castillo lo atestigua y lo precisa Alamán todavía en la segunda de sus Disertaciones: "[. . .] y como eran muy inclinados a dar sobrenombres por cualquiera circunstancia accidental de la persona, llamaban a Cortés Malintzin o Malinche, porque tenía frecuentemente a su lado a Doña Marina [. . …]"; y aun el propio emperador Moctezuma lo nombraba así. Por lo demás, Malinche era la voz de Cortés, o como antaño se decía, su lengua; lo representaba, pues, de una manera muy profunda.
Sabemos que Vilar leyó a Clavijero, de cuya Historia extrajo el asunto de su Tlahuicole; es muy posible que, repasando las "Noticias de la célebre Doña Marina" que da aquel historiador, le hayan venido algunas ideas para su escultura. Vale la pena, pues, decir algo al respecto.
Pese a la apasionada defensa que el jesuita hizo de la elevada cultura de los antiguos mexicanos, como recurso estratégico para desmentir la "calumnia de América" lanzada desde Europa por algunos mal informados, sino es que mal intendenados, sabios ilustrados (como Robertson y de Pauw), Clavijero seguía atado a una visión providencialista, salvífica de la historia y veía en la conquista el cumplimiento de los designios divinos para la cristianización del antiguo reino mexicano. No podía menos que conceptuar a la Malinche como un instrumento del que Dios se valió para facilitar tanto la evangelización como la conquista. De allí que no haya titubeado en calificarla como "una mujer que fue la primera cristiana del imperio mexicano, que hace tanto papel en la historia de la conquista y cuyo nombre es tan célebre hasta ahora en aquel reino, no menos entre los mexicanos que entre los españoles".
La describe brevemente como "una joven noble, bella, espiritosa y de buen entendimiento"; y pondera sus cualidades y sagacidad: "Fue constantemente fiel y adicta a los españoles y de imponderable utilidad en la conquista, no solamente siendo el conducto de su comunicación con los mexicanos, los tlaxcaltecas y las demás naciones de Anáhuac, sino previniéndoles los peligros y sugiriéndoles los medios oportunos para precaverlos."
La belleza de Marina aludida por Clavijero tiene su equivalente plástico en la figura idealizada que Vilar modeló. La cruz que cuelga sobre su pecho significa que ha sido bautizada, en conformidad con aquello de haber sido presuntamente "la primera cristiana del imperio mexicano". El velo o quemitl que la cubre le da no sé qué aire de antigua sacerdotisa o vestal, acaso para sugerir su participación en una
empresa sagrada. Pero la mayor elocuencia emblemática reside en el gesto que hace al llevarse la mano izquierda ala altura del rostro, rozando el borde del tocado. Se trata del clásico gesto de recato o pudor (pudicitia), muy usual en los retratos de matronas romanas, que connotaba la idea de modestia y fidelidad. Es obvio que aquí la fidelidad no es otra que la que les tuvo a los españoles y, en consecuencia, la fidelidad en el cumplimiento de lo que, conforme a una concepción pro hispanista y conservadora de la historia, la providencia tenía dispuesto para ella.
La noción de modestia parece reforzada por la posición de su mano derecha, situada en la zona gestual de lo "coloquial". Pese a que, desde la crónica de Bernal, se le reconocía lo mucho que había servido a la conquista "con su lengua" y que, por lo tanto, lo lógico hubiese sido dotar a Marina de una superior gestualidad retórica, Vilar prefirió subrayar el papel subalterno que la sociedad decimonónica le asignaba a la mujer. Esto contrasta con la gestualidad "sublime" o "heroica" atribuida por el escultor a Iturbide y a Moctezuma en sus respectivas estatuas: el primero con el brazo derecho apuntando hacia arriba, en la clásica posición de la adlocutio; el segundo, blandiendo con arrogancia el cetro o la vara del poder, como una deidad pagana o un príncipe helenístíco. Al lado de este explícito despliegue de dominio, la modestia genérica de la Malinche es a la vez signo de identidad social y complemento expresivo.
Por lo que hace a las fuentes visuales de que se sirvió el escultor para concebir esta figura, Salvador Moreno publicó unos apuntes dibujísticos en que aquél dejó registradas observaciones hechas en la consulta de códices y pinturas referidos al mundo de las "antigüedades mexicanas". Se ve que, al tiempo que Vilar tomaba ideas para resolver el traje que iba a adjudicar a su figura de Moctezuma II, también reproducía algunas figuras femeninas de aspecto "elevado". Hay una referencia explícita a "Marina"; por desgracia no logro descifrar la frase completa escrita al calce: "Marina tomada de las pinturas de [ilegible]". Es muy posible que estos dibujos copien detalles del "Lienzo de Tlaxcala". También se lee "De la obra de Clavigero" al pie de otra Figura: se trata de la de la "Muger noble", en la estampa titulada "Trages mexicanos", de la Historia antigua de México, consultada por el escultor ya en la edición italiana con grabados en cobre (1780), ya en la traducción al castellano publicada por R. Ackermann en Londres, con una versión litográfica de las mismas imágenes (1826).
La estatua de Malinche debe de haber estado entre "los yesos que tengo en mi estudio con sus pedestales" y que Vilar legó a la Academia por disposición testamentaria en noviembre de 1860). En el inventario de la escultura existente en la Escuela Nacional de Bellas Artes, hecho en 1867, fue valuada en 200 pesos, igual que el Iturbide y que el Moctezuma.